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11 de julio 2026 - 13:41
Sleep divorce: ¿dormir separados puede fortalecer una relación? / Por Romina Atencio

Romina Atencio es coach y mentora de mujeres y parejas. Para cualquier consulta, comunicarse al correo electrónico rominaatencio@gmail.com. Instagram: @diosalmica. YouTube: @rominaatenciocoaching.

Apaga el celu que me molesta la luz”. “Dejá de roncar”. “No me patees”. “Subí la calefacción”. “No tires de las sábanas” y muchas frases más se repiten cada noche en las habitaciones matrimoniales.

Durante mucho tiempo nos enseñaron que una pareja feliz era aquella que compartía absolutamente todo, incluida la cama. Crecimos viendo películas en las que el amor se representaba con dos personas que se dormían abrazadas y despertaban juntas cada mañana, como si ese gesto fuera una prueba irrefutable de la solidez del vínculo. Sin embargo, la vida real rara vez se parece a una comedia romántica. Aparecen los ronquidos, el insomnio, los distintos horarios laborales, los hijos que se despiertan durante la noche, las mascotas que invaden la cama y, simplemente, dos personas con necesidades de descanso diferentes.

En ese contexto comenzó a popularizarse un concepto que, aunque suene provocador, no tiene nada que ver con una separación afectiva: el sleep divorce, o “divorcio del sueño”, una decisión que toman algunas parejas para dormir en camas o habitaciones separadas con el objetivo de descansar mejor.

Como terapeuta de parejas, me resulta interesante que este fenómeno haya despertado tantas opiniones encontradas, porque pone sobre la mesa una pregunta mucho más profunda que el simple hecho de compartir o no una cama. En realidad, nos obliga a revisar la manera en que entendemos la intimidad y el amor. ¿Es realmente la cama compartida la que sostiene una relación? ¿O será que durante años confundimos cercanía física con conexión emocional?

En el consultorio suelo encontrarme con parejas que, desde afuera, parecen cumplir con todos los requisitos de una relación estable. Duermen juntas desde hace 20 años, cenan en familia, comparten la rutina y hasta las vacaciones. Sin embargo, cuando empiezan a hablar, descubren que hace mucho tiempo dejaron de sentirse verdaderamente cerca. Se acuestan al mismo tiempo, pero cada uno mira su teléfono hasta quedarse dormido. Comparten un colchón, aunque hace semanas que no tienen una conversación profunda. Sus cuerpos están a pocos centímetros de distancia, mientras que emocionalmente habitan mundos completamente diferentes.

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El sleep divorce comenzó a popularizarse entre las parejas.

También veo la situación opuesta. Parejas que, por distintos motivos, decidieron dormir en habitaciones separadas y que, lejos de haber perdido intimidad, encontraron una forma más saludable de cuidar el vínculo. Descansan mejor, están menos irritables, recuperan energía y, paradójicamente, disfrutan mucho más los momentos que comparten. Porque la intimidad nunca dependió exclusivamente de un colchón. La intimidad nace cuando dos personas se sienten vistas, escuchadas, comprendidas y elegidas, incluso en medio de las obligaciones, del cansancio y de las exigencias de la vida cotidiana.

Quizás uno de los mayores errores que cometemos como sociedad sea creer que existen fórmulas universales para construir una buena relación. Durante décadas recibimos una lista interminable de mandatos sobre cómo debía ser una pareja feliz: nunca irse a dormir enojados, hacerlo todo juntos, compartir la misma cama, pensar igual, tener los mismos gustos, demostrar amor de determinada manera. Pero las relaciones humanas no funcionan siguiendo manuales. Funcionan cuando las personas pueden conversar sobre sus necesidades, negociar diferencias y encontrar acuerdos que hagan bien a ambos, aunque esos acuerdos no coincidan con lo que los demás consideran “normal”.

El descanso, por ejemplo, es una necesidad biológica mucho más importante de lo que solemos reconocer. Dormir mal de manera crónica no sólo afecta la memoria, la concentración o el sistema inmunológico. También modifica nuestro estado emocional. Una persona que acumula noches de mal descanso suele tener menos paciencia, reaccionar con mayor impulsividad, sentirse más ansiosa, más irritable y menos disponible afectivamente. Es decir, muchas discusiones que parecen tener origen en problemas de pareja, en realidad están potenciadas por un cerebro agotado.

Por eso, cuando una pareja decide dormir separada porque uno ronca intensamente, porque los horarios son incompatibles o porque alguno necesita un ambiente distinto para descansar, no necesariamente está tomando distancia. En muchos casos está haciendo exactamente lo contrario: está encontrando una solución práctica para proteger el bienestar individual y, como consecuencia, también el bienestar del vínculo. Dormir bien puede convertirse en un acto de cuidado mutuo.

Sin embargo, sería un error presentar el sleep divorce (dormir separados) como la solución mágica para todas las parejas. La cama nunca fue el problema de fondo. Si dos personas dejan de dormir juntas porque ya no soportan estar cerca, porque utilizan la distancia para evitar conversaciones difíciles o porque el afecto se fue apagando hace mucho tiempo, entonces el conflicto no está relacionado con el sueño. Lo que existe es una crisis vincular que necesita ser escuchada y trabajada. Cambiar de habitación puede mejorar el descanso, pero no resuelve la falta de comunicación, el resentimiento acumulado ni las heridas emocionales que muchas veces se esconden debajo de la rutina.

Romina Atencio

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Por eso, más que preguntarnos si está bien o mal dormir separados, creo que deberíamos hacernos otras preguntas. ¿Cómo está la relación cuando ambos están despiertos? ¿Todavía existe curiosidad por el mundo del otro? ¿Se sienten escuchados? ¿Hay espacio para el afecto, para el humor, para el deseo? ¿Siguen buscando momentos de conexión o hace tiempo que la convivencia reemplazó al encuentro? Esas respuestas dicen mucho más sobre la salud de una pareja que el hecho de compartir o no una almohada.

En la práctica aprendí que la intimidad está hecha de pequeños gestos cotidianos mucho más que de grandes demostraciones románticas. Está en el abrazo antes de salir a trabajar, en preguntar genuinamente cómo estuvo el día del otro, en sostener una conversación sin mirar el celular, en una caricia mientras preparan la cena o en reírse juntos por algo que solo ellos entienden. Son esos momentos los que alimentan el vínculo y generan seguridad emocional. Dormir en la misma habitación puede formar parte de esa intimidad, pero no la garantiza. Del mismo modo, dormir separados tampoco implica que el amor se haya terminado.

Tal vez el verdadero desafío para las parejas de hoy sea dejar de medir la calidad de la relación por la cantidad de rituales que cumplen y empezar a medirla por la calidad de la conexión que construyen. Porque una pareja puede respetar todas las reglas tradicionales y, aun así, sentirse profundamente sola. Y otra puede romper varios de esos mandatos, organizar su vida de una manera diferente y vivir un vínculo lleno de complicidad, respeto y deseo.

El sleep divorce no viene a decirnos que todas las parejas deberían dormir separadas. Lo que nos invita a cuestionar es algo mucho más interesante: la idea de que existe una única forma correcta de amar. Cada relación tiene su propio lenguaje, sus propios acuerdos y sus propias necesidades. Lo que fortalece a una pareja no es parecerse a las demás, sino encontrar una manera de funcionar que cuide a ambos y que permita que cada uno siga sintiéndose elegido.

Como terapeuta de parejas, creo que las relaciones más sanas no son aquellas que nunca cambian sus costumbres, sino las que tienen la flexibilidad suficiente para adaptarse a las distintas etapas de la vida sin perder de vista lo esencial. A veces ese cuidado implicará dormir abrazados todas las noches; otras veces, significará despedirse con un beso, apagar la luz y caminar hacia habitaciones distintas sabiendo que esa decisión no los aleja, sino que les permitirá reencontrarse al día siguiente con más energía, más paciencia y más ganas de compartir.

Quizás, después de todo, la pregunta nunca fue si una pareja debe dormir en la misma cama. La verdadera pregunta es si ambos se siguen eligiendo cuando amanece. Porque la calidad de una relación no se mide por los metros que separan dos almohadas, sino por la capacidad de seguir construyendo un nosotros, incluso cuando cada uno necesita su propio espacio para descansar.

Muchas veces las soluciones están fuera de la cama. Y si el problema es la cama... ¿por qué no separarlas?

Con amor, Romi.