04 de noviembre 2026 - 16:38
Trump y el arte de autodestruirse en dos años - Por Candelaria de la Sota.

El presidente de los Estados Unidos sufrió un fuerte revés en las urnas en las elecciones de medio término. Cuando el nuevo Congreso asuma en enero, Trump encontrará una oposición con capacidad para bloquear leyes, condicionar el presupuesto, frenar nombramientos en el Senado e investigar a su administración.

Revés electoral para Trump. 

Un presidente puede perder una elección de medio término, pero lo que merece una explicación más profunda es cómo consigue transformar, en menos de dos años, una victoria que parecía darle permiso para todo en una derrota que le pone límites desde todos lados. Donald Trump acaba de encontrarse con esa frontera. Los estadounidenses que lo devolvieron a la Casa Blanca para mejorar sus vidas terminaron castigando decisiones que las hicieron más caras.

Desde Washington, esta elección deja una impresión que va mucho más allá del cambio de color en el mapa: el poder puede acumularse rápidamente y consumirse todavía más rápido cuando un gobernante confunde respaldo con impunidad política. Ganar una elección permite gobernar. No garantiza que la sociedad acepte cualquier costo.

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Los demócratas recuperaron la Cámara de Representantes y el Senado. En el balance preliminar de la madrugada del miércoles tenían adjudicadas 231 de las 435 bancas de la Cámara baja, frente a 141 republicanas y 63 pendientes. En el Senado, el espacio demócrata, incluidos los independientes aliados, reunía 54 lugares frente a 44 republicanos, con dos definiciones pendientes. La magnitud final de la derrota todavía debía completarse.

La sacudida también alcanzó las gobernaciones. Se eligieron 36 y los demócratas arrebataron a los republicanos, entre otras, Georgia, Texas, Iowa y Ohio. Keisha Lance Bottoms en Georgia y Gina Hinojosa en Texas expresan la profundidad territorial del vuelco. El primer balance les aseguraba al menos 27 de las 50 gobernaciones del país, frente a 20 republicanas y tres pendientes. Esa cuenta nacional incluye estados que no eligieron gobernador este martes.

Cuando el nuevo Congreso asuma en enero, Trump encontrará una oposición con capacidad para bloquear leyes, condicionar el presupuesto, frenar nombramientos en el Senado e investigar a su administración. Conservará atribuciones ejecutivas importantes y el poder de veto. Pero perderá algo decisivo: la comodidad de negociar con un Congreso dominado por su propio partido.

Trump y Milei.

La pregunta es qué hará frente a esos límites. Su trayectoria ofrece más motivos para esperar confrontación que moderación. A los 80 años, después de construir una identidad política alrededor del desafío permanente, cuesta imaginarlo descubriendo de pronto las virtudes de levantar el pie del acelerador. Trump suele acelerar en las curvas. Ahora tendrá enfrente instituciones con un mandato electoral para frenarlo.

Sería cómodo explicar lo ocurrido únicamente como un triunfo de los demócratas. Pero no se trató solamente de eso, sino, sobre todo, de una derrota de las prioridades del gobierno. Votar a la oposición no supone abrazar todas sus propuestas: también puede ser la manera disponible de exigir una corrección. Las encuestas entre votantes muestran que el costo de vida y la demanda de controles al poder presidencial pesaron en ese reclamo.

Trump creyó que podía intervenir en el conflicto con Irán sin que el costo político volviera a su propia casa. La alteración del tránsito por el estrecho de Ormuz y el encarecimiento de la energía convirtieron una decisión internacional en un problema cotidiano. Para una familia que necesita el auto para trabajar, el conflicto deja de ser una discusión sobre estrategia cuando cambia el precio de llenar el tanque. La guerra y el costo de vida estuvieron entre los factores del castigo electoral.

Los aranceles abrieron otro camino hacia el mismo bolsillo. Se pueden presentar como defensa de la producción nacional o como instrumento de negociación. Pero una política comercial también se juzga por sus consecuencias domésticas. Entre los votantes que sufrieron dificultades por los precios, muchos responsabilizaron a los aranceles y a otras decisiones del gobierno por el deterioro económico.

No todos los aumentos tienen una sola causa ni todas las derrotas electorales se explican con una variable. También pesan los candidatos, la participación y el desgaste del poder. Pero cuando decisiones propias encarecen la vida, un presidente tiene menos margen para responsabilizar exclusivamente a sus adversarios.

El deterioro de Trump ya era visible antes de las urnas. La misma serie de Ipsos que registró una aprobación de su gestión del 47% al comenzar el mandato, en enero de 2025, la ubicó en el 32% en el relevamiento del 29 de octubre al 2 de noviembre. Son 15 puntos porcentuales menos. No es una comparación entre encuestadoras distintas ni entre imagen personal y evaluación del gobierno: es el retroceso de una medida comparable de aprobación.

La pregunta argentina aparece sola. ¿Puede ocurrirle algo semejante a Javier Milei? Puede enfrentar el mismo mecanismo de desgaste, aunque eso no permite anticipar un resultado electoral. Los países tienen historias, instituciones y problemas diferentes. Argentina tampoco tiene la capacidad estadounidense de modificar el tablero internacional. Pero ambos gobiernos quedan sometidos a una prueba doméstica: qué ocurre con la vida de quienes los votaron.

Milei hizo de la baja de la inflación el centro de su programa. En septiembre fue del 1,9%. Ese resultado tiene un valor económico y social enorme, lo que pasa es que hay una diferencia entre que los precios no suban tan fuertemente y que eso signifique que el salario te alcance para llegar a fin de mes.

Ahí aparece el paralelo más fértil con Estados Unidos. Los estadounidenses hablan de kitchen table issues: los asuntos que una familia discute alrededor de la mesa de la cocina. La comida, el alquiler, los remedios, las cuotas, el combustible. En la Argentina habría que agregar una pregunta que vuelve una y otra vez: qué se paga este mes y qué debe esperar.

La inflación mide la velocidad a la que suben los precios. Una familia vive, además, con el nivel que esos precios alcanzaron, el salario que cobra y la estabilidad del trabajo que conserva. Puede reconocer que la inflación bajó y, al mismo tiempo, sentir que su vida no mejoró. Esa experiencia no queda desmentida por un buen indicador.

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Ese es el riesgo de una política que organiza todas sus explicaciones alrededor de una sola conquista: terminar pidiéndole a la sociedad que evalúe su bienestar con la misma vara que utiliza el Gobierno para evaluar su programa. Pero las familias hacen otra cuenta. No calculan solamente cuánto menos aumentaron los precios. Calculan cuánto les queda después de pagarlos.

Trump recibió este martes una advertencia que excede sus fronteras. La convicción de un presidente no reemplaza los resultados que esperan sus votantes. Tampoco alcanza con repetir que el sacrificio tendrá recompensa si esa recompensa se vuelve cada vez más lejana.

Para Milei, la elección estadounidense no es una profecía. Es una advertencia sobre el límite de la paciencia social, porque, tarde o temprano, los grandes proyectos de poder se sientan a rendir examen en una mesa familiar. Y ahí cada promesa tiene que alcanzar para algo.