Salir al encuentro de la naturaleza puede convertirse en una verdadera pausa entre tantos estímulos de pantallas, notificaciones, tránsito y obligaciones,
Salir al encuentro de la naturaleza puede convertirse en una verdadera pausa entre tantos estímulos de pantallas, notificaciones, tránsito y obligaciones,
¿Cuánto tiempo pasás al aire libre durante un día cualquiera? Y no me refiero a caminar desde el auto hasta la oficina, esperar el colectivo o salir cinco minutos a hacer una compra. Me refiero a estar verdaderamente afuera. A sentir el sol sobre la piel, mirar el cielo, escuchar los pájaros, caminar entre árboles, respirar un poco de aire que no haya pasado por un aire acondicionado.
Quizás, si vivís en la ciudad, la respuesta sea bastante menos de lo que deberías. Vivimos rodeados de estímulos. Pantallas, notificaciones, bocinas, tránsito, edificios, luces, conversaciones, obligaciones, horarios. Nuestro cerebro pasa buena parte del día procesando información y saltando de una cosa a otra. Y en medio de todo esto, algo tan simple como salir al encuentro de la naturaleza puede convertirse en una verdadera pausa.
Porque estar en contacto con la naturaleza no es solamente una actividad agradable. Es una forma de darle al cuerpo y a la mente otro tipo de estímulos.
Hay algo particular que sucede cuando caminamos entre árboles, nos sentamos frente al mar, miramos un atardecer o simplemente nos quedamos unos minutos observando las plantas de nuestro jardín. Nuestra atención cambia. El ritmo parece desacelerarse. Dejamos de estar tan pendientes de producir, resolver y responder, y comenzamos a estar.
Y quizás ahí esté una de las claves: estamos acostumbrados a pensar el descanso como no hacer nada. Pero muchas veces descansar no significa simplemente detener las actividades, sino cambiar el tipo de estímulo al que estamos sometidos.
Por eso puede ser tan reparador caminar sin mirar el teléfono, desayunar en un balcón, sentarnos en una plaza o simplemente mirar por la ventana durante unos minutos.
La naturaleza también nos devuelve algo que la vida urbana muchas veces nos quita: la sensación de amplitud.
Cuando pasamos horas dentro de habitaciones, oficinas, autos, ascensores o edificios, nuestra experiencia del espacio se vuelve pequeña. En cambio, mirar el cielo, contemplar un paisaje o caminar por un espacio verde puede generar una sensación diferente, como si nuestro mundo interno también tuviera un poco más de lugar para respirar.
Y esto no significa que tengamos que abandonar la ciudad, mudarnos al campo o esperar las vacaciones para sentirnos mejor. De hecho, una de las preguntas que podríamos hacernos es: ¿cómo puedo traer un poco más de naturaleza a mi vida cotidiana?
Porque quizás no puedas escaparte un fin de semana a una montaña. Pero sí podés caminar diez minutos por una plaza antes de volver a casa.
Quizás no tengas un jardín. Pero podés llenar tu balcón de plantas, cuidar una huerta pequeña o tener flores en algún rincón de tu casa.
Quizás trabajes todo el día en una oficina. Pero podés salir a almorzar afuera, caminar una cuadra más antes de volver o abrir una ventana y buscar unos minutos de luz natural.
Quizás tus mañanas sean caóticas. Entonces tal vez no necesites incorporar una rutina de una hora de meditación, yoga y caminata. Podés empezar tomando el café mirando el cielo en lugar de hacerlo frente a una pantalla.
Porque cuando hablamos de bienestar muchas veces cometemos el mismo error: creemos que para sentirnos mejor necesitamos transformar completamente nuestra vida.Y no siempre es así.
A veces necesitamos pequeñas experiencias repetidas que le recuerden a nuestro sistema que existe otra manera de estar.
Podemos caminar en lugar de usar el auto para distancias cortas. Elegir una plaza para encontrarnos con alguien. Hacer una pausa de trabajo al aire libre. Leer un libro en un banco. Regar las plantas. Sentarnos en el patio. Mirar las nubes con nuestros hijos. Caminar descalzos sobre el pasto cuando tengamos la posibilidad. Salir a ver el amanecer o el atardecer.
Incluso podemos incorporar algo tan sencillo como "cinco minutos de cielo": salir, levantar la mirada y quedarnos unos minutos observando lo que sucede arriba de nosotros. Parece insignificante. Pero quizás justamente ahí esté el secreto.
No necesitamos convertir cada práctica de bienestar en una nueva obligación, porque si hasta descansar se convierte en una tarea más de nuestra interminable lista de pendientes, terminamos haciendo con el bienestar exactamente lo mismo que hacemos con todo lo demás: correr detrás de él. La naturaleza nos propone otra cosa. Nos invita a bajar el ritmo, a observar, a caminar sin necesariamente tener un destino.
A escuchar sonidos que no elegimos nosotros.
A permitirnos estar un rato sin producir nada.
Y hay algo más: la naturaleza también puede ayudarnos a recuperar nuestra capacidad de atención. Cuando dejamos el teléfono y caminamos por un espacio verde, nuestra mente tiene la oportunidad de pasar de una atención fragmentada -esa que salta constantemente de una notificación a otra- a una atención más abierta y menos exigente.
Por eso quizás no se trate solamente de preguntarnos cuánto tiempo pasamos al aire libre, sino qué calidad tiene ese tiempo.
Podemos pasar una hora en una plaza mirando Instagram y seguir completamente conectados al mismo circuito de estímulos del que necesitábamos descansar.
Estar afuera no alcanza si nuestra mente sigue encerrada en la pantalla. La invitación es diferente: estar afuera estando realmente ahí. Sentir el viento, mirar los árboles, escuchar los sonidos, observar la luz. caminar prestando atención a nuestros pasos.
No hace falta convertirlo en una experiencia espiritual ni darle ningún significado extraordinario, a veces simplemente necesitamos volver a sentir el mundo alrededor nuestro.
Y quizás esto sea especialmente importante en las grandes ciudades, donde la naturaleza puede parecer algo lejano, reservado para las vacaciones o los fines de semana.
Pero la naturaleza también puede estar en una plaza, en un árbol de la vereda, en una terraza, en un balcón, en una planta que cuidamos, en el cielo que vemos desde nuestra ventana. en ese pequeño jardín al que nunca prestamos demasiada atención.
Entonces quizás el desafío para esta semana no sea hacer más, sino que sea, justamente, hacer un poco menos y estar un poco más afuera.
Salir diez minutos. caminar sin auriculares, tomar un café al sol, sentarnos debajo de un árbol, mirar el atardecer, tocar la tierra, regar una planta, respirar, y preguntarnos, mientras lo hacemos: ¿Hace cuánto tiempo no me detengo simplemente a estar?
Porque quizás nuestro bienestar no siempre necesite una solución nueva. Quizás, algunas veces, necesite algo mucho más antiguo...tierra bajo los pies. Sol en la cara, aire en los pulmones.
Y un poco de tiempo para recordar que nosotros también somos parte de la naturaleza.
Con amor, Romi.