Rumbo a los 100 años de existencia (en 2020), la FAB y el boxeo argentino todo necesitan un cambio estructural desde adentro, que se está gestando. Y también actualizar reglas. Es momento de hacerlo con visión de futuro y criterio universal, con las grandes potencias como modelo.

Cada 2 décadas –año más, año menos-, o sea, lo que dura aproximadamente una generación, nuestra sociedad cambia en lo macro. Costumbres, modas, pensamientos, y por supuesto, reglas.

Las deportivas no están exentas, y sería una ceguera no percibir que lo mismo está pasando en el boxeo con varias estructuras, algunas básicas, otras periféricas.

Quienes tardan en cambiar son las instituciones y hombres de mentalidad conservadora, que atrasan el compás social.

Para poner ejemplos fácticos, en 2001 –después de unos 17/18 años- se lanzó el nuevo reglamento FAB, que incluyó el boxeo femenino –entre otras cosas-. Y en 2019 -en que la FAB cumplirá un siglo de existencia- se presume lanzar otro, que hace tiempo se está preparando y en breve será un borrador para poder pulir entre los más inquietos.

Allí no debería faltar –por ejemplo- la necesaria participación del VAR, de moda en todos los órdenes, que hoy en realidad existe en el reglamento argentino, pero es como si no existiera, ya sea por desconocimiento, impericia, y hasta un absurdo orgullo de árbitros emparentados a ese ala conservadora de la sociedad, reticente a aggiornarse, que todavía piensa que pedir imágenes de TV es una vergüenza, porque es sinónimo de reconocer dudas, falencias, o debilidad profesional.

Las pocas veces que se lo usó se lo hizo mal –como sucede en el fútbol- y lo que es peor, para situaciones no estipuladas (como verificar si un golpe fue bajo o no). El reglamento circunscribe su uso únicamente para casos en donde hay que emitir un fallo definitivo.

Sucede que encima en el boxeo –como en el fútbol- muchas acciones son de apreciación, y por más que se repitan en cámara lenta, dependerá de la subjetiva visión del que analiza.

Hoy el VAR en el boxeo debiera tener mucho más protagonismo del que se le ha conferido. Ampliar un poco su radio de aplicación, y tener a alguien debajo del ring al comando de imágenes, que pueda alertar al árbitro de algo que no vio, o vio mal, quizás hasta para una descalificación.

Sin ir más lejos, hace un par de semanas, en el último finde boxístico televisado en nuestro país, un viernes por la noche en el club Sportivo Barracas, sucedió un fallo injusto, que pasó inadvertido porque fue en una pelea preliminar, que con el VAR se hubiera evitado, o de lo contrario, tenido mucha más repercusión de la que tuvo y quedado como un fallo aberrante.

Se trató de una pelea a 6 vueltas entre el salteño Diego Sosa y el neuquino Damián Rojas, que ganó el primero por KOT 4 merced a un erróneo veredicto del árbitro Lucas Katalinich, quien vio “mano” en la herida de la ceja derecha de Rojas que motivó el final del combate, y no “cabezazo”.

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La reiteración televisiva fue clara en uno de sus ángulos, y demostró que si bien después de ese cabezazo entró una mano, la que abrió la herida fue la testa.

El promotor del evento –Mario Margossían-, que a la vez es el mánager de Rojas y que no debería estar ahí, le protestó a viva voz al árbitro, quien se empacó más y ni quiso mirar el monitor.

En una sociedad más moderna -y mejor-, por empezar el promotor no debería ser mánager de un boxeador de su velada, y si así fuera, no debería merodear por el ring side presionando a las autoridades. Sería como que el presidente de un club se pusiera detrás de los jueces de línea, o le gritara al árbitro desde un costado de la cancha.

Si bien en fútbol sería expulsado, en boxeo no, porque el promotor no pertenece al cuadrilátrero de autoridades, ni es autoridad de la velada. Tampoco es del “staff federativo”.

Lo único que se podría hacer sería informarlo luego al Tribunal de Disciplina, pero paradójicamente, el promotor es quien le paga al árbitro y a todos los que componen la velada, incluyendo a quien habría de informarlo. Y a veces, hasta a quien habría de sancionarlo, si es que actuó esa noche. ¿Un árbitro -o cualquier otro- atentaría contra él?

El promotor no debiera estar en esa zona, dirigiéndose al árbitro, y menos detrás de los jueces. ¿Contemplará eso el nuevo reglamento?

Pero como hecha la ley, hecha la trampa, puede el promotor tener boxeadores y que legalmente su empresa esté a nombre de otro, un amigo, un familiar, etc. Eso es algo que se sabe.

Pero ni un mánager, ni hincha, ni público, ni nadie que no sea autoridad del espectáculo, podría estar tampoco dentro del cuadrilátero de autoridades. Sería hasta mejor para ellos.

Hay no obstante una pereza que parte desde las mismas paredes de la FAB, que nacieron a principios del siglo pasado y se supone que verán su fin en 2020, cuando se cumplan los 100 años de la entidad madre del boxeo argentino y se refaccione el estadio a nuevo, según un ambicioso proyecto.

Es el espíritu de la Generación de los 20/40, denominada “Silenciosa” por reprimida, respetuosa, paciente, conformista y sumisa ante injusticias. Y se resiste a pasar a la “Generación Z” (2000/2020) a la que se ha entrado, que es la generación de las redes sociales, práctica, directa, creativa y autosuficiente.

Costará mover las paredes, derribar muros, romper la inercia, y entrar de una vez desde la mente, la infraestructura y la acción a las costumbres del siglo XXI, no solo con reglas o discursos que obran de maquillaje, y se borran por la noche al primer sueño.

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