En su juventud, Juan Aranda fue un promisorio boxeador, pero el destino cambió su rumbo, y tras una larga trayectoria en el servicio penitenciario, encontró su verdadera pasión en el arte a través de la pintura y la escultura.

El hogar de Juan Carlos Aranda, en el barrio de Nueva Pompeya, a pocas cuadras de la cancha de San Lorenzo, es una pequeña galería de arte, donde uno puede ver dos cabezas de Cristo en quebracho colorado, un par de pinturas de animales y algunos retratos, y en su jardín una escultura de yeso con un motivo religioso, y una más pequeña que muestra a un domador de caballos.

Pero la historia de Juan Carlos no se agota en su pasión por el arte, ya que detrás asoma una historia donde estuvieron presentes actividades tan disímiles como el boxeo, durante su juventud, una larga trayectoria como custodio y guardiacárcel, y hasta un trabajo como encargado de un edificio.

Juan Carlos nos comenta cómo empezó su historia con el boxeo. “Nací en Pampa del Infierno, un pueblo del Chaco, y mi padre era policía cuando todavía era Territorio Nacional. En razón de varios traslados, luego vivimos en Charata y llegamos a Resistencia, donde se desarrolló mi infancia y adolescencia” .

Por aquellos años, el box era una de las atracciones mayores para los jóvenes, y más todavía en el interior, de donde salieron muchos de sus mejores exponentes. Aranda empezó a practicar con Adolfo Aguirre, un pugilista que realizó varias peleas en Buenos Aires.

Juan asegura que “era una época casi romántica para el boxeo, había una mística, y grandes boxeadores” y asegura haber hecho guantes (como se dice en la jerga) con Ramón La Cruz que llegó a ser campeón sudamericano, y hasta con el gran Nicolino Locche en una visita suya al Chaco, sobre quien asegura que “es cierto que era intocable, no le podías embocar una, fue el mejor”.

Poco después de cumplir los 20 años, Juan llegó a Buenos Aires, recomendado para un trabajo, sin que su padre lo supiera, y también comenzó a practicar boxeo con Fernando Centurión, quien lo recomienda a Amílcar Caferatta, que había inaugurado el Luna Park, y era profesor en la Federación de Box. Me dijo “Vos andás bien, tenés condiciones”. En total hizo más de quince peleas, varias de semifondo, y llegó a entrenar en el Luna Park.

Pero justo llegó la citación para el servicio militar, y a Juan lo destinaron a Paso de los Libres, en Corrientes, y ahí se interrumpió su ilusión de desafiar los rings porteños. Luego de su período como recluta, Juan volvió a Resistencia, donde hizo reparto de bebidas y comestibles con un comerciante alemán, hasta que su padre le aconsejó que tenía que conseguir un trabajo “que me durara para toda la vida”.

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Así, al otro día, Juan y su padre llegaron a la cárcel de Resistencia, para ingresar en el cuerpo de guardiacárceles, previo realizar un curso en Ezeiza. “Ese fue el comienzo de una vida diferente, ya que estuve en distintos destinos desde 1968 hasta 1994, cuando me jubilé” y detalla que “estuve en Buenos Aires muchos años, incluyendo servicios de custodia en el Ministerio de Justicia y en la Dirección Nacional del área de Cárceles. También estuve en Formosa, y fui custodio del ex ministro de Defensa Antonio Benítez, en los ‘70”.

Ya inclinado al arte como caricaturista, Juan dice orgulloso, que “en Formosa conocí a la mujer más linda de la ciudad, y que hoy es mi esposa Gladys, que es médica, y con quien tuvimos dos hijos: María Alejandra, de 35, y Juan Manuel, de 27”.

Juan tuvo su ultimo destino en el Museo Penitenciario de San Telmo, pero desde un tiempo antes tuvo otro trabajo como encargado de un edificio en La Paternal, tarea que le permitió tener un espacio para profundizar en su creciente actividad como artesano y escultor.

“El señor de los cuchillos”

En los últimos años, la pasión artesanal de Juan se inclinó hacia la artesanía en cuchillos, algo que le valió que alguien lo rebautizara como “el señor de los cuchillos” por el esmero y el detalle que pone al elaborarlos.

“Hago todo tipo de cuchillos, criollos, para monte, caza, asados, y lo hago como modo de vida, vendí y vendo bastantes, yo hago todo, desde templar el acero en mi taller, hasta el mango y las fundas en cuero” y asegura que “nada tiene un precio definido, todo depende de quien lo compra y qué valor le asigna”.

En este sentido, Juan recuerda que en una exposición en San Isidro, alguien le preguntó por el precio de una obra, y él, que no quería venderla, le fijó un costo mucho mayor. Pero la persona, lejos de desistir, se lo compró igual”.

Aranda reflexiona que “no tengo horarios fijos para esto, en el arte no hay tiempo, la inspiración aparece o no, es lo mismo el escritor o el dibujante”, cuenta que está terminando un caballo en quebracho, y que le encargaron un Buda en madera guayacán, que le traen desde Formosa.

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El sueño de esculpir a un Jesús de tamaño natural

Respecto a su inclinación por el arte, Juan asegura que “mi gran influencia fue mi hermano mayor, que fue artesano, carpintero y escultor en madera, además de coleccionar armas blancas de todo el mundo. Yo empecé haciendo pintura y escultura al mismo tiempo, me fui puliendo y me especialicé en temas bíblicos, mitológicos y en naturaleza”.

El sueño de Juan, según nos cuenta, es hacer una escultura de Jesús de tamaño natural, pero aclara “sería con maderas ensambladas, ya que si se hace en un solo tronco tiende a hincharse, y lo haría con un gesto de amor, y con las manos extendidas”.

Aranda realizó varias muestras colectivas, en diversas galerías, en la Fuerza Aérea y hasta en Cuzco, en Perú, y recibió una distinción en la Tercera Bienal de Arte de San Telmo, asegura que “me gusta trabajar en especial con el quebracho colorado, es una madera dura pero muy noble para cincelar” y calcula haber realizado unas 200 obras, pero reconoce que “ahora no expongo casi, porque implica mucha movida para organizar todo”.

Como reflexión, Juan reconoce que “el boxeo fue una buena experiencia, pero es muy duro, muy pocos llegan, y hay que cuidarse en todo, porque siendo joven uno se descarrila y nadie te ayuda a salir” y completa que “es un arte, porque se juega la estrategia de defensa, y aunque debe protegerse más al púgil, no creo que haya que prohibirlo, entre otras cosas porque nos dio grandes campeones, aunque ahora no pase por el mejor momento”.

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