El pasado domingo en el Monumental el entrenador de Boca se instaló como una figura central del superclásico, en virtud de una idea y una estrategia que condicionó de manera notable las posibilidades de su equipo

El miércoles 9 de septiembre de 1964, el histriónico técnico Helenio Herrera (apodado El Mago y que fue la principal inspiración de Juan Carlos Lorenzo) sorprendió al ambiente del fútbol argentino cuando aquel Inter que conducía enfrentó a Independiente por la final de la Copa Intercontinental y planteó el partido persiguiendo hombre a hombre en toda la cancha, jugando con un líbero de la categoría de Pichi y ejecutando una idea muy defensiva para llevarse de Avellaneda un empate que no consiguió.

Aquella noche Independiente ganó 1-0 con un gol medio quinielero de Mario Rodríguez, cuando al arquero Giuliano Sarti se le escurrió la pelota entre las manos después de un cabezazo muy débil.

Cincuenta y cinco años después, más precisamente el domingo 1º de septiembre de 2019, el entrenador Gustavo Alfaro (apodado Lechuga) sorprendió al ambiente del fútbol argentino cuando este Boca que dirige desde hace ocho meses fue al Monumental para medirse con River con el único objetivo de defenderse en su propio campo, resignar cualquier posibilidad ofensiva y aferrarse al empate, como si del otro lado tuviera al Barcelona de Pep Guardiola con Iniesta, Xavi y Messi en estado de gracia.

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No estamos igualando a Herrera con Alfaro (ni en lo positivo ni en lo negativo), porque son distintos los contextos, las épocas, las circunstancias, los jugadores y los equipos. Claro que aquella sorpresa del Inter tampoco es simétrica con la sorpresa que expresó Boca. Pero existió un hilo invisible que los unió: un espíritu conservador apabullante.

En función de ese espíritu conservador apabullante, Alfaro quedó enfocado como el protagonista de la última fecha de la vapuleada Superliga. Un protagonismo no deseado. Pareció que para Alfaro es exactamente lo mismo conducir a Boca que a un equipo que se está por ir al descenso. Y no es lo mismo. Cualquiera que frecuenta el fútbol lo sabe.

Alfaro, sin embargo, no hizo diferencias. Boca desempolvó viejas recetas ya olvidadas por el fútbol mundial. Recetas anacrónicas que ni Julio Falcioni, el Toto Lorenzo ni Carlos Bilardo (por citar a tres técnicos muy sensibles a las preocupaciones defensivas) pusieron en práctica cuando asumieron el rol de entrenadores xeneizes.

No es que sea una herejía defenderse cuando se advierte una disparidad de potencial y fuerzas muy evidente. Pero Boca no es un equipito del montón y River no es un equipazo infernal. No hay un océano de fútbol y juego que los separa. Alfaro creyó que sí. Y le propuso desde su teoría jugar a Boca como un equipo asustado.

Y Boca jugó asustado, por lo menos durante 80 minutos. Esta revelación que se manifestó con absoluta claridad apenas arrancó el partido, lo ubica a Alfaro como un verdadero adelantado en la materia. Nunca un entrenador le había inoculado a Boca en un cruce frente a River en el Monumental un pensamiento tan mezquino y temeroso como el que supo transmitir Alfaro.

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Por supuesto que este episodio no lo descalifica ni atenúa los méritos que Alfaro conquistó en su prolongada carrera en la que logró títulos nacionales y una consagración internacional con Arsenal, pero deja instalada una duda de cara a lo que se le avecina a Boca cuando deba enfrentar en octubre a River por la semifinal de la Copa Libertadores: ¿repetirá Boca la actitud tibia, insustancial y vacilante, en definitiva, que mostró el último domingo? ¿O Alfaro jugó una carta de la que ya se arrepintió, considerando el rechazo masivo que provocó su estrategia sublimando el cero a cero?

Queda en pie esa duda no menor. Una duda que hasta trasciende el marco estrictamente futbolístico. Porque quizás pone en foco otros valores. Como diría el entrañable Roberto Perfumo: “El fútbol es el gran alcahuete de la aldea global”.

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