El domingo 5 de agosto 1962, en el Bosque de La Plata, aquel arquero de 17 años que debutaba en la Primera de Atlanta comenzaba a trazar el perfil de un protagonista que supo construir un legado que luego reivindicaron varios herederos

En la lírica del rock de ayer, de hoy y de siempre, vivir a máxima velocidad y morir joven es una consigna que se llevó puestos a cientos de hombres y mujeres famosas y a millones de seres anónimos.

La lista (sin medir niveles) de los rockers que cayeron en el hondo bajo fondo del vacío existencial abarca, entre otros, a Jim Morrison, Brian Jones, Jimi Hendrix, Sid Vicious, Janis Joplin, Kurt Cobain, Elvis Presley, Michael Hutchence, John Bonham, Keith Moon, Amy Winehouse… Los anónimos, en cambio, integran otros planteles, pero se deslizaron por senderos parecidos.

Hugo Orlando Gatti muy lejos estuvo de visitar los excesos y de ser un rockero clásico (no estuvo ni cerca), aunque desde su debut el 5 de agosto de 1962 vistiendo la camiseta de Atlanta que conducía Osvaldo Zubeldía (perdió ante Gimnasia en La Plata 2-0), se perfiló de arranque como un transgresor consumado.

Dentro del perímetro de una cancha de fútbol siempre se rebeló a las solemnidades y convenciones. Y allí, en su territorio, vivió a full. Y vivió tanto que este 19 de agosto, después de padecer hace unos meses los efectos del coronavirus, cumplirá 76 años.

Parece mentira que el Loco, eterno compañero de todos los loquitos que andan caminando por las rutas desparejas del fútbol, haya arribado a esa cifra tan sensible a los abuelos de la vida.

No parece cierto que el Loco desde su imagen típica e invencible de arquero que se fugaba de todos los arcos porque el arco le quedaba chico a sus sueños y a sus ilusiones de gran protagonista, esté acariciando el título de hombre septuagenario.

Es que uno tiene la foto sepia o a color de Gatti en el éxtasis del swing futbolero. “Yo juego adelantado porque también me estoy adelantando a la jugada que se viene”, decía el Loco resumiendo su estilo de arquero anticipador que no se bancaba que lo fusilaran a pelotazos debajo de los tres palos como a un atajador temeroso.

Es cierto que Gatti no inventó esa línea del arquero que sale, achica los ángulos de remate o anticipa fuera del área cortando una pelota en profundidad, porque fue Amadeo Carrizo el que construyó esa identidad que rompió todos los moldes. Pero fue Gatti el que cruzó todos los límites de la moderación y de los perfiles bajos.

Cruzó tantos límites que cuando se incorporó a River en 1964, Amadeo Carrizo, ya con 38 años, quiso competir con ese pibe irreverente y atrevido que había llegado para naturalizar otro orden en el arco de La Banda.

Y quemó los papeles, Gatti. Los quemó tanto que lo desestabilizó emocionalmente al gran Amadeo, un verdadero símbolo de la perfección para jugar y encantar con el arco a sus espaldas.

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Pero Gatti ya era otra cosa. Y quería otras cosas. Más show. Más ritmo. Más adhesiones. Más espectacularidad por su pelo largo rubio y teñido, por sus bermudas, por su movimientos, por la vincha cirquera que después incorporó, por su forma de declarar, por su búsqueda de atrapar lo distinto y ser distinto. Y por la picardía sana que respiraba cuando ganaba una pelota filosa y salía al toque con la íntima satisfacción del tipo que contagia fútbol. Y que ama al fútbol sin versos.

Parecía un personaje el Loco. Y lo era. Un personaje diseñado con la paciencia de un artesano amplio en sus horizontes. “Yo soy del campo”, afirmaba, reivindicando su pasado adolescente en Carlos Tejedor. En esas pocas palabras quería significar que lo suyo era auténtico.

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Que no la careteaba. Que no vendía humo. Que no actuaba para la tribuna. Si actuaba, era para él. Para su propio regocijo. Para su vanidad irremediable que nunca lo abandonó. Para su ego que no ofendió ni ofende. Es una vanidad y un ego made in Gatti, en un rubro que no se puede proyectar a nadie porque caería mal, muy mal. En Gatti, es una marca registrada. O un eslabón calificado de su personalidad siempre atenta a la referencia personal e intransferible.

Cuando tantos cambian y no paran de cambiar para el lado donde calienta el sol, el Loco no cambió. Siguió fiel a su estirpe. A sus gustos. A sus provocaciones a veces naif y a veces descolocadas. A su manera de interpretar como y donde había que jugar.

El Flaco Menotti no anduvo con vueltas: le dio el arco de la Selección para el Mundial 78. Gatti, a cinco meses del arranque del Mundial, se bajó de esa montaña rusa y privilegió su romance con aquel Boca macizo y contragolpeador del Toto Lorenzo. Confirmó que tenía una rodilla a la miseria y que no iba a llegar bien.

“El Loco se cagó”, nos comentó muchos años después el inmenso Pato Fillol. “¿Así que eso dijo el Pato? ¡Que lindo que es¡ Siempre diciendo giladas. Si yo hubiera estado bien de la gamba, el Pato no jugaba ni en pedo el Mundial del 78 ni el de España 82. El Flaco Menotti siempre me quiso a mí. Boludo nunca fue. Igual al Pato lo sigo queriendo”, nos disparó el Loco entre sonrisas que nunca alcanzaron la agresión, aunque las palabras crudas y textuales puedan caer bajo la sospecha de un palazo desafortunado.

En general, siempre supo medir los tonos el hombre de las 75 primaveras. Los tonos para no avivar el fuego de los enemigos que siempre están aunque uno no los vea. Los tonos para no irse a la banquina, aunque en algunas oportunidades se haya ido. Los tonos de cierta calidez escondida.

Cultivaba muchos silencios el Loco en su etapa de jugador. Explotaba en la cancha. Ahí se ponía el traje de luces. Toda la pilcha, las mechas largas oxigenadas al viento, las medias bajas, las piernas flacas que parecían flamear y quebrarse, el sol estallándole en la cara, los gestos gozosos, el disfrute y su plenitud para escaparle a los que vampirizan una sonrisa en medio de un partido de palo y palo. Fuera de la cancha, parecía difícil sentarlo para un mano a mano. Le escapaba. Huía. No se sentía en su salsa. Dilataba los encuentros. Los postergaba.

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Y en tren de postergar cosas, también postergó su retiro. Con 44 años marcados en la piel morena del Loco, fue el Pato Pastoriza en su rol de entrenador de Boca quien le paró el carro después de aquel partido del 11 de septiembre de 1988 frente a Deportivo Armenio en la Bombonera, cuando Gatti se comió un gol.

“Hugo, el próximo domingo frente a River no jugás: voy a poner al Mono Navarro Montoya”, le dijo el Pato durante la semana. Gatti no se la bancó como un señorito inglés. Pero adivinaba que no había retorno. Y sabía, además, que el Pato tenía razón, aunque de cara a los medios expresara su malestar porque le habían corrido el arco.

Cuando el Pato Pastoriza se fue a descansar aquella madrugada del 2 de agosto de 2004, el Loco lo fue a despedir en el atardecer de ese lunes en la sede de Independiente. “Cómo no iba a venir si el Pato es uno de los pocos tipos que en el fútbol fueron de frente”, aseguró Gatti cuando a la salida le preguntaron por su presencia.

Hoy es un poco más sencillo charlar con el Loco Gatti. Y aunque reside la mayor parte del año en España porque allí vive uno de sus hijos y sus nietos, suele atender los llamados. Y juega a lo que siempre jugó, aunque muchas veces haya bajado la persiana: opina sin tibiezas, sin franela, sin miedo y también con desmesura. Como lo hace en la televisión española, en un programa de fútbol.

“No puedo decir una cosa por otra para quedar bien”, suele repetir mientras habla de Pelé, Maradona, Messi (siempre le pega duro), Cristiano Ronaldo, Di Stéfano, Menotti, Cesarini, Zubeldía y de todos los monstruos que lo interpelan todas las noches desde el recuerdo que también se hace nostalgia.

Del fútbol que jugó, naturalmente, nunca se olvidó. El fútbol, el buen fútbol, tampoco se olvidó de él.

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