En el Congreso, la tensión volvió a escalar con un escándalo que dejó al descubierto el nivel de confrontación política en el recinto. El miércoles, durante la sesión especial convocada para tratar una batería de proyectos vinculados a la movilidad jubilatoria, la situación se desbordó cuando diputadas de La Libertad Avanza se enfrentaron a los gritos con legisladoras de Unión por la Patria. La escena, registrada por las cámaras, incluyó insultos, empujones y acusaciones cruzadas que obligaron al presidente de la Cámara a levantar la sesión por falta de quórum. Desde la oposición denunciaron que todo fue una maniobra deliberada del oficialismo para evitar el tratamiento de los proyectos. Desde el oficialismo, en cambio, apuntaron a la “violencia discursiva” del kirchnerismo. El episodio reflejó no sólo la fragilidad parlamentaria del gobierno, sino también su creciente dependencia de escenificaciones de confrontación para resistir avances legislativos adversos.
A eso se suman los reclamos de médicos (encabezados por quienes trabajan en el Hospital Garraham) por incrementos salariales y una creciente tensión por los recortes en jubilaciones y subsidios. El “no hay plata”, convertido en mantra presidencial, comienza a mostrar su costo en la vida cotidiana de la gente. Para muchos sectores, el ajuste ya no es un dato teórico: es una experiencia cotidiana.
Javier Milei sigue apostando a que la macro le cierre y que el rebote económico llegue a tiempo para sostener su narrativa, especialmente antes de las elecciones de medio tiempo de octubre. Pero los últimos días le mostraron que los márgenes son más estrechos de lo que parecen. El giro de JP Morgan, el fallo por YPF, la demora del Fondo y la suba del dólar le quitaron oxígeno en simultáneo. El gobierno, que parecía tener el control de la escena, enfrenta ahora una prueba de resiliencia política y financiera.
A más de un año y medio de su llegada a la Casa Rosada, el presidente enfrenta una de sus semanas más difíciles. Y aunque aún conserva niveles de apoyo importantes en algunos sectores, los interrogantes sobre la sostenibilidad del rumbo empiezan a abrirse paso, incluso entre quienes lo respaldaron desde el inicio. La Argentina de los extremos —del superávit fiscal sin crecimiento, del ajuste sin consenso— vuelve a poner a prueba a un gobierno que eligió el camino del shock. El problema, como siempre, no es sólo económico. Es también político. Y esta semana quedó más claro que nunca.