Asumiendo iniciativas siempre reclamadas por distintos actores del ambiente, los protagonistas, en virtud de la epidemia, decidieron funcionar a la par de las demandas sociales y parar la actividad, reivindicándose como sujetos activos y dinámicos, que por otra parte deberían perpetuar esta actitud      

Bienvenida la reacción espontánea y construida de los jugadores del fútbol argentino de promover un cese en sus actividades. Bienvenido ese perfil o rasgo de conciencia social en tiempos de crisis sanitarias globalizadas que hoy se define como coronavirus (COVID-19) y que en el pasado tuvo otros registros de distintas pandemias que victimizaron a las sociedades.

Los jugadores, en general, plantean lo que nadie podría negar: son personas, no robots insensibles a la dinámica de la vida ni a las espasmódicas amenazas multicausales. Lo manifestó el entrenador de Quilmes, Facundo Sava en los últimos días en una carta abierta. Pidió Sava que no se convierta “al fútbol en un circo romano”. Y entre otras consideraciones, afirmo: “No tomemos al fútbol como un entretenimiento para los que tienen que permanecer aislados. Todos los que trabajamos en el fútbol también somos seres humanos, con hijos, padres, abuelos”.

Las palabras y el concepto de Sava están fuera de discusión. Y es muy probable que exprese el pensamiento de la mayoría de sus colegas y de los jugadores, que en no pocas oportunidades parecen caminar por afuera de la realidad social, más allá de algunos protagonistas sensibles y comprometidos con el devenir de todos los días.

En este caso los jugadores exigen, con razón, ser partícipes directos de las preocupaciones, angustias, incertidumbres y desvelos de la sociedad en la que viven. Aunque sea antipático habría que señalar que no siempre los jugadores (y los técnicos) se deciden a elaborar este tipo de respuestas taxativas que la comunidad seguramente sabe reconocer y valorar.

Hace varios años, ese monstruo del arco que fue el Pato Fillol, en una entrevista que concedió a la revista El Gráfico en los finales de los 90, nos dijo algo que seguimos recordando: “Los jugadores vivimos en una burbuja. Recién después del retiro nos vamos damos cuenta de muchas cosas que en su momento no vemos y que tenemos que afrontar”.

Esa lectura autocrítica de Fillol que trascendía a su propia individualidad, nunca nos pareció oportunista ni antojadiza. Revelaba una mirada abarcadora, que por supuesto no incluyó a todos. Pero que marcaba, sin ninguna duda, una gran tendencia con características y relieves muy egocéntricos.

Los protagonistas más o menos destacados del fútbol suelen descansar en la atmósfera de una burbuja muy confortable y aséptica. La conexión con el afuera de ese universo está muy poco extendida. Hasta que se derrumba la estantería. Y se cae lo que parecía que estaba muy firme. Porque en realidad nada está tan firme como parece. Todo, absolutamente todo, puede estar fuera de control de la noche a la mañana.

Es valioso que jugadores y técnicos se hayan plantado en una instancia crítica como la actual. Y hagan valer sus ideas y sus convicciones, reivindicándose como sujetos que naturalizan sus derechos a seguir o a parar.

Este rumbo elegido de identificarse con las urgencias, en este caso sanitarias de la sociedad, no debería ser excepcional, sino erigirse como un antes y un después. Tendría que ser, en definitiva, la hoja de ruta permanente que los acompañe. Y nos acompañe.

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