En la línea del genio que naturaliza la genialidad, Messi promueve a escala planetaria la búsqueda de respuestas y explicaciones a su fútbol inalcanzable. Pero las respuestas se desvanecen. Este hombre desbordado por la creación es el retrato de la simpleza despojada y del gol inevitable
Hace un año, esa enciclopedia del fútbol mundial que es el holandés Johan Cruyff, comentó desde Catalunya: "Messi es un jugador que siendo lo que ya es, aún puede ser mucho más". El testimonio de Cruyff, que nunca habla para llenar los espacios sino para escribir sentencias siempre recordadas, quedó picando como tantas otras que pronuncian distintas celebridades.

Messi ganó en enero pasado su tercer Balón de Oro (otorgado por FIFA) consecutivo que lo distinguió como el mejor jugador del mundo y es inminente que lo conquiste por cuarta vez el 7 de enero próximo después de una temporada extraordinaria en la que naturalizó la genialidad.

¿Pero que fines futbolísticos persigue Messi? ¿Y por qué juega como juega? Sus objetivos son simples: jugar cada día mejor, ganar todo lo que se le presente con el Barcelona y salir campeón del mundo con la Selección argentina en Brasil 2014.

En definitiva, deseos comunes a tantos futbolistas, más allá de que no vistan la camiseta del Barcelona ni tengan chances concretas de ser convocados a la Selección. Son los viejos sueños del fútbol. La diferencia es que Messi los dibuja con precisión quirúrgica en una cancha. O los puede plasmar en realidades inapelables y sorprendentes.

Cruyff le adivinaba a Messi hace 12 meses lo que a esa altura parecía imposible: jugar mejor de lo que lo que venía haciendo. Y si hoy lo consultaran a Cruyff sobre el futuro inmediato de Messi, seguramente respondería lo mismo: "Siendo lo que ya es, aún puede ser mucho más".

La curiosidad se repite hasta el hartazgo: ¿por qué Messi juega como juega? La pregunta, en realidad, podría trasladarse a los genios inalcanzables: ¿por qué Frederic Chopin abrazó musicalmente la belleza sublime? ¿Por qué Pablo Picasso descubrió otra dimensión del arte contemporáneo y pintó aquel Guernica? ¿Por qué Pablo Neruda escribió los versos más tristes aquella noche? ¿Por qué Frank Sinatra cantaba como nunca más nadie cantó? ¿Por qué Jimi Hendrix le sacó sonidos y misterios que ni la guitarra jamás imaginó? ¿Por qué Janis Joplin, musa inspiradora del rock de todos los tiempos, atrapó acordes, susurros y gritos que parecían llegar del más allá? ¿Por qué Pelé además de ser un genio complaciente logró caminar sobre los mares del fútbol? ¿Por qué Maradona fue la síntesis del hombre imperfecto que hacía obras perfectas?

La respuesta no está en ningún lado. No hay respuestas. No se explica en ningún seminario la genialidad. Se la contempla. Se la admira. Y quizás se la entiende desde esa admiración. Messi expresa en fútbol lo inabarcable del fútbol. El, no explica nada. Y dice poco. A veces casi nada para las necesidades que impone el show de la palabra multiplicada.

¿Qué va a explicar Messi? ¿Cómo juega? ¿Cómo piensa que va a construir la próxima jugada? Si ni él lo sabe. Le surge. Se le precipita la inventiva. Lo avasalla la creación. Lo desborda el placer que antecede al instante único e irrepetible. Quizás por eso mismo es que el francés Arsene Wenger, entrenador del Arsenal de Inglaterra, hacia finales de 2008, aseveró: "Messi es más instintivo que cerebral, pero su instinto es genial".

Ese "instinto genial" que Wenger pondera, es la suma de todas las virtudes inabordables. Es lo que Messi no puede controlar. Es lo que el Flaco Menotti definió hace unos días en pocas palabras: "Messi es un marciano".

¿Hasta que cumbres va a llegar Messi? ¿Pelé lo sabía cuando jugaba? No. ¿Maradona lo sabía cuando se iba convirtiendo en un monumento que caminaba? No. Messi tampoco. Se va a dejar sorprender. Abrazar por su sensibilidad. Porque su marcha no se detiene. Aprende y aprende sin prisas y sin pausas. Y ejecuta lo que va aprendiendo con una simpleza despojada que asombra a los que entienden mucho y a los que no entienden nada.

Los récords a los que pulveriza mes a mes y año tras año no dejan de ser símbolos de un estado de bienestar sin techo ni fronteras.
Pero no parecen ser para Messi tan significativos y relevantes como lo son para el ambiente del fútbol. Sí, debe ser cierto, que quiere seguir quebrando récords, pero su foco siempre apuntando al juego, a la vez los trasciende largamente.

Messi es un récord en sí mismo. Un récord que no precisa de los números. Ni de cifras. Ni de consagraciones académicas. El es la imagen más plena de fútbol. Del fútbol que lo sigue descubriendo. Porque su obra recién empezó. 

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