Nunca el entrenador campeón del mundo dirigió al máximo ídolo de Boca, sin embargo lo que siempre proclamó el Flaco como valor esencial del fútbol, Román lo llevó a la práctica, siendo el heredero natural de otros elegidos     

Corrían las primeras semanas de septiembre de 1996. Aquel Independiente que empezó arrasando en el torneo Apertura y que terminó segundo detrás de la consagración de aquel River que conducía el Pelado Díaz, era dirigido por César Luis Menotti.

Por esos días, el delantero Panchito Guerrero era la carta ofensiva más desequilibrante del equipo y el ambiente ya lo había convertido en la nueva figurita del fútbol nacional. Teniendo en cuenta que Menotti había comentado en varias entrevistas que por lo menos el noventa por ciento de los jugadores no “entendían” como había que jugar al fútbol, el juvenil Guerrero al finalizar una práctica le preguntó al entrenador, en privado, las razones de ese pensamiento y sobre todo si él estaba incluido en esa lista.

Menotti se mostró gratamente sorprendido por la iniciativa y las dudas de Guerrero y habló durante algunos minutos sobre lo que significa “entender el juego”, que no es otra cosa que jugar en función de las necesidades propias y especialmente del equipo.

Hoy, a 24 años de aquel episodio que Menotti nunca olvidó, el desafío futbolístico es exactamente el mismo: “entender el juego” para hacer las cosas mejor. No es fácil el camino. No lo fue nunca. Ni es sencillo el aprendizaje.

Basta con repasar los contenidos de los partidos que se juegan en el fútbol argentino. Pocas, muy pocas, son las individualidades que interpretan desde la inteligencia lo que hay que desarrollar en una cancha.

Pocos, muy pocos, hacen lo indicado en el momento oportuno. La mayoría suele aportar traslado excesivo, confusión, choque e incluso vulgaridad. Corren mucho y en general piensan mal.

Como lo supo confirmar Juan Román Riquelme el 17 de mayo de 2011 en una entrevista que concedió a un canal deportivo: “Si se corre mucho es porque se juega mal. Si los jugadores están cansados a los quince minutos del segundo tiempo es porque se juega mal. Cuando un equipo logra jugar bien todos tienen que correr menos, porque manejan los tiempos, los espacios, los ritmos y pueden descansar con la pelota”.

Riquelme, continuador de esa vieja dinastía que manifestaron Bochini, el Beto Alonso y por supuesto Maradona, entre otros consagrados, siempre formó parte de las grandes excepciones. El sí entendió el juego, quizás porque ya desde pibe seguramente lo entendía.

Otros, en cambio, no logran expresar la evolución y el crecimiento que se les reclama por falta de talento y formación. Y otros, que no son pocos, padecen a técnicos que les piden a los gritos y sin pausas una enorme generosidad para recorrer la cancha, como si con eso solo alcanzara para jugar bien.

La realidad, por otra parte, es que contar con un buen manejo no es suficiente para graduarse de buen jugador. El fulbito no es una práctica adecuada para una cancha grande. El fulbito, en definitiva, revela ser el hijo no deseado del fútbol.

No se convierten goles ni se ganan partidos intentando siempre la maniobra individual heroica, más aún cuando esa maniobra no la ejecuta un crack.

El juego colectivo requiere de otras búsquedas, otras construcciones, otros contenidos. Y de otras capacidades de los protagonistas y entrenadores para entender lo que el juego del fútbol necesita.

Riquelme sin tener nunca conexión directa con Menotti, lo supo interpretar. Y entendió el juego.

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