El boxeo argentino se está desinflando de campeones y de contenido, entre otras cosas por la escasez de maestros, aquellos que enseñaban la técnica, pero que además sabían de táctica y estrategia. Con algo de eso Victoria Bustos el sábado logró neutralizar en parte a la irlandesa Katie Taylor, pese a su derrota en la que dejó el título mundial ligero FIB, y al boxeo femenino con una campeona menos.

La derrota de la rosarina Victoria Bustos del último sábado en el Barclays Center de Brooklyn, Nueva York, a manos de la multicampeona amateur y Oro olímpico, la irlandesa Katie Taylor, dejó sin otra campeona mundial al plantel de boxeadoras argentinas que en su momento llegaron a tener 17 reinas en el planeta y fueron potencia en esa materia.

Ya analizaremos en otra columna los motivos –incluso reglamentarios- de esta repentina merma que agrava más aún al pugilismo nacional. Pero hoy interesa otro análisis, más técnico, y fundamentalmente más táctico-estratégico. Por lo tanto, más solucionable a corto plazo.

Bustos intentó unificar el ligero FIB con el AMB de la irlandesa, a la que de antemano sabíamos superior, no sólo por sus pergaminos amateurs -donde llegó a vencer a la propia Pantera Farías-, sino además por la paliza que le propinó a una buena de las nuestras como Anahí La Indiecita Sánchez, hace apenas unos meses.

Sin embargo La Leona, precaria en lo técnico, sin poder de KO en sus puños, mostró algo de lo que se le reclamó a Narvaes la semana pasada ante Zolani Tete: osadía, valentía, temperamento y alguna vuelta de tuerca táctica que le permitiera jugársela al tú por tú.

Y en ese tren, Bustos supo encontrar el camino para vender cara su derrota inexorable, a cambio de dejar en alto su honor, llevándose al menos un par de rounds, quizás tres.

Claro, Bustos no tiene 42 años como Narvaes, sino 29, edad en la que el Huracán de la Patagonia parecía un boxeador de play, y su oponente un puchingball humano, un saco de entrenamiento inanimado que sólo subía a recibir golpes y a errarlos a propósito. Pero ya nadie lo recuerda y es como si no hubiera sucedido.

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Lo cierto es que Bustos consiguió al menos entrar en pelea para competir ante una rival superior con una simple receta, que no por simple es fácil: se trata de encontrar la distancia más favorable para cada ocasión.

Encontrar la distancia adecuada es el gran secreto del boxeo, y no siempre es la misma según el rival de turno y las diferentes circunstancias.

¿Pero la debe encontrar el boxeador o el técnico?

Bustos la encontró desde la media hacia la corta. Y usó los uppercuts, tan poco practicados en nuestro medio. Los combinó con el cross, fórmula que resultó ante una boxeadora que por alcance y velocidad la superaba en la larga, y que por potencia, si la dejaba entrar a la media la quemaba.

Pero a alguien que avanza con la cabeza tan adelantada como Taylor hay que recibirla con el uppercut a mitad de camino, aunque la pelea se haga palo y palo. Si se la espera, el palo viene de un solo lado.

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La Pantera Farías –presente en el estudio de TyC Sports para analizar el combate-, que enfrentó a ambas –venció dos veces a Bustos aunque en la primera injustamente-, recomendó al principio algo bueno en lo estratégico, que era moverse a los costados sin esperarla linealmente contra las cuerdas. Perfecto consejo. Pero luego se contradijo, insistiendo en que debía esperarla, sin cruzar golpes.

La realidad mostró que contrariamente a lo que proponía Farías a la teleplatea, los mejores rounds de Bustos fueron cuando la fue a buscar, cruzándose, ganando y perdiendo, dando y recibiendo, pero compitiendo. Era el menor de los males.

Hoy en día es difícil encontrar a un DT que hable en función estratégica, que sepa leer un combate sobre la marcha, y que comience por entender la distancia en la que su pupilo debe pararse. Más bien se reduce todo a marcar los golpes que debe tirar, en el 99 % de los casos el 1-2, los rectos en punta, en jab, es decir, el manual convencional. El cassette.

“Primero usté”, “tire-tire”, “trabaje-trabaje”, “bien tapado”, “bicho-bicho”, “uno-dos, uno-dos”, “camine-camine”, son las muletillas más escuchadas desde la esquina. Y en el mejor de los casos se le pide hacia qué lado caminar.

El uppercut, en especial si es de partida, es algo así como un sacrilegio para la mayoría de los DT de acá, y no se lo concibe como un golpe de contra.

Con el upper de contra Gervonta Davis frenó a Cuellar la semana pasada y lo preparó para rematarlo.

Sin ir más lejos, el viernes mismo en el club Sportivo Barracas, en choque de promesas, Luis Verón los usó ante Gonzalo Coria, a quien dominó las 10 vueltas yéndolo a buscar pese a tener los brazos más largos y ser más alto -como hizo Tete con Narvaes en vez de esperarlo-, pero en su caso el upper fue el segundo golpe tras el directo o jab, es decir, cuando Coria reaccionaba y embestía a ciegas.

Son tácticas. A veces pensadas, otras casuales.

El Gran Santos Zacarías, tal vez el último estratega del boxeo argentino, hablaba de “contragolpear el contragolpe”. Eso es pensar en tres jugadas al mismo tiempo, cuando la mayoría piensa en una. Y lo hacía cuando sabía que iba a enfrentar a un contragolpeador, más largo que su pupilo.

Otros buscan llevar a su oponente a la distancia que más le molesta, u obligarlo a invertir su estilo, es decir, a que venga si es de esperar, o irlo a buscar y atacarlo si es de avanzar.

No importa qué; son estrategias. Y no se ve eso en el boxeo argentino hoy.

Ese era el Don más característico y preciado del Maestro. Hoy hay directores técnicos, entrenadores, pero el boxeo argentino adolece de aquel. El que muestra, el que sabe, el que entiende, y el que suple las desventajas de su boxeador cuando no es crack, y las potencia cuando lo es.

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