El grupo de adolescentes que hace una semana atacó a Matías Bragagnolo encuadra según un estudioso de las conductas de estas barras, en un perfil cercano al de las “tribus urbanas” con radio de acción circunscripto en este caso en los barrios más acomodados de la Capital Federal y cuyos integrantes “no son criminales” sino que la problemática que encarnan “radica en lo social”. El especialista en cuestiones de seguridad Luis Saniez señaló que la actitud de estos grupos integrados por jóvenes de entre 13 y 18 años “tiene sus códigos que no son los de las patotas de los barrios periféricos” y que más allá de que “carezcan de mentalidad criminal”, hechos como el de Matías “van a seguir pasando”. Saniez, quien estudia la problemática de la violencia juvenil, aclaró que “los códigos de los barrios periféricos son distintos a los de las zonas acomodadas” y las “banditas” como las que gravitó en la muerte de Matías, que “no son pandillas”, aseveró, “juegan elementos bien diferenciados”.
Origen, la familia
Los factores que llevan a los chicos en su mayoría pertenecientes a familias de buena posición económica giran, dijo, en torno a la necesidad de “demostrar machismo y superioridad”, en una postura que reconoce como origen “la falta de contención y afecto familiar”. En ese sentido, Saniez sostuvo que como ocurre con las patotas de las villas de emergencia “puede haber similitudes en la falta de contención de la familia”, pero puso como particularidad que “la madre de un chico villero es más sobreprotectora” que la de un adolescente que integra grupos violentos con acción en los barrios “caros” de la ciudad. “Uno lo ve cuando hay un procedimiento policial en un barrio bajo”, destacó Saniez. “La madre del joven detenido lo cubre y no adopta ante esa situación un rol abandónico. Del otro lado -apuntó- el chico está más solo y sus madres tienden a concentrarse más en la moda y en la figuración social que en la problemática de sus hijos”.
Sólidas relaciones
Las barras de chicos “bien”, por usar una categorización, responden para Saniez “a una cultura alcohólica”, suelen tener como epicentro de sus reuniones algún local comercial que puede ser un shopping y por lo general son buenos alumnos. Otra de las características que reconoció en estos grupos “es la solidez de la relación” en una estructura en la cual el líder “es el clásico; mosquita muerta” o bien “el carilindo, el más simpático y entrador y el que en algún momento se anima a impulsar la acción y al que después los otros siguen” y que sin embargo “puede ser el más chico” de la barra. Todo el conjunto tiene otra cuestión en común: la también sólida posición económica de sus familias y una vez en la calle en su rol de barra, según Saniez, “buscan ejercer el dominio territorial” que los lleva “al desborde” y a las actitudes violentas.
Pequeños hurtos
Un detalle que asocia a los miembros de estos grupos es que suelen tener vinculación con la práctica del rugby, un deporte que para Saniez no sólo aporta una buena estructura física sino que es “violento” y “genera una gran descarga de adrenalina”. Sobre ese punto puso como antecedente la muerte de Ariel Malvino, en Ferrugem, Brasil, en un hecho en el cual aparecen vinculados rugbiers, y ubicó dentro de las fechorías que cometen “pequeños hurtos” realizados en “busca de alcanzar ‘chapa’ y no porque después hagan dinero con lo robado”.
“Mirá la paliza que te dí”
“No estamos frente a un hecho delincuencial y estos jóvenes no son criminales porque no tienen mentalidad criminal”, puntualizó Saniez para quien independientemente de lo que pudo haber pasado con Matías Bragagnolo “no buscan matar” sino que frente al protagonismo de un hecho violento “se conforman con decir ‘mirá la paliza que le di’”.

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