La Biblioteca Pública Joaquín Víctor González les ofrece a los vecinos del barrio de La Boca un abanico de posibilidades culturales que van desde eventos y talleres hasta visitas guiadas y lectura de cuentos, como parte de una estrategia con dos objetivos primordiales, sumar adherentes y que aquellos que no sabían de su existencia comiencen a adentrarse en ese remozado edificio histórico que tiene la Ciudad de Buenos Aires.
Ubicada en Suárez 408, esquina con la Avenida Almirante Brown y a escasas cuadras de una de las curvas del pintoresco Riachuelo, se encuentra en el punto más turístico de la urbe, con lo cual, según Martín Galli, titular de la entidad, genera un acercamiento constante de lectores: “El barrio de La Boca es muy permeable y la idea es poder aprovechar siempre el turismo y la zona en donde estamos”.
Para mantener el arraigo con los habitantes, se realizan actividades conjuntas con la Usina del Arte (Agustín R. Caffarena 1) y se invitan a las instituciones educativas públicas y privadas primarias o terciaria, por ejemplo, a recorrer las instalaciones que datan de 1963 y, de paso, sumar a nuevos socios. “En la actualidad tenemos alrededor de más de 3.000 socios y, en parte, es por los buenos resultados de abrirnos más al público”, especifica a Porteño del Sur.
La lectura de cuentos, los talleres para diversas edades, la multiplicidad de eventos y el atractivo propio de la Biblioteca que cuenta con más de 20.000 libros entre el espacio infantil y para adultos, se suman también a las terminadas obras de remodelación, mantenimiento y pintura que realizó el Gobierno de la Ciudad.
Allí es posible encontrar estanterías abiertas, sillones cómodos, una computadora para realizar consultas sobre ejemplares e internet Wi-Fi para que aquellos que acuden a estudiar y pasar un buen momento encuentren un lugar considerable, silencioso y cercano. “Con estos espacios remodelados tenemos gente todo el tiempo”, comenta Galli.
Camila López, de 19 años, llegó a las diez de la mañana y alrededor del mediodía ya estaba por irse luego de tomar algunos apuntes y “aclarar un poco el panorama” de un par de materias que no había entendido bien en el CBC. “Aproveché el Wi-Fi y les mandé por mail algunas fotos a mis amigas de la facultad”, afirmó.
“Vine a buscar un poco de información para un trabajo sobre arquitectura que tengo que hacer para la facultad”, cuenta Fernando Guarda, de 24 años, estudiante en la Universidad de Buenos Aires. A su lado, está el compañero de cátedra Andrés Stomas, de 26, quien por primera vez se acercó a la Biblioteca. “Es un lugar muy cómodo y seguro voy a volver, pero cuando terminen los parciales”, promete. Ambos tienen sus notebooks en la mochila. “A veces internet es confuso”, coinciden.
A pesar de la buena aceptación, Galli asegura que se encuentran ante un “desafío” ante el advenimiento de Internet en la última década. “Hay gente que sigue consultado el libro, el papel, se siente más cómodos así”, sintetiza, aunque, como un síntoma de la situación aclara: “Nosotros pusimos Wi-Fi y vienen con sus notebooks y tablets a la sala”.
En la edición impresa se publicó como Biblioteca Popular, cuando no es así: se trata de una Pública, dependiente de la Dirección General del Libro, Bibliotecas y Promoción de la Lectura. Pedimos disculpas por tal error.