Incidentes en el mar Báltico, Taiwán y el Ártico alimentan las sospechas de sabotaje contra una infraestructura clave para las comunicaciones y las finanzas mundiales.
Incidentes en el mar Báltico, Taiwán y el Ártico alimentan las sospechas de sabotaje contra una infraestructura clave para las comunicaciones y las finanzas mundiales.
Los daños a los cables submarinos de internet generan una creciente preocupación por posibles sabotajes que serían perpetrados por Rusia, China e Irán, según la investigadora del Atlantic Council, Elisabeth Braw, quien documentó una serie de incidentes en los que barcos de esas naciones arrastraron sus anclas durante trayectos inusualmente largos y cortaron conexiones estratégicas, en un escenario marcado por los conflictos internacionales.
En su libro "Undersea War", (Guerra bajo el océano), Braw advirtió que una interrupción de esta infraestructura podría provocar una disrupción masiva, y si bien reconoció que muchos daños se producen por accidentes durante tareas de pesca o navegación, la repetición de episodios sospechosos encendió las alarmas sobre la seguridad de una red por la que circula la mayor parte del tráfico mundial de internet.
Alrededor del 60% de los daños a cables submarinos se atribuye a errores humanos, según el libro, mientras que el Comité Internacional de Protección de Cables (ICPC) estima que la proporción se ubica entre el 50% y el 80%. Cada año se registran entre 150 y 200 daños en todo el mundo, que por lo general se reparan con rapidez.
Uno de los casos más relevantes ocurrió el 25 de diciembre de 2024, cuando el petrolero Eagle S, vinculado con Rusia, arrastró su ancla durante unos 90 kilómetros y cortó o dañó cuatro cables de datos, además del cable eléctrico submarino Estlink 2, que conecta las redes energéticas del Báltico y los países nórdicos.
Un mes antes, el buque de carga chino Yi Peng 3 había cortado uno de esos cables de datos en la misma región. La tripulación del barco chino no fue procesada por las autoridades europeas, mientras que Finlandia intentó llevar a juicio a tres oficiales del Eagle S.
En febrero de 2025, el buque Hong Tai, de propiedad china, cortó un cable de telecomunicaciones submarino frente a Taiwán. En junio de ese año, un tribunal taiwanés condenó a su capitán a tres años de prisión. Después del episodio, el Parlamento de Taiwán elevó las penas por daños intencionales a cables o gasoductos submarinos hasta un máximo de siete años de cárcel.
Durante este año también se registraron episodios que ampliaron la preocupación internacional. Irán intentó cobrar tarifas a los operadores de cables submarinos que atraviesan el estrecho de Ormuz, una vía marítima estratégica entre el golfo Pérsico y el mar Arábigo.
Por separado, una operación conjunta del Reino Unido, Noruega y Estados Unidos interceptó submarinos rusos que practicaban el uso de una nueva tecnología para inutilizar cables en aguas árticas cercanas al archipiélago noruego de Svalbard.
Braw sostuvo qué, durante décadas, incluso en plena Guerra Fría, existió un acuerdo internacional tácito para no dañar esta infraestructura, una conducta que describió como la de “un buen ciudadano del fondo marino”. En declaraciones a Ars Technica, advirtió que la interrupción de cables y gasoductos submarinos podría tener consecuencias masivas, incluso si durara apenas un minuto.
La investigadora señaló que el escenario actual es muy diferente al de la Guerra Fría, cuando había pocos cables telefónicos y las comunicaciones internacionales tenían un alcance limitado. Hoy, los cables submarinos transportan enormes volúmenes de datos y sostienen transferencias constantes de dinero, lo que los convierte en una infraestructura esencial y, al mismo tiempo, en un objetivo cada vez más atractivo.