Después de estar dos décadas en el Barcelona, el mejor jugador del mundo decidió cortar su relación con el club catalán, revelando la dimensión de un conflicto que intentó ocultarse, pero que eclosionó luego del 8-2 ante el Bayern, demoliendo por nocaut un orden que agonizaba. 

Cuando estuvo en conflicto con la primera plana de la dirigencia del Nápoli, liderada por el inefable Corrado Ferlaino, Diego Maradona sabía utilizar una frase que tenía el perfume de una marca registrada: “Los aviones siguen saliendo todos los días”. ¿Qué significación le daba Maradona a esa puñadito de palabras? Que podía marcharse del club italiano cuando lo considerase necesario. Que el contrato que lo ligaba no dejaba de ser una traba estrictamente burocrática que podía quedar suspendida en el aire. Y que no iba a convertirse en un rehén de circunstancias que podían agobiarlo.

Lionel Messi tiene un contrato extendido con el Barcelona hasta mediados del año próximo. Sin embargo tomó la decisión de caminar por arriba de ese vínculo profesional y abandonar el Barça sin realizar, por ahora, otras observaciones. Las razones de semejante determinación, sin dudas, se inscriben en episodios que Messi venía anunciando a partir de señales muy significativas que es muy probable que hayan sido subestimadas. Hasta que el conflicto escaló de manera fulminante luego de la goleada estrepitosa que sufrió Barcelona frente al Bayern por la Champions, activando lo que se intentó mantener oculto. La durísima derrota cristalizó el derrumbe del orden ficticio que el presidente del Barça, Josep María Bartomeu, pretendía naturalizar.

Podrá afirmarse que Messi se va cuando el club catalán vive una crisis institucional y deportiva de enorme magnitud. Pero también podría interpretarse que Messi se va porque la crisis él ya la venía anticipando hace varios meses y no se hizo nada valioso para evitarlo. Lo que por supuesto queda en primerísimo plano es esta potente convicción de Messi de plantarse ante los espacios de poder que trascienden a la lógica del Barcelona y dar un testimonio rotundo de su opinión y su deseo.

Este Messi de 33 años, que no le rehúye a la confrontación directa, naturalmente no es el mismo Messi que hace algunas primaveras parecía totalmente subordinado a cumplir con todo lo que le indicaban. Es otro Messi. Como ya lo había demostrado en la última Copa América disputada el año pasado en Brasil, cuando luego de su expulsión y del triunfo por el tercer puesto frente a Chile, hizo un planteo público despojado de ambigüedades. Y dijo: “No nos dejaron estar en la final. Creo que nosotros no tenemos que formar parte de esta corrupción ni de la falta de respeto que sufrimos en esta Copa. Repito, lamentablemente, la corrupción, los árbitros y todo eso, no permite que la gente disfrute del fútbol, del show y lo arruine un poco”.

Ahí, en ese contexto, Messi dejaba vislumbrar que nacía algo que ya no quería resignar. Era su propia voz. Y fue reivindicada en el ambiente del fútbol argentino esa versión de Messi abrazando cierto halo de rebeldía. O cierta búsqueda de ponerle palabras a su pensamiento, aunque le trajera problemas con la Conmebol.

Un año después, Messi reconfirma que ya no es un hombre saturado de obediencias. Que aprueba y desaprueba. Que dice sí y dice no. Que no se banca situaciones que no quiere bancarse. Y que su desagrado lo pone arriba de la mesa. Para algunos será la aparición de un camino que contempla la madurez. Para otros, en cambio, será la revelación del ego de una estrella mundial.

La realidad es que Messi se apropió de su territorio. Y se irá del Barcelona, cuando todo indicaba que nunca se iría. Hablaban por él, en definitiva. Ahora habló él. Y los de afuera son de palo.

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