La cornisa, el pánico, el ómnibus tambaleante, el chofer que toma gaseosa con una mano y con la otra conduce, las subidas y bajadas, los colores naranjas y violetas de los cerros, el ripio, el cielo bien cerquita. De pronto el precipicio, tapado por las nubes. También curvas, muchas curvas. Y miedo, mucho miedo. Hay tanto para observar que, quizás, uno se pierde en los detalles. En fin, así se llega a Iruya: una localidad de Salta que está colgada en la montaña. Por este camino se arriba desde Humahuaca, Jujuy. Son 54 km que, por su escarpado paisaje, tardan tres horas a pura travesía.
Viven aproximadamente unos mil habitantes, mayoría indígenas, que aún conservan sus tradiciones. La cultura aborigen se entrecruzó con la hispana, lo cual generó un proceso histórico de interculturalidad. Por eso, más que una localidad, es un pueblito en el medio de la nada. Su altura media es de 2780 metros sobre el nivel del mar y está ubicado bien al norte de la provincia y a 307 km de su capital. Se encuentra entre dos ríos: el Colanzulí y el Milmahuasi. Bordeado, también, por distintos pero tentadores lugares como San Isidro, San Juan, Chiyayoc y Rodeo Colorado.
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Uno, en principio, puede recorrer el pueblo y disfrutar si quiere, con guía especializado de arquitecturas con 250 años de antigüedad. La vista de algunos ranchos viejos, y una foto panorámica desde el Mirador La Cruz. Luego de todo el paseo urbano, se puede ir a los alrededores; hay varios circuitos. A San Isidro, el pueblo fantasma, se llega únicamente a pie o en burro. El trayecto empieza desde Plazoleta Rosa Guevara, se cruza el río Milmahuasi y aparece la Palca. Ahí, hay que continuar por la playa del río San Isidro y se llega al pueblo, después de caminar unas dos horas y media. Está la visita a alguno de los tejedores en telar y la vista panorámica desde el cementerio. Para volver se toma un camino con campos de tierra, al trazar el barrio Puma Yoc.
De marzo a julio, once jugadores disputan un campeonato de fútbol amateur. Primera, reserva y veteranos, son algunas de las categorías que compiten de 23 comunas que pertenecen al departamento iruyense. Los ganadores de las finales se llevan un trofeo plateado. El campo está hecho de piedras y tierra, por lo que jugar es toda una odisea. Por arriba, los cóndores; a la derecha un paredón verde con los escudos de los clubes. A la izquierda, el río Iruya y el precipicio. La pelota, por la altura, no dobla. Y en los partidos, los turistas casi siempre superiores en técnica dejan sus energías en la primera parte. Semejante paisaje los hace vibrar y no los deja pensar. Los locales regulan y vencen en el final con los disparos desde afuera del área. Bienvenidos a la mística de Iruya. Bienvenidos a un lugar donde con poco se es feliz.