Romina Atencio es coach y mentora de mujeres y parejas. Para cualquier consulta, comunicarse al correo electrónico rominaatencio@gmail.com. Instagram: @diosalmica. YouTube: @rominaatenciocoaching.
Romina Atencio es coach y mentora de mujeres y parejas. Para cualquier consulta, comunicarse al correo electrónico rominaatencio@gmail.com. Instagram: @diosalmica. YouTube: @rominaatenciocoaching.
¿Alguna vez sentiste alivio cuando tu pareja salió de casa? ¿O esa sensación de tranquilidad cuando escuchaste la llave girar en la puerta porque sabías que llegaba la persona con la que más te gusta compartir el día? Aunque pocas veces nos detenemos a pensarlo, nuestro cuerpo suele responder mucho antes que nuestra mente.
Hay relaciones que nos transmiten calma. Nos hacen sentir vistos, escuchados y contenidos. Son vínculos donde podemos bajar la guardia, respirar profundo y ser quienes realmente somos. Pero también existen relaciones que, sin necesidad de grandes escándalos ni violencia evidente, nos mantienen en un estado permanente de tensión. Relaciones donde medimos cada palabra, anticipamos reacciones, evitamos temas para no generar conflictos y caminamos, metafóricamente, sobre cáscaras de huevo.
Y ese desgaste, tarde o temprano, pasa factura. El sistema nervioso se resiente, y se activa todo el tiempo, buscando mantenerte a salvo.
Vivimos convencidos de que el estrés proviene únicamente del trabajo, de las cuentas por pagar, del tránsito, de los hijos o de la rutina. Sin embargo, pocas veces nos preguntamos cuánto influye la calidad de nuestra relación de pareja en nuestro bienestar físico y emocional.
Como terapeuta de parejas, veo con frecuencia personas que llegan al consultorio convencidas de que el problema es la ansiedad, el insomnio o el agotamiento. Pero cuando empezamos a explorar su historia, aparece un patrón repetido: llevan meses, o incluso años, viviendo en un vínculo que les exige estar emocionalmente en alerta. Y ningún ser humano puede sostener ese estado indefinidamente sin que su cuerpo termine manifestándolo.
La neurociencia explica que nuestro sistema nervioso está diseñado para detectar seguridad o amenaza. Cuando nos sentimos seguros, el organismo puede relajarse. Dormimos mejor, pensamos con mayor claridad, regulamos nuestras emociones y recuperamos energía. En cambio, cuando percibimos peligro, aunque no exista un riesgo físico, el cerebro activa mecanismos de supervivencia: aumenta la tensión muscular, acelera el ritmo cardíaco y libera hormonas relacionadas con el estrés.
Lo interesante es que esa “amenaza” no siempre tiene que ser un hecho extremo. A veces alcanza con convivir diariamente con críticas constantes, indiferencia, desprecio, silencios prolongados como castigo, promesas incumplidas o la sensación de no saber nunca con qué humor va a estar la otra persona. El cuerpo no distingue si el peligro viene de un animal salvaje o de un vínculo emocional que nos mantiene inseguros. Sólo responde. Y vivir así durante mucho tiempo tiene consecuencias.
No significa que una buena pareja elimine todos los problemas de la vida. Todos atravesamos momentos difíciles, discusiones, diferencias o crisis. El conflicto, por sí mismo, no destruye una relación. De hecho, las parejas sanas también discuten. La diferencia está en cómo lo hacen.
En una relación emocionalmente segura hay espacio para expresar desacuerdos sin miedo a ser humillado. Se puede pedir perdón. Se puede reparar. Existe respeto incluso cuando no hay acuerdo. Ambos sienten que están en el mismo equipo, intentando resolver un problema, en lugar de convertirse ellos mismos en el problema.
En cambio, cuando una relación se convierte en una fuente constante de estrés, la sensación predominante deja de ser el amor y pasa a ser la incertidumbre. Nunca sabemos qué esperar. Nos volvemos hipervigilantes. Analizamos cada gesto, cada mensaje y cada silencio intentando anticipar lo que puede suceder.
Romina Atencio
Con el tiempo dejamos de ser espontáneos. Empezamos a callarnos para evitar discusiones. Dejamos de pedir lo que necesitamos porque creemos que será inútil. Nos acostumbramos tanto a ese funcionamiento que incluso llegamos a pensar que todas las parejas viven igual. Pero no es así.
Una relación sana no es aquella donde nunca hay diferencias. Es aquella donde uno puede sentirse emocionalmente seguro incluso cuando piensa distinto. Existe una pregunta que suelo hacer en consulta y que muchas veces genera un silencio profundo: ¿Cómo te sentís en tu cuerpo cuando estás con tu pareja? No cómo debería ser la relación. No cuánto la querés. No cuánto tiempo llevan juntos. ¿Cómo se siente tu cuerpo? Porque el cuerpo rara vez miente.
Hay personas que responden: “Siento paz”. Otras dicen: “Puedo ser yo mismo”. Y también están quienes, después de unos segundos, descubren algo que nunca habían puesto en palabras: “Estoy tenso todo el tiempo”. Tal vez esa sea una de las preguntas más importantes que podamos hacernos. No para juzgar nuestra relación ni para tomar decisiones impulsivas, sino para observarla con honestidad.
Quizás hoy sea un buen momento para detenerte unos minutos y preguntarte:
Las respuestas pueden decir mucho más de lo que imaginás.
A veces creemos que el amor se mide por la intensidad. Nos enseñaron que amar era sufrir un poco, luchar constantemente, soportar, esperar que el otro cambie. Crecimos escuchando historias donde los celos eran una demostración de amor y donde el drama parecía darle profundidad al vínculo.
Sin embargo, la experiencia y la evidencia muestran otra cosa. El amor saludable no suele sentirse como una montaña rusa permanente. Se parece mucho más a un lugar donde uno puede descansar. No porque todo sea perfecto, sino porque existe la tranquilidad de saber que el otro no es un enemigo, sino un compañero de camino.
Quizás por eso las mejores relaciones no son necesariamente las más espectaculares. Son aquellas donde el sistema nervioso deja de vivir en modo supervivencia y aprende, por fin, que está a salvo. Y cuando eso sucede, no solo mejora la pareja. También mejora el sueño, disminuye la ansiedad, recuperamos energía, tomamos mejores decisiones y volvemos a conectar con la mejor versión de nosotros mismos. Porque elegir con quién compartimos la vida también es una decisión de bienestar.
El hogar no debería ser otro campo de batalla. Debería ser, siempre que sea posible, ese lugar donde el cuerpo baja la guardia, la mente encuentra descanso y el corazón recuerda que amar no debería sentirse como una amenaza. Tal vez esa sea una buena definición de una relación sana: no aquella que acelera el corazón por la incertidumbre, sino la que le permite volver, una y otra vez, a un ritmo de calma.
Si sentís que necesitas un espacio terapéutico para hablar de estos temas, te espero. No dudes en escribirme.
Con amor, Romi.