Es muy difícil interpretar lo que realmente pretendió hacer Gustavo Alfaro con su equipo en la visita al Monumental, considerando el nivel de la especulación que reveló y la negativa para construir un partido a la altura de la historia xeneize.

¿Qué fue a hacer Boca al Monumental? La respuesta real y no diplomática la debería tener su entrenador, Gustavo Alfaro, más allá de las palabras de ocasión disparadas en las ruedas de prensa, siempre previsibles y rutinarias.

Se especulaba según los comentarios que circulan por el ambiente del fútbol que Alfaro había analizado con muchísimo rigor como Boca tenía que jugarle a River. Y que había llegado a conclusiones muy interesantes y que por supuesto no iba a dar a conocer para no avivar giles.

Si las largas horas de estudio y reflexión futbolística lo llevaron a plasmar en la cancha lo que elaboró a nivel estratégico durante la semana, de mínima habría que concluir que Alfaro goza de una imaginación bastante limitada. Porque Boca firmó el empate antes de arrancar el partido. Y lo firmó sin que se le caiga ni una idea que valga la pena rescatarse.

El planteo, en definitiva, fue de una precariedad argumental alarmante. Y lo desnudó el arquero Sebastián Andrada apenas empezó el superclásico con una parsimonia muy reveladora de las intenciones del equipo.

Nunca o casi nunca, Boca se plantó en el Monumental como lo hizo el domingo. Semejante demostración de inferioridad también delata la interpretación de Alfaro a la hora de calibrar su pensamiento. Le temía a River. Y salió con la única aspiración de cerrarle los espacios. De achicar hacia atrás. De jugar en campo propio. De aguantar. De hacerse fuerte en el fondo. Y esperar que le canten bingo con un pelotazo milagroso a espaldas del fondo de River.

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Esto no es de equipo chico o de equipo muy modesto. Es propio de un equipo antiguo. Así jugó Boca. Como un equipo antiguo. Y claro que convoca a la sorpresa. Porque Alfaro suele tener un discurso moderado, políticamente correcto, pero no aplicado a la especulación exacerbada.

Sin embargo, Boca funcionó, sin dudas, en esa sintonía. Como si tuviera muy presente la superioridad de River. O los momentos de River desde que Marcelo Gallardo lo conduce desde julio de 2014, enhebrando victorias que Boca viene padeciendo en el plano internacional. Esas heridas de Boca, quedaron a flor de piel en el mapa psicológico del partido.

¿Están tan lejos Boca de River en juego, en recursos individuales, en su relieve colectivo y en las sumas y restas de debilidades y fortalezas que todos acreditan? ¿O será que Boca ya naturaliza que River está un par de escalones arriba? Por lo que denunció en el Monumental, esta es la sensación que prevalece. Se siente inferior Boca. Es lo que transmite. Y en el marco de esa inferioridad que lo interpela, privilegia cuidarse, protegerse.

Si es un anticipo de la actitud y la presencia que mostrará en los cruces por la semifinal de la Copa Libertadores frente a River, es una cuestión central muy difícil de precisar. Lo que queda flotando en la superficie es la falta de contenido futbolístico de Boca para jugar sin temores ante River. Porque la precaución excesiva expone el temor. La prudencia exagerada revela también un respeto exagerado. Y estos factores son muy influyentes como para subestimarlos.

Dicen algunas voces que frecuentan los lugares comunes que Boca hizo negocio con el 0-0. ¿Cuál fue el negocio? ¿Arañar un puntito? ¿No perder y extender la racha sin derrotas en el Monumental? Nueve de cada diez lugares comunes no dejan de ser construcciones falsas. Boca no debería quedarse ahí. Jugó pésimo. Y esto nunca es un buen negocio.

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