El derrotero de las mujeres que jugaron al fútbol de la historia fue una lucha silenciosa que mucho tuvo de revolución silenciosa. A casi 100 años del primer partido entre mujeres en la Argentina, el fin de semana comienza un torneo oficial que marca un hito.

Con apenas un golpe de vista en la línea de tiempo, desde que se instaló el fútbol en la Argentina es factible advertir que la mujer no tuvo espacio. Sus apariciones fueron esporádicas, a cuenta gotas y tuvieron que pasar casi 100 años desde la primera vez que 22 mujeres se pararon en una cancha hasta que lograron visibilidad, status y el derecho a jugar el mismo deporte que los hombres juegan de manera organizada desde 1867.

La profesionalización del fútbol femenino llegó 88 años después que la del masculino, pero esa postergación es casi una anécdota. La primavera de 2019 será entonces para las futbolistas argentinas la fecha en que salieron a jugar sin pedir permiso, en condiciones similares a la de los hombres y con un porvenir que por primera vez no es incierto: entran, además, al negocio del fútbol pero no es la industria la que les abrió las puertas, sino su propia revolución.

La aparición de las mujeres en el fútbol no es contemporánea. En la Argentina, el registro del primer partido estrictamente femenino está fechado en octubre de 1923. En el mundo, mucho antes. Acaso el lugar que el sistema capitalista les tenía reservado no era en una cancha de fútbol y lo que siguió después fue una lucha desigual por ocupar ese espacio. A principios del Siglo XX les hicieron creer que podían jugar al fútbol y después las castigaron. En comparación con la masculina, la línea de tiempo está raleada y pierde la huella, pero tiene hitos suficientes para explicar porque hoy hasta las canchas de fútbol de alquiler tienen equipos de chicas.

En las escuelitas, la enseñanza es mixta. Los clubes profesionales están obligados a tener un equipo femenino completo, es decir de Primera e inferiores, y no contar con uno implica no jugar la Copa Libertadores o Sudamericana. Incluso para llegar a la Primera Nacional, también deben tenerlo. Creer que el reclamo laboral de Macarena Sánchez profesionalizó la actividad es como pensar que la mujer negra que no cedió el asiento a un blanco en un transporte público estadounidense hizo trastabillar la segregación racial imperante. Rosa Parks -así se llamaba la mujer- hizo lo mismo que Maca: le puso el cuerpo a una injusticia histórica. La revolución feminista fue la mejor asistencia que tuvo el fútbol.

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El fútbol femenino está bajo la órbita de la AFA desde 1991. El presidente de entonces, Julio Grondona claro, logró desactivar un crecimiento paralelo a la asociación, pero hasta su muerte no hubo acción que hiciera crecer la actividad. Fue a partir de la gestión de Claudio Tapia que la actividad tuvo su espacio: la clasificación para el mundial después de 12 años de ausencias y la medalla de plata en los últimos Panamericanos, dan cuenta del lugar que cada mandatario le dio a las mujeres.

Esta vez, los cuestionamientos tuvieron devolución: el fútbol femenino -que en la última gran reestructuración del fútbol argentino habían quedado afuera porque los dirigentes que fundaron la Superliga, no las contemplaron-, tiene su lugar en el mapa.

En rigor, nunca fueron contempladas. A mediados de agosto de 1971, un plantel sin cuerpo técnico, botines, médico ni indumentaria oficial -apenas un conjunto que no sirvió más después del primer lavado- jugó por primera vez el mundial femenino de fútbol. “Era un equipo huérfano”, Describe Ayelén Pujol, autora de “¡Qué jugadora!” (Paidos, 2019), un libro que transita la prehistoria de la actividad femenina y pone en contexto su efervescente actualidad.

Las Pioneras volvieron con un 4 a 1 sobre Inglaterra que dejaba en un segundo plano las derrotas, en un contexto en que mujer y pelota constituían un blanco de hostilidades que parecía estar justificado. El voto femenino era una conquista que tenía poco más de dos décadas y ahora las mujeres querían jugar al fútbol. Votar o jugar, al parecer, era cosa de hombres. Punto. No existía noción que pudiera contrarrestar el acuerdo tácito que le permitía a los hombres (y mujeres) menospreciar, insultar, ningunear, castigar y maltratar a las que, simplemente, sentían deseos de jugar a la pelota con los pies.

EL CAMBIO DE PARADIGMA

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Prueba de juveniles en el predio de AFA.<br>
Prueba de juveniles en el predio de AFA.

A mediados del mismo mes, pero de 2019, la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) publicó en su página de internet que el entrenador de la selección femenina probaría juveniles para nutrir a la Sub 20. En pocos días, 150 chicas de entre 17 y 19 años se presentaron en el predio Julio Grondona para mostrar lo que saben con una pelota. Hubo de todo, las que nunca pisaron una cancha de 11 y otras que incluso ya cuentan partidos en la Primera de algún equipo.

Algunas viajaron más de 1.000 kilómetros para estar ahí. El técnico Carlos Borrello lamenta no tener el tiempo necesario para ir a ver partidos y descubrir talentos, pero se conforma con convocarlas a una prueba. Él prefiere viajar, porque está convencido que "las mejores futbolistas están en las provincias".

De hecho, el Consejo Federal organiza su propio torneo en el que futbolistas -son más de 1000 chicas repartidas en todas las regiones en que se divide el fútbol en el resto del país- que jugarán la etapa final en noviembre en La Rioja.

En la prueba de Ezeiza, las chicas jugaron en el mismo escenario que los chicos entrenan. Utilizaron las mismas pelotas y se diferenciaron con las pecheras que, incluso, utilizan Messi y compañía. Parece un dato menor, pero exactamente 48 años atrás, aquella selección que viajó a México no podría haber imaginado un espacio de ese tipo: hasta cantaron en bares para poder comer. Más cerca en el tiempo, dormían en un micro porque la AFA no les pagaba un hotel. Pese al cambio de paradigma, si a esta altura la actividad tiene lazos afectivos que archiva muchas carencias históricas, todavía el fútbol femenino tiene el estigma del hije bastardo. Ahora se sienta a la mesa familiar, pero existen las diferencias con comensales "legítimos".

LAS ARBITRAS

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La mujer (también) en el ámbito del fútbol tuvo que batallar para ocupar un espacio. No solamente las futbolistas. A fines de los 90’ Florencia Romano hizo una huelga de hambre en la puerta de la AFA para visibilizar su reclamo: era árbitra profesional de fútbol y no tenía trabajo como sus pares hombres.

Nunca llegó a Primera pese a su capacidad, pero su lucha le abrió camino a otras y hoy, aunque siguen sin dirigir un encuentro en la Primera División -como si la capacidad tuviese una limitación de jerarquía-, existen 25 de mujeres que alteran entre partidos de Reserva, ascenso o cuarta árbitra en la elite ¿Ese es el techo? ¿No pueden dirigir un partido como Pitana, Penel, Abal o Herrera?

“Lo único que tiene que tener un árbitro es la condición. Sea hombre o mujer. Si tienen las condiciones, por su puesto. Hace poco tiempo la final Supercopa de Europa se jugó con árbitros mujeres ¿Porqué Argentina no?”, el que responde -consultado por Diario Popular- es Mariano Elizondo, presidente de la Superliga, quien proyecta un nuevo sistema para definir a los árbitros de cada partido.

A juzgar por sus dichos, no existe en la primera división del fútbol argentino un impedimento para que, como Salomé Diorio en la Primera D tres veces la temporada pasada, una mujer se encargue de los partidos de la elite. Sin embargo ese escenario todavía parece lejano: si bien en la dirección de árbitros coinciden con la mirada de Elizondo, entienden que aún no hay una candidata a la altura del nivel que tienen los árbitros que dirigen Superliga. Con el peso que tiene la palabra nivel en algunos casos.

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