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10 de octubre 2026 - 09:02
¿Y si esto que llamás "Yo soy esto" es, en realidad, un mandato? / Por Romina Atencio

Romina Atencio es coach y mentora de mujeres y parejas. Para cualquier consulta, comunicarse al correo electrónico rominaatencio@gmail.com. Instagram: @diosalmica. YouTube: @rominaatenciocoaching.

Hay preguntas que pueden incomodarnos porque, si nos animamos a responderlas con honestidad, quizás descubramos que algunas de las decisiones que tomamos todos los días no son tan nuestras como creemos.

-¿Por qué elegiste determinada profesión?

-¿Por qué seguís en esa relación?

-¿Por qué sentís que tenés que poder con todo?

-¿Por qué te cuesta descansar sin sentir culpa?

-¿Por qué pensás que primero tenés que cumplir con todos los demás y recién después ocuparte de vos?

-¿Por qué hay deseos que aparecen una y otra vez y, sin embargo, siempre encontrás una razón para postergarlos?

Tal vez haya algo más profundo detrás de esas respuestas. Tal vez haya un mandato.

Y un mandato no es sólo aquello que alguien nos dijo alguna vez. No es necesariamente una frase que podamos recordar. No es solamente ese “tenés que estudiar”, “tenés que casarte”, “tenés que ser fuerte”, “las cosas son así” o “eso no es para vos”. Un mandato es mucho más profundo.

Es un programa invisible que se instala en nosotros y que, muchas veces, terminamos confundiendo con nuestra propia identidad.

"Muchas veces terminamos confundiendo el mandato con nuestra propia identidad", considera la autora.

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Aprendemos a mirar el mundo a través de los ojos de nuestra familia, de nuestra cultura, de la sociedad en la que nacimos. Aprendemos qué significa ser una buena hija, una buena madre, un buen hombre, una mujer exitosa, una persona responsable. Aprendemos qué debemos desear, qué debemos evitar, qué está bien y qué está mal. Y después crecemos. Pero aquellos programas siguen funcionando en segundo plano.

Hay una hermosa historia espiritual que dice que las almas reciben determinadas instrucciones antes de bajar a la Tierra, como si se tratara de un gran juego. Y que la primera regla del juego consiste, justamente, en olvidar cómo se juega.

Quizás ahí esté uno de los grandes desafíos de nuestra existencia: recordar quiénes somos debajo de todo aquello que aprendimos que debíamos ser. Porque el problema no es tener mandatos. Todos los tenemos. El problema aparece cuando empezamos a creer que esos mandatos son verdades absolutas.

-“Una mujer tiene que poder con todo”.

-“Un hombre no puede mostrarse vulnerable”.

-“Si no trabajás duro, no merecés tener abundancia”.

-“Primero están los demás”.

-“Hay que sostener la familia aunque seas infeliz”.

-“Es demasiado tarde para empezar de nuevo”.

-“Hay que conformarse”.

-“Eso de seguir tus sueños es para unos pocos”.

-“Si te va bien, necesariamente alguien va a quedarse atrás”.

¿Cuántas de estas frases reconocés? Y quizás lo más interesante sea preguntarnos: ¿cuántas de ellas elegí yo?

Los mandatos atraviesan generaciones. Pasan de padres a hijos, de abuelos a nietos, de una cultura a otra. Algunos incluso atraviesan sociedades enteras y terminamos creyendo que son simplemente “la realidad”. Pero no necesariamente lo son. Son interpretaciones. Son formas de mirar el mundo que aprendimos.

Y cuando nuestros deseos más profundos comienzan a entrar en contradicción con esos programas, aparece el conflicto. Una parte de nosotros dice: “Quiero esto”. Otra responde inmediatamente: “No podés”. Una parte dice: “Quiero irme”. Otra contesta: “¿Cómo vas a dejar todo?” Una parte dice: “Quiero empezar de nuevo”. Otra recuerda nuestra edad, nuestras responsabilidades, lo que van a pensar los demás y todo aquello que supuestamente deberíamos estar haciendo. Y así comienza una batalla silenciosa.

Muchas veces ni siquiera sabemos que estamos luchando. Simplemente sentimos ansiedad, frustración, cansancio, vacío o la sensación de estar viviendo una vida que, aunque desde afuera parece perfecta, por dentro no termina de sentirse propia.

Y ahí aparece una pregunta fundamental: ¿Lo que estoy viviendo es realmente lo que deseo o es lo que aprendí que debía desear? No siempre es fácil responderla. Porque los mandatos no suelen hablar con una voz desconocida. Hablan con nuestra propia voz.

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Romina Atencio

Por eso cuesta tanto reconocerlos. Creemos que somos nosotros diciéndonos “no puedo”, cuando quizás sea una vieja creencia familiar hablando a través nuestro. Creemos que somos nosotros diciendo “no es el momento”, cuando quizás sea el miedo a salir de un lugar conocido.

Creemos que somos nosotros diciendo “yo soy así”, cuando quizás estemos defendiendo una identidad construida para poder pertenecer. Y cuando aquello que sentimos profundamente no encuentra un espacio para expresarse, algo dentro nuestro comienza a pedir atención.

A veces aparece en forma de tristeza.

A veces como irritabilidad.

A veces como agotamiento.

A veces como una sensación persistente de vacío.

Y otras veces, nuestro cuerpo nos obliga a detenernos.

Esto no significa que toda enfermedad tenga un origen emocional ni que podamos explicar una condición física solamente desde lo espiritual. Sería injusto y peligroso simplificar algo tan complejo. Pero sí podemos preguntarnos qué sucede cuando dejamos de escuchar nuestras emociones, nuestras necesidades y nuestros límites durante demasiado tiempo. Quizás el cuerpo pueda convertirse, simbólicamente, en un locutor de aquello que no estamos pudiendo decir. No para culpabilizarnos por lo que nos pasa, sino para invitarnos a escucharnos.

Porque quizás el verdadero conflicto no sea entre lo que queremos y lo que podemos. Quizás sea entre lo que realmente queremos y lo que creemos que deberíamos querer. Y ahí comienza un proceso profundamente transformador: distinguir la voz del mandato de la voz del deseo. ¿Cómo saber cuál es cuál? Podemos empezar observando.

Cada vez que aparezca un “tengo que”, preguntarnos: ¿quién dijo que tengo que hacerlo? Cada vez que aparezca un “no puedo”, preguntarnos: ¿realmente no puedo o aprendí que no podía? Cada vez que aparezca un “qué van a pensar”, preguntarnos: ¿quiero hacerlo o quiero evitar el juicio de los demás? Y cada vez que aparezca un deseo que nos dé miedo, en lugar de descartarlo inmediatamente, podemos escucharlo.

No necesariamente para actuar sobre él. Simplemente para escucharlo.

Porque quizás nuestra libertad no consista en hacer todo lo que deseamos. Quizás consista, primero, en poder reconocer qué deseos son verdaderamente nuestros.

Debajo de los mandatos, debajo de las expectativas, debajo de los “debería”, debajo de lo que aprendimos que era posible y de lo que aprendimos que no era para nosotros, existe una voz mucho más íntima. Una voz que no suele gritar. Una voz que espera. La voz del alma.

Y quizás crecer no sea convertirnos en quienes nos dijeron que teníamos que ser. Quizás crecer sea atrevernos a descubrir quiénes somos cuando dejamos de obedecer aquello que nunca elegimos.