Después de cada Mundial, sin anunciarse, aparecen en el firmamento del fútbol tendencias y consignas que se perfilan como si fuesen verdades reveladas cuando en realidad son vaguedades sin contenido. Una de ellas, es que mientras los franceses parecían "aviones", los jugadores argentinos eran "carretas". Esta simplificación absurda pretende explicar que el triunfo ajeno y la derrota de la Selección se enfocó en el plano de las distintas velocidades.

Somos carretas y ellos son aviones”. La frase despectiva, vulgar y superficial se instaló en el ambiente del fútbol argentino a partir del desarrollo de Rusia 2018. La Selección que conducía Jorge Sampaoli quedó atrapada por esa descalificación: fueron carretas, se dijo y se dice. Y según el imaginario mediático nacional, los franceses fueron aviones. Y por eso ganaron el Mundial.

En realidad, demasiada subestimación intelectual. Ni carretas ni aviones. Argentina defraudó no porque sus jugadores se movieran en la cancha como tortugas. Y Francia conquistó su segundo Mundial no porque sus jugadores volaran como antes volaban los supersónicos Concorde, retirados de servicio el 26 de noviembre de 2003.

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La reivindicada velocidad con que se pretende elogiar a Francia revela desconocimiento hacia el juego del fútbol. La velocidad para desplazarse en la cancha nunca fue ni será un atributo esencial del fútbol. Es un complemento. Un valor agregado. A los grandes jugadores y a los grandes equipos y selecciones no se los mide por la velocidad para recorrer determinadas distancias. Si esto fuese así, el extraordinario atleta y velocista jamaiquino Usain Bolt (record mundial en los 100 y 200 metros llanos) sería un super crack. Y se vio que jugando al fútbol es un tronco infernal.

Pelé no fue un monstruo porque corría más veloz que los europeos. Garrincha no armó desparramos inolvidables por la banda derecha porque era una flecha. Maradona no fue un gigante porque mataba en cada pique corto o largo. Kempes no fue la gran figura de Argentina en el 78 porque destrozó a los holandeses en la final a pura carrera. Zidane no hizo la diferencia en Francia 98 y Alemania 2006 porque tenía una marcha más. Los ejemplos pueden ser innumerables. Y hasta se podría hacer una mención especial a Riquelme. Lento y displicente para los tecnócratas del fútbol actual. Sin embargo cualquiera que lo enfrentó sabía que Román les llevaba, de mínima, un tiempo. Porque pensaba y resolvía antes que ellos. Como Bochini, como el Beto Alonso, como el Pibe Valderrama, entre otros.

Quedarse con la velocidad expresada por Mbappé para justificar que los franceses eran aviones y nosotros carretas, es quedarse también con una realidad fragmentada. Porque es cierto que Mbappé es muy veloz, pero Pogba es lento y piensa rápido. En esa combinación o alquimia que el fútbol siempre necesitó para enriquecerse, Francia fue desarrollando las virtudes de su juego.

Plantear desde la ignorancia acreditada o desde la confusión siempre presente que la velocidad terminó resolviendo todo, es desacreditar y no entender la naturaleza misma del fútbol. Es ponerse una venda en los ojos. Argentina no quedó afuera de la competencia en octavos de final porque los jugadores fueron superados físicamente por sus adversarios. En este caso por Croacia y Francia.

Este reduccionismo brutal no deja de ser una construcción artificial sustentada en la derrota. Nunca lo será en el triunfo. Una construcción falsa y prejuiciosa que irrumpió en el escenario del fútbol argentino como si fuese una verdad revelada.

Las carretas argentinas invocadas no fueron carretas. No tuvieron respuestas futbolísticas, que es distinto. No tuvieron funcionamiento, que es otra cosa. No jugaron a favor de una idea clara. Y los aportes individuales, en general, fueron discretos, incluyendo por supuesto a Messi con su aire de protagonista victimizado, ausente y desconcertado.

Hablar de carretas, en definitiva, puede inscribirse en la tilingueria desopilante del universo mediático nacional, muy proclive a los fervores de la banalización. Hablar de aviones para intentar explicar consagraciones ajenas como la de Francia, secundado por Croacia y Bélgica, forma parte del mismo menú. Y de consignas mendaces perdidas en la inmensidad del espacio

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