13 de diciembre 2013 - 11:35
Cuando el montañismo ofrece una nueva vida
El joven de Luzuriaga Guillermo Tula se despeja de la ciudad con esta actividad. "Te enseña a ser más humilde, porque la soberbia no te sirve en la montaña; te enseña a valorar lo que tenés, las cosas simples de la vida", expresa.
cuando el montanismo ofrece una nueva vida
La montaña está ahí, apostada, firme, indestructible. Espera con sus dificultades a quien se anime al desafío de sentir qué es eso de escalar, de ir dejando escrito una historia con la tinta del esfuerzo. Decir montañismo, rápidamente, el inconsciente colectivo lo reflejaría en deporte, aventura, riesgos, fortaleza... Es eso y mucho más. "En la ascensión es un viaje a uno mismo, es puramente espiritual", dice Guillermo Adrián Tula, de 33 años, un matancero que se ha convertido en un amigo más de la montaña, a la que visita a menudo. Es que allí encontró un lugar en el mundo.

Hace una década se afincó en Villa Luzuriaga, a donde llegó desde Merlo y la actividad de montaña fue creciendo en él para transformarse en una manera de vivir. "Ir solo a la montaña es encontrarse con uno mismo. Allí aparecen bien patente los miedos y hay que resolver situaciones", explica. "Es una filosofía de vida, te enseña a ser más humilde, porque la soberbia no te sirve en la montaña; te enseña a valorar lo que tenés, las cosas simples de la vida y que en la ciudad pasan desapercibidas". Y ejemplifica: "En una expedición en el cerro El Plata, de Mendoza, salí a las 3 de la mañana, a las 7 paré para tomar café por el frío que tenía. Esperé media hora más para que el sol calentara, porque sólo llegaba la luz. Y sentado en el filo de la montaña, en la cumbre vi salir el sol. En cambio, en la ciudad no miramos casi nunca la salida de sol. Y eso es también lo que encierra el montañismo, que tiene que ver con valorar la riqueza del aquí y ahora".

Entrenamiento físico no falta, dieta balanceada para sumar todos los nutrientes necesarios, tampoco, pero además Guillermo le suma meditación. "Lo hago todas las noches y me sirve para encontrar tranquilidad, poner en silencio la mente y, sobre todo, concentración que es muy necesaria en la montaña", asegura.

En un intento fallido de escalar el cerro El Plata, en Mendoza (luego lo consiguió), Guillermo Tula, luego de descender transformó en letras un ramillete de sensaciones "Siete días solo en la montaña... Me encontré con mi espíritu. Me asuste, reí, lloré sin compañía... Más fui feliz alguna noche. Siete días en la montaña... Vi gente más fuerte y veloz. Hablé con un francés, un sudafricano, un cordobés, un cura. Más hable solo... Siete días... Mire la luna en compañía de otros, sin saberlo. Me asaltó el desvelo, el viento, el silencio... Tuve miedo, frío, calor... Dolores, cansancio. Solo... La montaña es un lugar solitario. Absurda tarea de llegar donde solo encontraría: viento, piedra, frío y lágrimas. Más lo que encontré siempre estuvo en mí. En la cumbre no hay mucho... el camino hasta ella es lo importante. Superarse mental, física y espiritualmente. Realizar la utopía de ser feliz".

En esa utopía del ser humano anda este hombre de La Matanza, que define: "Llegar a la cumbre es emocionante y de una enorme sensibilidad, pero allí encontrás sólo piedras y viento. Es llegar, sólo eso". Dice. Por eso, no baja la guardia en cuanto a una ilusión. "Mi sueño es el Himalaya y haber hecho El Plata es ir cumpliendo ese sueño. Es dar un paso de los mil que debo dar", afirma con la paciencia como herramienta más de su mochila de montañista.