Una deuda de ocho mil dólares, la vergüenza y el impacto del juego online quedaron expuestos tras su muerte. Su madre ahora busca visibilizar señales de alerta y reclama mayores herramientas de acompañamiento.
Una deuda de ocho mil dólares, la vergüenza y el impacto del juego online quedaron expuestos tras su muerte. Su madre ahora busca visibilizar señales de alerta y reclama mayores herramientas de acompañamiento.
La vida cotidiana puede ocultar un sufrimiento profundo. Martín tenía 24 años, estudiaba marketing, trabajaba, jugaba al fútbol, estaba en pareja y proyectaba su futuro. Sin embargo, atravesaba un problema con las apuestas online que recién compartió con su madre 20 días antes de morir.
Mónica Bedoya, su mamá, reconstruyó aquellos últimos días a partir de lo que pudo conocer después. Su hijo había comenzado a apostar a los 17 años, primero en sitios ilegales y luego en plataformas habilitadas. Para ella, la presencia constante del juego a través del celular es una de las claves para entender el problema.
“Les ponemos un casino en la mano a chicos y adolescentes”, sostuvo al cuestionar la facilidad con la que se puede acceder a las aplicaciones. La preocupación de la familia creció cuando el joven reveló que había acumulado compromisos económicos con personas cercanas.
En aquella charla, Martín contó que debía dinero a su madre, a una hermana que vivía en otro país y a un amigo. La suma alcanzaba los USD 8.000, aunque Bedoya aclaró que se trataba de una cifra que la familia podía afrontar y que no representaba una situación imposible de resolver.
El problema, según explicó su madre, estaba también en cómo él vivía esa situación. Sentía que había defraudado a quienes tenía más cerca y cargaba con una fuerte sensación de vergüenza. “Para él era una vergüenza enorme”, expresó la mujer al reconstruir el impacto que esas deudas tuvieron sobre su hijo.
La historia también la llevó a cuestionar algunas ideas instaladas sobre el sufrimiento psíquico. Martín mantenía sus actividades, sus vínculos y sus proyectos. “Martín no tenía nada de eso”, afirmó Bedoya al referirse a las señales que suelen asociarse con el aislamiento o el encierro.
Incluso durante sus últimos días continuó con su rutina. El día de su muerte había asistido a una sesión de kinesiología por una lesión en la rodilla. También había hecho planes con su novia y comprado unos turrones que le gustaban, escenas que para su madre muestran lo difícil que puede resultar advertir a tiempo el padecimiento de una persona.
Después de la muerte, Bedoya encontró dos cartas. Según contó, en una de ellas Martín pidió perdón, exculpó a sus seres queridos y pidió que lo recordaran por quien había sido. Ese hallazgo profundizó el dolor, pero también reforzó su decisión de hablar y reclamar más herramientas de prevención y acompañamiento para las familias.