¿Cómo se mide la infidelidad? ¿Con qué parámetros? A estas preguntas peligrosas se podría intentar responder a través de un rastreo. De acuerdo a algunos profesionales dedicados a este tema, se pudo detectar que casi el 80 por ciento de los argentinos no aprueba la infidelidad.
El mismo porcentaje admite que “conoce casos en su ámbito cercano”. Pero hay más: cuatro de cada diez entrevistados reconocieron haber sido alguna vez infieles. Esto es en el caso de ambos sexos. Pero, ¿quiénes son los partidarios de hacer lo que a cada uno le parezca, sin prejuicios o falsos moralismos? Los primeros en la lista pertenecen al nivel socioeconómico más alto. De ellos, el 57 por ciento aseguró que ser infiel o fiel es algo personal y que los valores éticos, religiosos o sociales no tienen en esto un peso específico. Las personas de entre 18 y 34 años apoyaron esta postura. Claro que este tipo de mujeres y hombres encontraron resistencia en el grupo de mayores de 50 años. Para este último segmento, la fidelidad es un valor ético en vigencia. Muchos piensan que la infidelidad en la pareja es el resultado de convencionalismos sociales, que vinculan la fidelidad a la constitución de la familia como ente social. De allí que la fidelidad constituye un requisito obligado para mantener la actual estructura familiar. Sin embargo, y más allá de todo esquema de relaciones humanas, lo cierto es que la fidelidad no constituye un componente esencial de la naturaleza humana. Antes bien, se podría afirmar que toda persona no es fiel ni infiel, simplemente “es”. El adulterio no es sólo cosa de hombres: tanto hombres como mujeres han ocultado muchas veces fantasías o deseos sexuales, que sólo expresan al conocer experiencias similares en alguien de su amistad. Desde que el mundo es mundo, y la historia lo ha contado, la infidelidad no es sólo patrimonio de hombres, como así se ha querido admitir en la sociedad, sino también de mujeres. Se podría tomar el caso de Catalina La Grande, con sus verdaderos y conocidos desvaríos amorosos. Aún casada con el zar de Rusia, no escatimaba amantes, tanto es así que en sus largas andanzas por los palacios, acertó a tener dos hijos y no precisamente con su alteza real. Y la historia recuerda también a Cleopatra y Penélope, que esperando que sus maridos retornaran de las Cruzadas, recordaban todo el tiempo que ellas eran mujeres codiciadas. “La infidelidad no es sólo cosa de hombres -asegura la psicóloga y socióloga Mónica Mingrino- “sino que en realidad es particularmente de la mujer. Pero quiero dejar en claro que la infidelidad no siempre es adulterio”, y agrega: “Muchas veces es la manera de establecer con otra persona del sexo opuesto una relación erótica, y la infidelidad no siempre pasa por los hechos. A veces se establece a través de la fantasía, pensando o deseando a otra persona, aunque esa relación no se concrete. En pocas palabras, el adulterio es la concreción de la infidelidad”. La infidelidad tiene que ver esencialmente con la mujer porque es mucho más fantasiosa que el hombre y porque en cualquier triángulo amoroso existe una segunda mujer. La otra De acuerdo a esta teoría y según la profesional, cuando un hombre tiene relaciones sexuales con su esposa, la mayoría de las veces está pensando en otra mujer. Pero, cuando una mujer se acuesta con su amante, también está pensando en otra mujer, pero es la esposa de éste. Entonces, después de elaborar esta concepción, se puede decir que la infidelidad es cosa de mujeres, porque siempre existe una tercera mujer. Sobre esta base, todos los seres humanos son infieles, teniendo en cuenta los pensamientos fantasiosos, el erotismo, el deseo, aunque no todos son adúlteros. Antiguamente, la mujer no se permitía hablar de estos temas, hoy tiene plena libertad para hacerlo y decidir. La infidelidad tiene la edad de la Biblia. Hay un precepto bíblico que dice: “No serás adúltero, no desearás a la mujer del prójimo”, lo que indica que ya existía el adulterio en aquella época.