Venía tambaleando el Xeneize, aunque los resultados parecían darle el aire y los recursos que en realidad no tenía, hasta que se enfrentó a sus propias claudicaciones futbolísticas (que no son pocas) y quedó en evidencia

Llegaba Boca a la final frente a Tigre después de ser superado en los dos partidos ante Vélez y clasificar por penales. Y luego de vencer a Argentinos Juniors 1-0 en La Bombonera cuando en la suma de los dos encuentros no había mostrado ningún perfil destacable, aunque no pocas voces del ambiente hablaban de un Boca “combativo” y con rasgos comunes a ese Boca multicampeón que dirigió Carlos Bianchi en sus dos primeras etapas en el club. En definitiva, puro triunfalismo para adornar lo que estaba despojado de relieves.

Antes de enfrentarse y caer el pasado domingo 2-0 ante Tigre en Córdoba, en el marco de esa corriente de triunfalismo siempre tan nocivo y extendido en todos los pliegues ocultos y visibles de las sociedades contemporáneas, algunos integrantes del plantel boquense expresaron el pensamiento que los atrapó. Por ejemplo, Julio Buffarini, dijo: “Tenemos que ganar como sea”. Y Darío Benedetto amplió esa idea con algo muy próximo a la impunidad futbolística: “Jugar como venimos jugando nos dio resultado”.

Seguramente hablaba este goleador caído en desgracia que es Benedetto de la Supercopa Argentina que Boca conquistó en definición por penales ante Rosario Central el pasado 2 de mayo en Mendoza. Y de yapa consideraba la clasificación a la final de la Copa de la Superliga, dejando en el camino en cuartos y semi a Vélez y Argentinos.

Pan para hoy y hambre para mañana. Boca venía denunciando ser un equipo mediocre, sostenido por algunas respuestas individuales. De hecho, en los últimos cinco partidos de esta Copa, convirtió un solo gol con un cabezazo de Lisandro López. Un gol a favor en cinco encuentros puede ser revelador de algo en particular o de una circunstancia atada a los imponderables del fútbol.

Pero no fue casual esa marca. Boca dejaba al desnudo su falta de juego. Su ausencia de una idea que respalde la estructura del equipo. Si antes, bajo la conducción de los Barros Schelotto, Boca hacía la diferencia por la errática inspiración de sus hombres de ataque, ahora con Gustavo Alfaro esa tendencia se radicalizó.

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El caso Tigre corrió el mojón de las discusiones posibles

Este Boca de Alfaro empuja mucho, pero juega muy poco. Podrá decirse que el empuje forma parte de la identidad y el folklore xeneize. Es cierto. Pero solo con el empuje como bandera futbolística no pueden esperarse rendimientos significativos. El empuje tiene que acompañar a otras virtudes que exponga el equipo. Virtudes que Boca en la cancha no manifiesta, como no las manifestó frente a Tigre, cuando de tanto empujar se terminó cayendo al abismo.

No puede negarse que Alfaro es un entrenador influyente. Y lo está siendo en Boca. Influye decididamente en lo poco que ofrece el equipo. A lo que juega Boca es a lo que quiere jugar Alfaro, más allá de las ocasiones que despilfarra Benedetto, como para poner sobre la mesa que antes regalaba goles de todos los colores porque venía en racha. Y desde hace un tiempo se le cortó la racha.

¿Qué queremos decir? Que Alfaro nunca fue un técnico preocupado por la elaboración. Siempre lo preocuparon otros episodios del fútbol: el aprovechamiento de la pelota parada, el orden y la solidez defensiva que Boca no tiene, la salida vertical intentando sorprender y la búsqueda de los espacios a favor del contraataque, como se le dio a Benedetto cuando metió un derechazo que se estrelló en el palo izquierdo del arquero de Tigre, Gonzalo Marinelli, cuando el partido estaba 0-0.

En Boca, Alfaro no puede jugar todas las fichas al contraataque porque debe advertir que el contexto no se lo permitiría. Y entonces amontona delanteros para que le den la eficacia y el gol que el equipo no conquista. El gran problema que padece Boca es que pretende arribar al gol sin armar nada, sin construir nada. Sube Buffarrini y mete un centro. Sube Mas y mete otro centro. Suben los centrales López e Izquierdoz y esperan los pelotazos cruzados que surcan el aire. Repetidos, previsibles, anunciados y muchísimos de ellos, inútiles.

Tumulto, demasiado tumulto. Eso brinda Boca de la mano de Alfaro. No hay claridad. No hay perspectiva de encontrar espacios. No hay circulación. Sobra todo lo que está alejado de la precisión. Y va. ¿Pero cómo va? Contra Tigre generó situaciones. Y lo arrinconó en los últimos metros. No le quedaba otra. Perdía 2-0. Pero a su vez, monopolizando la pelota en el segundo tiempo, delató la dimensión real de su impotencia para jugar en función de ataque. Lo suyo fue traslado y pelotazo a dividir. Muy primitivo, muy básico. Y nada inteligente.

Y sin inteligencia colectiva es muy difícil que se pueda prosperar. ¿Podrá Alfaro dotar a Boca de una riqueza futbolística que trascienda el empuje que siempre reivindica? Este interrogante no es menor. Es central.

Boca se venía manteniendo de pie agarrado con alfileres. Engañaba. Vendía una fortaleza que no se veía. El exitismo que el ambiente ubicaba en primer plano, lo sostenía. El juego no estaba. Y el juego, quedó demostrado una vez más, es irreemplazable.

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