Hoy, como tantas otras, tres madres vivenciarán de un modo especial esta jornada impregnada de cariño porque el rol que cada una encarna como mamá se ha visto potenciado por las pruebas impuestas por el destino que las acercó a la condición de distintas. De elegidas.
Una es Rosa Arrada, mamá de Dylan Luis González Arrada, un chico de 14 años que padece parálisis cerebral agravada con otras complicaciones, que libra una batalla para que la municipalidad de Esteban Echeverría solucione los problemas de la calle de tierra en la que vive ya que se torna intransitable después de cada lluvia intensa.
Dylan tiene internación domiciliaria y requiere de constante atención médica que a veces pueden convertirse en urgencias. Por eso Rosa decidió darle todas y cada una de sus horas a su hijo, para atenderlo y cuidarlo en el marco de una relación madre-hijo que emociona.
Graciela Pera es otra de las tantas madres ejemplares que en su caso sufrió la más atroz de la heridas: la causada por una bala de no impactó sobre su carne pero sí sobre la de su hijo Matías Díaz, asesinado hace diez años, cuando el chico tenía 21. Graciela se recompuso del dolor y se convirtió en una impensada asistente del fiscal que llevó la causa del crimen y que por las suyas, con persistencia de madre, hurgó en la villa El Garrote de Tigre hasta dar con los responsables de la muerte de Matías y lograr que los condenen en juicio.
Por último, Adriana Deibe es otra madre que concibió seis hijos, pero con el corazón, el día que en 1998 con su marido decidió adoptar a seis hermanitos de entre 3 y 10 años que habían quedado huérfanos. Adriana, maestra jardinera y que está por concluir su segunda carrera universitaria, inculcó junto con el amor y dedicación la impronta del estudio, el sacrificio y deseo constante de progresar.
Rosa tiene 45 años y en su casa de la calle Río Bamba, en El Jagüel, destina todo su tiempo a Dylan, que desde la silla de ruedas especial que ocupa, responde con sonrisas y caídas de ojos a los mimos que le brinda su madre. "Me encante ser mamá" confiesa Rosa, quien refiere a su hija mayor, Nadia, como "un sol"' que también cuida y ama entrañablemente a su hermano. "Cuando me junté con Luis -su pareja a la que también valora no solo por su habilidades de herrero sino por su buen rendimiento a la hora de planchar, lavar y cocinar- lo hice para ser madre".
Para no apartarse de Dylan, que nació con parálisis cerebral pero que vio agravado su cuadro cuando en 2008 sufrió una hidrocefalia bilateral que derivó en la internación domiciliaria que tiene, Rosa teje en su casa para marcas importantes. "Le pongo a Dylan los ovillos que uso para tejer entre sus manos para que sienta la textura de la lana y el hilo, y así -puntualizó- los dos compartimos el trabajo y nos damos compañía".
"Siempre estamos juntos, salvo que tenga que hacer algo extraordinario fuera de casa" señala mientras destina otra sonrisa a su hijo con quien comparten en el fondo de la vivienda la lluvia de pequeñas hojas que se desprenden del ciruelo.
"Tengo que estar bien porque la mía es una responsabilidad muy grande: justamente estar bien para Dylan" para atenderlo como lo viene haciendo desde el día que hace ya 14 años un médico en el hospital me dijo: "mamá, tu nene es especial".
A partir de ahí leyó mucho y aprendió, como le explicó una neuróloga, que el chiquito iba a ser lo que ella le enseñara. Y en eso puso la vida. "Todos los hijos algún día se casan o se van de la casa; el mío no y esa es la única diferencia", remata Rosa.
m A Rosa le preocupa cómo amanece Dylan cada día y que si llueve, no se inunde la cuadra en que viven por si tiene que ir algún médico de urgencia.
"No vayas a poner en la nota madre coraje o algo por el estilo porque eso no me gusta", advierte casi a modo de ruego Graciela Pera, en la que fue su primera experiencia mediática, sin saber que su pedido planteaba una dificultad para contar su caso. ¿Con qué palabra podría entonces ser definida la valiente tarea, no menos tortuosa, que esta mujer hoy de 55 años encaró para bucear entre silencios y complicidades perversas para dar con los responsables de la muerte de su hijo.
Matías Díaz, de 21 años, fue ultimado en ocasión de un robo perpetrado a un local comercial del padre de un amigo del chico, en San Fernando, donde la víctima trabajaba, cuando uno de los dos delincuentes que perpetraron el hecho se extralimitó en el uso del arma que portaba para amedrentar.
Tras el asesinato ocurrido el 19 de marzo de 2004, Graciela emprendió sin que su marido y su otro hijo se enteraran, una búsqueda frenética para ubicar quienes habían sido los asesinos, rastrearlos en la villa El Garrote, de Tigre, y finalmente ponerlos en manos de la justicia.
"La vida puede cambiar en una milésima de segundo. Lo aprendí el día que nos llamaron del hospital y al llegar ví como Matías era sacado sobre una camilla metálica rumbo a la morgue. Me acuerdo que me paré delante de una mujer que estaba para sacar un turno y le dije desesperada: me mataron a mi hijo", rememora con voz entrecortada.
Graciela entendió que si quería justicia, debía colaborar con el fiscal y emprendió una tarea investigativa por cuenta propia que la llevó a conocer a los asesinos y sumar pruebas a raudales que, presentadas en juicio, significaron una condena de 18 años de prisión para Damián 'Negro' Fernández y de 17 a Carlos 'Chanín' Albermager. "'El que asesinó a Matías me pidió perdón, pero no se lo pude dar: mató a parte de mi vida", concluyó.
Los budines que Adriana Deibe cocinaba fue el primer elemento de medición aplicado para ver el cambio trascendental que significaba en su vida y la de su esposo Daniel, la decisión del corazón de adoptar a seis hermanos huérfanos. Sin embargo se adaptó a la nueva realidad y aquellos chiquitos que alegraron su reducida casa de Isidro Casanova, hoy son universitarios, profesores y profesionales que llegaron a esa realidad, obviamente bien alimentados.
El de la comida era una preocupación para Adriana que como toda madre que se precie de tal, se especializó en preparar kilos de milanesas y ollas repletas de guiso para que a los chicos no les faltara alimento. Pero la forma de nutrir sus seis hijos del corazón no fue solo en base a los platos de comida, sino a los preceptos espirituales y éticos que Adriana siempre les transmitió a los seis.
"Ellos está anotados con el apellido de sus padres, que fallecieron con poco tiempo de diferencia uno de otro, y el nuestro porque quisimos que mantuvieran su identidad", apuntó Adriana, de 50 años, que cuando tenía 34 se enteró en el jardín de infantes donde trabajaba de los seis hermanitos que residían en Colonia Esperanza, en Casanova.
"No soy un ejemplo de nada porque tengo mis errores pero como en la vida se trata de aprender, lo voy haciendo", subrayó quien encuentra en Nuestra Señora de Guadalupe una ayuda fundamental.
"El día que tuvimos en los tribunales de Laferrere una audiencia por la adopción definitiva de los chicos -precisó- justo delante nuestro había una imagen de la Virgen que al mirarla, me confirmó que aquello que tanto queríamos era lo que tenía que ser".