Romina Atencio es coach y mentora de mujeres y parejas. Para cualquier consulta, comunicarse al correo electrónico rominaatencio@gmail.com. Instagram: @diosalmica. YouTube: @rominaatenciocoaching.
Romina Atencio es coach y mentora de mujeres y parejas. Para cualquier consulta, comunicarse al correo electrónico rominaatencio@gmail.com. Instagram: @diosalmica. YouTube: @rominaatenciocoaching.
Antes de que sigas leyendo, quiero anticiparte algo: sí, una relación puede enfermarnos y dañarnos. No solo físicamente, sino también almicalmente; es decir, a nivel del alma.
Existen vínculos que nos atrapan. Relaciones de las que sabemos, en algún lugar profundo de nosotras, que necesitamos salir, pero no encontramos la fuerza, el coraje o las herramientas para hacerlo. Y mientras tanto, dejamos que nos lastimen, que nos apaguen, que nos hagan dudar de quiénes somos.
Salir de una relación que nos daña no siempre es tan sencillo como decir “me voy”. Si fuera así, probablemente muchas personas no permanecerían durante años en vínculos que les hacen mal.
Hay relaciones que generan una verdadera dependencia emocional. Vínculos en los que el amor se mezcla con el miedo, la esperanza con la decepción, el dolor con pequeños momentos de felicidad que nos hacen pensar que quizás todo pueda cambiar. Y esto es especialmente frecuente en las relaciones con personas que presentan comportamientos narcisistas.
Pero quiero hacer una aclaración importante: no se trata de diagnosticar a nuestra pareja, familiar o amigo. No necesitamos que alguien tenga un diagnóstico para reconocer que una relación nos hace daño. Lo importante es observar cómo te sentís vos dentro de ese vínculo y qué efecto tiene esa relación sobre tu vida. Porque, en definitiva, más allá de cómo llamemos a la otra persona, la pregunta fundamental es: ¿qué está pasando conmigo?
Darte cuenta de que estás en una relación dañina puede ser muy difícil, especialmente porque muchas veces estos vínculos no comienzan siendo así. Al contrario.
Al principio, todo puede parecer perfecto. Hay una conexión intensa, mucha atención, halagos, promesas y una sensación de haber encontrado finalmente a esa persona que estabas esperando. En algunos vínculos narcisistas, esta etapa puede conocerse como love bombing: una intensa demostración de amor y atención que hace que te sientas única, especial e irremplazable.
Pero con el tiempo, algo comienza a cambiar. Aparecen las críticas, el control, la manipulación emocional, la indiferencia. Lo que antes era admiración comienza a convertirse en desvalorización. Y entonces puede comenzar un ciclo muy difícil de romper.
Primero aparece la idealización. Te hacen sentir especial, querida, elegida. Después llega la desvalorización: comienzan las críticas, los cuestionamientos, la indiferencia o las actitudes que te hacen sentir que nunca sos suficiente.
Más tarde puede aparecer el desecho. Te ignoran, te rechazan, te culpan por todo o te hacen sentir que ya no les importás. Y cuando finalmente empezás a alejarte, puede aparecer el hoovering: vuelven las promesas, las disculpas, las demostraciones de cariño y las palabras que necesitabas escuchar. Te hacen creer que esta vez será diferente. Y vos volvés a tener esperanza. El problema es que muchas veces el ciclo vuelve a comenzar. Por eso salir puede ser tan difícil.
A veces buscamos señales en el otro y nos olvidamos de observarnos a nosotras mismas.
Una de las señales más importantes es que cuestionás permanentemente tus propias percepciones. Sentís que ya no sabés si lo que viste, escuchaste o sentiste realmente ocurrió. Puede aparecer el gaslighting, cuando la otra persona niega cosas que dijo o hizo y consigue que empieces a dudar de tu memoria o de tu propio juicio.
También puede aparecer una sensación constante de culpa. Sentís que todo es responsabilidad tuya. Si la otra persona está mal, es por vos. Si está enojada, hiciste algo. Si la relación no funciona, quizás no diste suficiente. Poco a poco, tu autoestima comienza a debilitarse.
También podés empezar a aislarte. Te alejás de amigos y familiares, quizás porque la otra persona los critica, porque genera conflictos cada vez que querés verlos o porque, sin darte cuenta, empezás a priorizar permanentemente sus necesidades.
Y aparece el miedo. Miedo a hablar. Miedo a decir que no. Miedo a equivocarte. Miedo a que se enoje. Miedo a que te abandone. Miedo a que te rechace.
Sentís que tenés que medir cada palabra, cada gesto, cada decisión para evitar una reacción negativa. Y cuando una relación te obliga a vivir permanentemente en alerta, es momento de preguntarte qué está pasando. En una relación saludable no deberías sentir que tenés que desaparecer para que el otro esté bien.
Porque muchas veces no estás dejando solamente a una persona. Estás dejando una historia. Una ilusión. Una expectativa. Estás dejando la esperanza de que algún día esa persona vuelva a ser quien fue al principio. Y quizás también estás dejando la fantasía de que, si hacés las cosas suficientemente bien, finalmente vas a conseguir el amor que tanto deseaste.
El refuerzo intermitente puede generar una enorme dependencia emocional. A veces te tratan bien y otras veces te lastiman. A veces te aman y otras veces te rechazan. Y esa incertidumbre puede hacer que quedes atrapada esperando el próximo momento de amor. También aparece el miedo al abandono.
Después de escuchar durante tanto tiempo que no sos suficiente, que nadie te va a querer como esa persona o que no vas a poder sola, comenzás a creerlo. Y quizás ese sea uno de los mayores daños de una relación así: que empezás a desconfiar de vos misma. Entonces, para salir, primero necesitás recuperar algo que quizás fuiste perdiendo de a poco: la confianza en vos.
Romina Atencio
El primer paso es creerte. Creer en lo que sentís. Creer en tus percepciones. Creer que si algo te duele, importa. No necesitás tener una prueba definitiva para validar tu sufrimiento. No necesitás que otra persona te confirme que tenés derecho a sentirte mal. Si una relación te hace daño, eso ya es suficiente motivo para empezar a preguntarte qué querés hacer con ella.
El segundo paso es hablar. No te quedes sola. Buscá a alguien de confianza. Una amiga, un familiar, un profesional. Alguien que pueda ayudarte a mirar la situación desde afuera, porque cuando estamos dentro de un vínculo dañino muchas veces perdemos perspectiva.
El tercer paso es informarte. Conocer los patrones de las relaciones tóxicas, la manipulación emocional y la dependencia puede ayudarte a comprender que quizás no estás exagerando, que no estás loca y que lo que te pasa tiene un sentido.
El cuarto paso es comenzar a recuperar tus límites. Aprender a decir que no. Volver a tomar decisiones. Recuperar tus espacios. Reconectar con tus amistades. Volver a hacer cosas que te gustan. Recordar quién eras antes de que esa relación ocupara tu mundo. Y, sobre todo, empezar a trabajar en tu autoestima.
Porque salir de una relación que te daña no es solamente cerrar una puerta. Muchas veces es aprender nuevamente a caminar. Y acá quiero decirte algo importante: no siempre es posible salir de un día para el otro. Hay personas que necesitan planificar su salida. Hay quienes tienen hijos, dependencia económica o miedo a una reacción de la otra persona. Hay situaciones en las que existe violencia o riesgo y, en esos casos, es fundamental buscar apoyo profesional y priorizar la seguridad.
Pero incluso cuando todavía no podés irte, podés empezar a prepararte. Podés empezar a recuperar tu voz. Podés pedir ayuda. Podés volver a construir una red. Podés recordar que sos mucho más que esta relación. Y quizás ese sea el verdadero comienzo de la salida.
Porque cuando llevás mucho tiempo viviendo dentro de una relación que te daña, salir puede sentirse como saltar al vacío. Da miedo. Muchísimo. Porque no sabés qué va a pasar después. No sabés cómo será tu vida. No sabés si vas a poder. Pero hay algo que necesitás recordar: no tenés que saber exactamente cómo será tu vida después para saber que no querés seguir viviendo como hasta ahora.
Para dar ese salto necesitás confiar. Y muchas veces, esa confianza no aparece antes de salir. Se construye mientras caminás. Por eso, si sentís que estás atrapada o atrapado en una relación de la que no podés salir, aunque tengas pensamientos o deseos de hacerlo, quizás sea momento de comenzar a trabajar en vos. En tu amor propio. En tu autoestima. En tu autoconfianza. En tus límites. En tu capacidad de volver a elegirte.
Porque quizás durante mucho tiempo te enseñaron a luchar por ese vínculo, a sostenerlo, a perdonar, a esperar y a entender. Ahora quizás sea momento de aprender algo diferente: aprender a luchar por vos.
Y tampoco necesitás dejar de amar a alguien para reconocer que esa persona te hace daño. A veces podemos amar profundamente a alguien y, aun así, comprender que necesitamos alejarnos. Porque el amor no debería pedirte que renuncies a vos misma. Y si hoy estás en una relación que te está dañando, quiero que recuerdes algo: todavía estás a tiempo de volver a vos.
Tal vez no puedas cambiar a la otra persona. Tal vez no puedas controlar sus decisiones, sus palabras o sus reacciones. Pero sí podés comenzar a recuperar algo que quizás habías olvidado: tu capacidad de elegirte. Y ese puede ser el primer paso para salir.
Si querés comenzar a trabajar en vos y sentís que necesitás acompañamiento para recuperar tu autoestima, tu autoconfianza y tu amor propio, podés agendar una sesión conmigo enviándome un WhatsApp al 11-6016 5378 (solo mensajes). Te espero. Hasta el próximo sábado.