Las apariciones del astro del Barcelona en la Copa América trascendieron sus relieves estrictamente futbolísticos, para configurarse como un líder que defendió y expuso con dureza inusitada las manchas inocultables del mundo arbitral y de ese mamarracho bautizado VAR.

Sí, es cierto, así como habló después de la derrota 2-0 contra Brasil y del triunfo 2-1 frente a Chile, cuando planteó que no quiere ser parte de la corrupción del fútbol, Lionel Messi se expone, como declaró desde su gataflorismo Marcelo Gallardo, señalando que “habría que cuidarlo”.

¿Ante quiénes se expone Messi ? Ante los poderes discrecionales del fútbol. Ante los sinuosos dirigentes de la bastardeada Conmebol, hoy en el foco del fútbol mundial. Ante el statu quo que celebraba cuando Messi se contraponía desde el silencio a la vehemencia discursiva de Diego Maradona. Ante los obsecuentes y oportunistas que viven sacando pequeñas ventajitas para conservar su lugar, mientras las paredes se derrumban.

Messi ahora eligió exponerse frente a las vacas sagradas de la hipocresía nativa e internacional, mientras desde varios sectores (incluso desde tribunas argentinas que se bañan en agua bendita) le recomiendan que cierre la boca, que se calle, que se la banque llorando por los rincones porque los dirigentes de la Conmebol pueden pegarle unos palazos por la cabeza abriendo el grifo de sanciones durísimas a modo de represalia y extorsión.

La realidad es que este Messi que cuenta lo que le pasa por dentro sin demasiados filtros es el Messi que siempre quisimos ver. El que expresa el dolor y la bronca bien direccionada. El que no caretea en las ruedas de prensa. El que pone arriba de la mesa su pensamiento sin dobles mensajes tan extendidos por las sociedades contemporáneas, muy funcionales a la confusión naturalizada.

No hablamos de rebeldías sobreactuadas. Es más: ni hablamos de rebeldías. Hablamos de actitudes. De bajar un mensaje sin intermediarios. De revelar sin sofisticaciones el show mafioso que protagonizaron los dos árbitros (el ecuatoriano Roddy Zambrano y el paraguayo Marío Díaz de Vivar) en los dos partidos de Argentina ante Brasil y Chile, con la complicidad de este invento nefasto, adorado por los tecnócratas, que es el VAR.

Messi, en definitiva, dijo lo que todos habíamos visto. Que a la Selección la tiraron al bombo. Porque estos episodios no pueden esconderse o disimularse. La tiraron al bombo y Messi hizo saltar los tapones, cuando quizás nadie lo esperaba. Y menos aún de Messi, un muchacho tan gentil y tan sumiso.

Claro, seguramente no calculaban que Messi estaba transitando por una etapa de cambios que comenzó a exteriorizarlos. Y cambió. Y vaya si cambió. Sorprendiendo a todos. A los que lo conocen y frecuentan y a los que lo ven a la distancia muchas veces como un protagonista casi imperturbable de todos los acontecimientos que se le presentan.

Es verdad, jugó durante el desarrollo de la Copa América menos de lo que podría jugar. Nadie lo niega. Ni él mismo. Nosotros, tampoco. Pero jugando menos, mucho menos, se lo vio más, mucho más. Es contradictorio, pero es real. Fue así. Asumió el rol que se le reclamaba. El rol de un hombre muy influyente en la dinámica grupal de la Selección, que también integra el técnico Lionel Scaloni y su grupo (Walter Samuel, Roberto Ayala y Pablo Aimar) de colaboradores.

Messi ocupó ese espacio. No lo hizo antes. Lo hizo ahora con 32 años. ¿Es tarde? ¿Es temprano? No sé sabe. Lo que sí se sabe es que encontró un lugar para desarrollar lo que también puede revelarse fuera de la cancha. Es la ascendencia auténtica dentro de un plantel. Es el reconocimiento de sus pares a esa ascendencia. Es el viaje de ida y vuelta que se va constituyendo en un liderazgo positivo.

Por eso Messi dijo lo que dijo después de los cruces tumultuosos con Brasil y Chile. No porque se había brotado. No porque se había declarado en rebeldía. No porque le pasaron letra. Surgió de una iniciativa que tenía la imperiosa necesidad de expresarla, más allá de las amenazas latentes que encierran las sanciones de los serviles y los alcahuetes de turno que siempre están en todas partes.

Aun perdiendo en la cancha, ganó Messi con la decisión que tomó. Pero no ganó en términos de sumas y restas. Ganó a favor de una resolución y determinación personal que lo libera. Porque estas cosas liberan. Aunque tengan costos. Aunque encuentre algunos rechazos por el camino. Aunque reciba recomendaciones burocráticas para volver a ser el de antes, cuando el silencio se imponía y ganaba por goleada.

Esta vez, contó su verdad. Lo que tantas veces el ambiente le criticó sin piedad a Maradona, después de mostrarlos en vidrieras públicas como la naturaleza de dos perfiles diametralmente opuestos. Maradona el peor de todos. Messi el espejo perfecto. Maradona se exponía. Messi, no. Maradona sentía. Messi se guardaba todo.

Más bien que son distintos, muy distintos, porque no hay alguien que sea igual a otro. Pero este Messi que no la rompió ni por asomo en la Copa América, la terminó rompiendo en otros espacios inesperados. Y fue muy saludable advertir este crecimiento, aunque el Muñeco Gallardo haya dicho desde Estados Unidos que “quizás no le conviene porque su voz es muy significativa”. ¿Qué raro, no? Gallardo después de su recordado colapso con la Conmebol, ahora cuando la tapa el barro, él le tira un centro. ¿Con qué objetivo?

Dejando atrás esta anécdota del entrenador de River, lo más importante es que queremos a este Messi sin medias tintas, sin tapujos, sin tibiezas, sin franela. Le damos la bienvenida al escenario de la discusión interminable. Lo estábamos esperando. Sin saber que un día iba a entrar a una cancha imaginaria a decir lo que tenía que decir. Y hacer temblar las paredes de construcciones con cimientos de algodón

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