A pesar del voluntarismo y de algunas señales positivas y negativas que van y vienen, nadie podría negar que el club que administran Hugo y Pablo Moyano desde hace poco más de cinco años entró en una zona de altísimas turbulencias que afectan de manera notable su economía, su capitalización deportiva y su presente futbolístico.

La durísima caída ante Racing el pasado domingo 9 de febrero (no está de más recordar que Racing en 2015, en su estadio perdió 2-1 frente a un Independiente con 9 jugadores y que en 2017 volvió a perder en su cancha ante el Rojo 1-0, que jugó desde los 25 minutos del primer tiempo con 10 jugadores, la mayoría de ellos suplentes) instaló en Independiente enormes frentes de tormenta que no se pueden ocultar ni disimular ni aún después de derrotar al Fortaleza por la Copa Sudamericana u empatar contra Arsenal por la Superliga.

Repetir que Independiente está atrapado en un desconcierto futbolístico e institucional desde que se consagró campeón de la Copa Sudamericana el 13 de diciembre de 2017 bajo la conducción del sinuoso e inefable Ariel Holan, es una realidad inapelable. El equipo se fue deslizando por un tobogán interminable en sintonía con la insustancialidad y el ego indomable de Holan y el accionar y la mirada siempre persecutoria de Hugo y Pablo Moyano, secundados por Yoyo Maldonado, quien es el único que muestra una apreciable cintura política.

Los episodios negativos se fueron uniendo en un larguísimo eslabón de fallidos imposibles de digerir para un club de la dimensión histórica de Independiente. Uno de los últimos fue la salida inexplicable de Pablo Pérez. Porque su desvinculación urgente y desesperada en pleno desarrollo del torneo fue una medida propia de una dirigencia fuera de control que solo atina a tomar decisiones espasmódicas.

Pérez no la había descosido en su tránsito por Independiente. Pero era evidente que se había constituido en el mejor jugador que disponía el entrenador Lucas Pusineri. Y además era la voz más influyente de un plantel caracterizado por cierta tibieza de procedimientos en tiempos de adversidades futbolísticas. Pérez no confrontaba con los Moyano. Pero les hablaba sin pedir permiso. Y sin miedo. Porque a los Moyano (en especial a Pablo) les encanta despertar miedo en sus interlocutores de turno.

La fuerte personalidad de Pérez fue motivo suficiente para que en Independiente prefirieran tenerlo bien lejos. Y lo cedieron a Newell’s, sin desconocer que dejaban al equipo sin un jugador con una presencia muy activa adentro y afuera de la cancha. El plantel rápidamente acusó recibo. Y en el cruce frente a Racing se manifestó un cimbronazo que se reveló en la actitud light del equipo para afrontar el partido, incluso con la sugestiva deserción de Alexander Barboza pocas horas antes de disputarse el clásico.

Ese perfil de equipo vacío y entregado que denunció Independiente ante Racing no debería subestimarse en nombre de las distintas circunstancias que oscurecen o iluminan el fútbol. Algo ocurrió esa noche en Avellaneda, más allá de la celebradísima victoria de la Academia. Algo que Pusineri no pasó por alto, aunque en este caso haya declarado lo habitual: “Yo soy el responsable de lo que ocurrió”.

La realidad es que la partida de Pérez tuvo efectos muy negativos en la interna del plantel. Efectos que trascienden los episodios de un partido. Porque Independiente se quedó sin voces potentes. Ya se había desprendido de Nicolás Tagliafico después de conquistar la Copa Sudamericana, luego de Emmanuel Gigliotti hace poco más de un año, se despidió Nicolás Domingo en el arranque de esta temporada junto a Nicolás Figal y se alejó Pérez.

La conformación actual del plantel por supuesto no está ajena a las responsabilidades intransferibles de la dirigencia. “Nosotros hicimos lo que los técnicos nos indicaban”, aseveró Pablo Moyano en los últimos días. Lo más fácil del mundo es tirar la pelota afuera. Y él lo hace con una perseverancia y convicción notable. Enfoca a los entrenadores como los culpables excluyentes de la política de incorporaciones y desafectaciones de jugadores. Se ubica como un espectador pasivo de errores que no lo alcanzan. Y no como el arquitecto de una estructura que delata graves insuficiencias operativas desde la estupenda coronación de Independiente en Río de Janeiro.

Aquella consagración en el Maracaná frente al Flamengo estableció un antes y un después. Como si el triunfo derrumbara todos los equilibrios. Y provocara un descalabro que, sin pausas, en el plano económico y deportivo se fue profundizando.

Esta ausencia de un criterio inteligente para leer las coordenadas del juego expuso a Independiente de manera brutal. Teniendo todo para extender su bonanza futbolística, Hugo y Pablo Moyano fueron desmantelando sin sutilezas ese valioso capital. Es cierto, Holan (representado por Fernando Hidalgo) autodestruyó su propia obra. Y no encontró freno a ese ímpetu demagógico y oportunista.

La reconstrucción, a partir de allí, no se produjo. Independiente no paró de retroceder. La conducción de Moyano, que había puesto nuevamente al club de pie después de la caótica y mesiánica administración de Javier Cantero (elogiado ahora por la ultraliberal macrista Patricia Bullrich y protegido desde hace años por un lobby periodístico), fue perdiendo perspectiva, dilapidó recursos y se alejó por completo de cualquier lectura autocrítica, culpando siempre a la prensa y denunciando una actitud despojada de argumentos convincentes.

El equipo, muy debilitado por la crisis económica y sin ninguna química con el clan Moyano, se aferra junto con Pusineri a la ilusión de encontrar un refugio en medio del temporal. Es una postal. Y un paisaje que no está a la altura de la historia centenaria de Independiente.

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