La Argentina que la recibió a su vuelta estaba socialmente en llamas y una de las nuevas característica que exhibía era la de los carros de los cartoneros recorriendo la ciudad, tirados por caballos enfermos y descuidados, cuando no eran víctimas de maltrato.
Matías fue el primer cartonero al que se le acercó para sugerirle con buenos modos que el caballo que tenía estaba lastimado y que sufría con el esfuerzo que realizaba tirando un carro sobrecargado. El muchacho, desconfiado primero, aceptó a regañadientes las indicaciones que vinieron acompañadas por antibióticos y comida aportados por Dolores y su mamá, Pichina.
Desde un rincón del alma
Poco después, Dolores iba a las villas de emergencia de la periferia platense donde ni siquiera había calles marcadas para seguir el tratamiento del caballo de Matías y fue así que se le agregaron a la consulta a domicilio los de tantos otros cartoneros.
"Además de curar al caballo, el tema era enseñar a tratarlos bien porque el animal es un ser vivo que significa para esa gente el sustento, o que implica -subrayó Doloresque había que darles de comer y atenderlos, como tampoco había que moler a palos al perro que cuando la casa quedaba sola, la cuidaba".
La iniciativa sumó a alumnos de la universidad y colaboradores, lo que derivó en 2006 en la creación de Con Alma, la ONG que aúna a veterinarios que trabajan por el bienestar animal y humano.
Hoy el celular de Dolores sigue recibiendo llamados de los cartoneros para que les revise a sus caballos y hasta Matías, el joven que sin pensarlo abrió el juego a esa faceta, tira a mano el carrito cargado cuando su yegua anda con problemas. Aquello que se propuso Dolores de chiquita, al final, se hizo realidad, y de allí que tantos equinos y perros de los barrios pobres que dejaron atrás llagas, flacura y sarna, atesoren en su memoria animal a esa veterinaria que suelen mirar con una expresión que quien los entiende, sabe que dicen gracias.