En otros tiempos y en otros contextos, a ese monstruo del fútbol mundial que fue Pelé le reclamaron que tuviera una actitud más decidida e independiente. Ahora, ese mismo reclamo de índole política y existencial acompaña a Messi, después de haber retrocedido en chancletas.

Hace varias décadas, un periodista argentino escribió un texto cuyo título no era inocente: Negro, vos sos Pelé. El significado de esas cuatro palabras remitía a cierta naturaleza muy complaciente y cortesana del supercrack brasileño con los espacios de poder que pretendían cooptarlo, como finalmente sucedió. El periodista le pedía a Pelé menos franela y una mayor rebeldía bien administrada. No una rebeldía al cohete.

Esa potente imagen que nos quedó de aquella columna de opinión vinculada a las vivencias políticas y sociales de Pelé, nos permiten trazar un viaje a la actualidad y detenernos en el número diez del Barcelona y de la Selección nacional. Y soltar aquella misma frase editada hace muchos años, pero con otro protagonista de altísimo registro universal: Leo, vos sos Messi.

Tostao (el media punta del Cruzeiro que integró el inolvidable Scratch que se consagró campeón del mundo en México 70, acompañado por Carlos Alberto, Wilson Piazza, Clodoaldo, Jairzinho, Gerson, Pelé y Rivelino, entre otros), en una entrevista que nos concedió para la revista El Gráfico en febrero de 1998, sostenía: “Pelé, al contrario de Maradona, siempre quiso quedar bien con Dios y con el Diablo. El siempre repetía tudo bem, tudo bem. Y esto fue muy criticado en Brasil. Ese Pelé complaciente y sin actitud contestaría no fue de mi agrado”.

Este Messi que en el marco de las idas y vueltas con el Barça cerró el conflicto de intereses con su desconcertante decisión de no romper con el club catalán, también parece mimetizarse con esa observación de Tostao en versión libre, cambiando al actor principal: ”Messi, al contrario de Maradona, siempre quiso quedar bien con Dios y con el Diablo”.

Y la realidad irrefutable es que no se puede quedar bien con todos. Nadie puede ser tan amplio. Quedar bien con todas las audiencias no deja de ser una pose. Una puesta en escena. Una ficción teatral que alienta la esperanza de caer parado en todos lados. Y esta aspiración de imposible cumplimiento suele morirse en la orilla. Porque siempre se queda a mitad de camino.

Messi, a sus 33 años cumplidos el pasado 24 de junio, claramente se quedó a mitad de camino, después de amagar y volver a amagar con abandonar el Barcelona, dejar plantado al inefable Josep María Bartomeu y al entrenador Ronaldo Koeman, para sumarse al Manchester City de Pep Guardiola y el Kun Agüero.

En la última recta, Messi sacó el pie del acelerador. Quizás fue fiel a su instinto. Quizás lo atemorizaron las circunstancias y se vio superado. Quizás interpretó que había llegado demasiado lejos. O quizás no se animó a pegar el portazo que definía el rumbo de las acciones. Lo cierto es que se frenó. Y frenó de tal manera que accedió al territorio invisible pero real que se inscribe en la tibieza de procedimientos.

En el voy pero me quedo. En la amenaza consistente que luego se disuelve en el aire. En el miedo que opera como el gran disciplinador social que siempre deja las cosas como están. Aun las cosas que se ven muy mal y que están muy mal.

Sin dudas, perdió Messi. Y él, naturalmente, lo debe saber, aunque intente acomodar su ajedrez dentro de una lógica conservadora. Como nunca antes, desaprovechó una oportunidad inmejorable para apropiarse del escenario que deseaba. Y del reto que se había autoimpuesto.

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