Contemplar la Mona Lisa y advertir como sus ojos siguen al espectador, representa una de las obras de arte más sublimes. Lo mismo que estar parado frente al Taj Majal o en las arenas de Egipto ante la majestuosidad de las pirámides y el no poder entender cómo fueron hechas en aquellos años sin la tecnología de la actualidad. Pero muy poca gente se pone a pensar si una obra de arte puede tener el verde lienzo de 110x75 metros, con dos arcos en el extremo un ombligo central, con tribunas a los costados y cientos y cientos de personas que permanecieron escasos segundos con la boca abierta a la espera de un desenlace.
Lejos de la postura del escritor y filósofo Juan José Sebrelli, quien sella su casa durante los mundiales de fútbol para no contaminarse de una pasión popular y de un fanatismo, que según sus palabras "suele conducir al asesinato", plumas como las de Roberto Fontanarrosa, Eduardo Sacheri, Eduardo Galeano, Osvaldo Soriano, Ariel Scher y Hernán Casciari dejaron volar sus recuerdos y mediante la literatura deslizar la posibilidad de que Maradona le siga haciendo el mismo gol al arquero Peter Shilton.
ME VAN A TENER QUE DISCULPAR
Argentinos y uruguayos no sólo comparten vecindad río mediante, sino la pasión que le ponen al fútbol. Y esa pasión, en muchos casos, se convirtieron en batallas campales dentro de un campo de juego, dignos modelos para que cualquier artista los transformara en óleo. Sin embargo, Eduardo Galeano, en su "El fútbol a sol y a sombra" le tiene destinado un capítulo a "Maradona" donde desentraña la imagen del astro argentino, su eterno choque contra el poder de la FIFA y sus vínculos con la cocaína.
10.6 SEGUNDOS
Fue Hernán Casciari quien se tomó el trabajo, cronómetro en mano, de precisar el tiempo que duró la obra de arte de Diego Maradona aquel 22 de junio de 1986. "10,6 segundos" es uno de sus relatos más logrados y que aparece, por primera vez, en la revista Orsai Nº11 y en el libro "Messi es un perro y otros cuentos". El Gordo, como se lo conoce, aunque un jugueteo de su corazón hizo que le ganara una batalla a la balanza, hizo poesía de los amagues y la carrera del astro, que obligó a muchos a mantener la boca abierta por esos casi 11 segundos. "Menos de once segundos antes, cuando el jugador argentino recibe el pase de un compañero, el reloj en México marca las trece horas, doce minutos y veinte segundos. En la escena central hay también dos británicos y un hombre algo mayor, de origen tunecino. El deporte al que juegan, el fútbol, no es muy popular en Túnez. Por eso el africano parece el único que está en actitud de alarma atlética", relata Casciari en su cuento.
A 30 años de aquella proeza millones de argentinos aún mantienen en sus retinas o en el disco rígido de su cerebro la desazón de los británicos de no poder darle caza. Patadas al aire y revolcones varios ilustran la obra de arte que Maradona pintó ese 22 de junio de 1986, donde un lienzo verde de 110x75 metros (metro más, metro menos) sirvió de escenario para la conquista del mejor gol de la historia del fútbol.