Como su padre y su abuelo Astor, el destino de Daniel "Pipi" Piazzolla no podia ser otro que la musica. Virtuoso baterista y percusionista, gracias a que lo sedujeron los ritmos murgueros de la cancha, fundo e integra la banda Escalandrum y tiene su propio trio de jazz.

A veces el fútbol y el arte tienen más lazos en común de los que muchos piensan. Y de esto puede dar fe Daniel Pipi Piazzolla, baterista y percusionista, impulsor e integrante del grupo Escalandrum desde hace 20 años y de su propio trío de jazz, y, si cabe la obviedad, heredero de la tradición musical que marcó al sonido de Buenos Aires, a través de su abuelo, el gran Astor Piazzolla.

Un piano de cola que solo usa para componer, un par de teclados y una batería de ensayo, además de la que utiliza en sus shows, son el mobiliario base que demuestran que en el departamento de Colegiales donde vive junto a su mujer, la escultora Soledad Petrelli, y a sus hijos Mora de 13 y Lorenzo de 9 (la hija de su esposa, Violeta Keller, de 22 años, es actriz), se vive y se respira música.

Tras admitir con orgullo de padre que Mora se las ingenia con la guitarra y canta muy bien, Pipi (como lo llaman todos, y como la bautizaron en el secundario "por ser el más petisito") no deja de señalar que su padre Daniel, aunque ahora se dedica a otras actividades, fue un promisorio músico que tuvo sus agrupaciones, acompañó a notables figuras y hasta fue integrante del Octeto de Astor como pianista en los años ‘80.

Daniel, que es porteño y creció en distintos barrios, siente un gran orgullo y respeto por su abuelo, aunque aclara que "para mí no fue un peso especial, no lo veía más que como mi abuelo, aunque reconozco lo que fue para la música argentina" y recuerda que "los genes estaban en lo familiar, claro, y creo que mi primer acercamiento fue cuando mi abuela materna, croata, me regaló un tecladito naranja, y empecé a aprender a tocar las publicidades que escuchaba en la televisión".

Con esta predisposición, Pipi aún siendo chico comenzó a estudiar piano con Martha Bronstein, pero al cabo de un tiempo se aburrió del repertorio clásico y se alejó por varios años de la música.

Cuenta que "por aquellos años de adolescencia me dediqué al deporte, con un amigo jugamos al rugby en el club Los Pinos, en Del Viso, y también tenía mi costado futbolero, pero jugaba en picados o canchas de papi".

Pero hubo un momento en que los astros se alinearon, y esto fue hacia 1984, cuando Daniel empezó a frecuentar junto a dos amigos la cancha de River, club del que es fanático, y del que no se pierde ningún partido. Además, compuso hace poco una obra llamada La Gallardeta, un ritmo percusivo con una letra alusiva al exitoso DT de los Millonarios.

"Empecé a ir a la cancha - relata- en una época en que todavía estaba la herencia militar, de la prohibición de murgas y papelitos, pero la hinchada parecía una banda tocando tambores, bombos, y ese ritmo y esa percusión me volvieron loco, y sentí que en un solo instrumento estaban todos los elementos, y quise seguir ese camino".

Así, Pipi se decidió y a los tres días estaba en su primera clase con el Oso Picardi, un baterista legendario, y a la semana estudiaba 5 ó 6 horas por día. Desde esos años, Daniel señala que "siempre traté de no solo estudiar lo que me daban, sino escuchar discos y leer libros, y de a poco me incliné por el jazz, aunque también me atraían bateristas del rock, como Neil Peart de Rush, o Stewart Copeland de The Police".

Pese a que sus raíces familiares se relacionaban con el tango, Daniel remarca que "lo tuve siempre en la sangre, y en especial lo del Octeto, donde tocaba mi viejo, y recuerdo el disco del Olimpia de París, donde estuvieron grandes como Horacio Ferrer, Raúl Lavie o Julio Pane", aunque destaca que "en los últimos años, en mi actividad tanto con Escalandrum como en el trío, de algún modo, entre la música que hacemos siempre aparece la identidad o el sonido de Buenos Aires".

UN PREMIO CARLOS GARDEL CON SU BANDA ESCALANDRUM

Si hay algo que caracteriza a Pipi Piazzolla como músico es el nivel de exigencia que se autoimpone para su carrera. Para su visión, “uno puede desarrollar e interpretar la música que más le guste, pero es bueno que estés preparado como instrumentista para abarcar todos los estilos” y recuerda que “cuando empecé, hasta ponía avisos ofreciéndome como baterista”.

Al respecto cuenta una anécdota muy singular, al relatar que “tocaba con una banda de funk, y al salir de la sala un pibe me pregunta si tocaba folklore. Le dije que sí, y me enganché. Al segundo ensayo llegó alguien que nos dijo: ‘muchachos me tienen que salvar’, y nos pedía que fuéramos teloneros de Mercedes Sosa en el Luna Park, por eso, los caminos a veces te llevan por lugares que no pensabas”.

Por aquel tiempo, en los años 90’, Pipi se integró al cuarteto de Lito Vitale, y tiene muy buenos recuerdos de esa experiencia, y también tocó con el grupo de salsa Las Sabrosas Zarigüeyas. A fines de esa década, casi en grupo de amigos, surgió la idea de armar una banda para canalizar distintos idiomas musicales, con base en el jazz y la fusión.

Y así surgió el sexteto Escalandrum. Pipi explica que “es por un tipo de tiburón que está en nuestras costas, a mi abuelo le encantaba la pesca del tiburón, a mí también y todos lo aprobaron”. Hoy, Escalandrum, que abreva en el jazz pero se amplía a otras fronteras de géneros, lleva 20 años de actividad, con 11 discos y un Premio Gardel. También tuvieron el gusto de compartir escenario y grabar un CD junto a Elena Roger, interpretando a Astor Piazzolla.

CONSEJO DE ABUELO: "SE POBRE PERO SE FELIZ"

Sobre su célebre abuelo, Pipi tiene muchos buenos recuerdos. Señala que “él murió en 1992, y no me llegó a ver como profesional, pero nunca dejaba de llevarme a ver sus conciertos, y es algo que le agradezco, soy fanático de su música, y nunca dejó de darme buenos consejos: que estudie con los mejores y que haga lo que sienta”.

Daniel comenta que “me recomendaba músicos para escuchar, como Keith Jarrett, que no era tango precisamente, tuvo mucha apertura, y logró imponerse a los viejos tangueros que casi nunca lo aceptaron”.

A través de otra anécdota, rescata su legado: “de joven, junto a dos amigos, decidimos estudiar marketing, pero duré dos días, porque el profesor nos dijo que leyéramos dos diarios sobre economía. Ahí me di cuenta que no era lo mío, y abandoné”, y señala que “me fui al restaurant que tenía mi viejo en Belgrano, y cuando se lo comenté, también estaba mi abuelo, y me dice: grande pibe, sé músico, sé pobre pero sé feliz”.

Admirador de músicos como Miles Davis y Paquito D’Rivera, Daniel actualmente integra su trío junto a Damián Fogel (saxo) y Lucio Balduini (guitarras), en un estilo más experimental y libre, donde se permite también el gusto de la composición.

En 1992 fui a estudiar a Los Angeles, era una escuela donde te entrenaban para poder abordar distintos géneros. Una vez, en un ensayo, probé un ritmo de chacarera, y todos quedaron sorprendidos”.

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