Una camada de jóvenes púgiles argentinos está surgiendo por fuera del sistema tradicional del semillero (la Selección Nacional), y curiosamente parecen estar más preparados que aquellos. ¿Qué falló, o qué se corrigió sin querer puertas adentro, como para originar este fenómeno, que no respeta los cánones habituales, que desde hace tres décadas rige en nuestro país para fabricar figuras?

Desde hace muchos años, digamos, desde el primer cierre del Luna Park al boxeo; si se quiere, desde Locomotora Castro hasta la fecha, casi todos los púgiles que fueron campeones mundiales o figuras pasaron antes inexorablemente por la Selección Nacional Amateur, excepción hecha de Marcelo Domínguez y Carlos Baldomir, aunque este último, consagrado ya de grande.

Así y todo, ni uno ni otro hizo carrera previa de promesa, como el caso de sus colegas surgidos del semillero amateur, signados de antemano con destino de campeones.

El fenómeno habla de la importancia del amateurismo, pero a la vez de un acertado criterio de trabajo y cierto “buen ojo” para la detección temprana de talentos, porque ningún otro púgil que no hubiere sido alguna vez seleccionado dio el batacazo, ni se rebeló a los designios de las inferiores como para contradecir su eficacia.

Llama la atención entonces que hoy día, más allá de los ex Cóndores –ya bastante creciditos, algunos rondando los 30-, pibes de 21/22 años tales como Jeremías Ponce, Gustavo Lemos, Matías Romero, Gonzalo Coria, Gabriel Ledesma, o Fabricio Bea –entre otros- estén asomando con tanto vigor, superior al de las recientes estrellas AIBA, siendo que ninguno de estos pasó por la Selección Nacional, ni siquiera de Juveniles o Cadetes.

¿Qué falló? ¿No los vieron a estos pibes? ¿Puede ser que de golpe y porrazo, como por arte de magia, se hayan convertido en el proyecto de cracks que son? ¿O será que el modelo anterior tapó todo el tiempo a los que surgían, por mantener una base fija que se fue aburguesando lentamente?

Este último sábado, una de estas nuevas promesas, Gustavo Lemos, 22 años y 15-0-0, 6 KO, volvió a dar otra demostración de que está sólido en su rol de buen prospecto al vencer por KO 5 al campeón argentino de su división (la superligero), el santafesino Damián Yapur.

Retuvo en la ocasión el título latino FIB, pero eso fue lo de menos. Las coronas regionales, bien se sabe, carecen de ránking, y por ende, de seriedad y mérito. El tema es que venció al campeón argentino, por KO. ¡Y ni siquiera figuraba en el ránking nacional!

Cierto es que su ascenso quizás haya sido tan meteórico, como el de otros jóvenes que vienen pidiendo cancha, que no dio tiempo ni decisión de rankearlo, pero eso también habla de la lentitud de reflejos y conservadurismo con que a veces se manejan las instituciones, que tardan en “ver” tanto la decadencia de un púgil –anquilosados en sus antecedentes y el peso específico de un nombre-, como el arrollador presente de otros que vienen degollando.

Los deportes han cambiado, como la vida, y todo es más dinámico que antes. Se empieza más temprano, todo es más urgente y acelerado, con menos elaboración y exigencia, aunque paradójicamente eso no redunda en que se termine más tarde, por alargarse la vida útil, que nada tiene que ver con la plenitud.

Lo que llama la atención en Lemos, como en otros púgiles argentinos en la actualidad, es algo que se viene repitiendo en el boxeo casero, incluyendo a nuestro campeón mundial, Brian Castaño: la falta de definición, es decir, el poder de KO. ¿Nacen cada vez con menos potencia, o es un problema técnico de aplicación que (no) se perfecciona en el gimnasio?

Lemos pegó y pegó, en proporción 6 ó 7 a 1 respecto de Yapur, pero no supo nunca encontrar la fórmula para que sus golpes tuvieran el suficiente efecto y sacarles más el jugo, al menos hasta el 5º round, gracias a una acción rayana con lo ilegal que comprometió su triunfo.

Un peligro. En el terreno internacional, pelea que se alarga es una posibilidad latente de derrota, en especial si el oponente posee manos picantes, o uno carece de un mentón confiable.

Es más; tal como se dijo recién, estuvo a punto de complicársele la victoria por un golpe bajo dado en el 4º sobre el final de la campana, que la impericia del árbitro Juan Escobar pudo haber entorpecido aún más de no ser por la localía que protegía a Lemos.

Se ignora si estaban en efecto las reglas de la FIB o de la FAB –seguramente, era el reglamento argentino el que estaba en efecto, por ser un título regional con autoridades locales, que gracias si conocen nuestras reglas-.

Sea como fuere, el procedimiento debe ser otorgar cuanto menos 1 minuto de recupero, prorrogable por otro en las reglas argentinas si el damnificado no se recupera (NdeR: en la FIB dan hasta 5 minutos y si no se recupera se pierde por KOT, pero jamás hay descalificación por un golpe bajo accidental).

El problema es que en Argentina, de no recuperarse el damnificado luego de esos 2 minutos, gana por descalificación. Y si se recupera, se descuenta un punto al infractor. Pero todo en el mismo asalto, no en el siguiente como hizo Escobar, dado que justo sonó la campana, que no debió sonar.

Eso ocasionó un caos momentáneo sobre el ring, y la protesta airada del rincón de Yapur (el Colorado Darío Fernández), que de haber conocido mejor el reglamento se hubiera quedado a vivir con su púgil en la lona y hubiese obligado a la descalificación de Lemos. ¿Qué tal?

Lemos ganó por KO al round siguiente, pero estuvo a un tris de perder por descalificación.

La misma descalificación que hubiera correspondido a Yapur de aplicarse correctamente las reglas, porque su rincón invadió el cuadrilátero. Es decir, en todos los casos, a veces nuestro peor enemigo es uno mismo.

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