Apasionados por el arte, Antonio y Leo Simavorian, padre e hijo, encontraron en la poesía y la música su modo de expresión, pero además, hace seis años generaron un espacio cultural en Monserrat donde la sorpresa es una moneda corriente.

Hay espacios que parecen destinados inevitablemente a ser un reducto donde la cultura y las expresiones artísticas tienen un lugar fundamental. Y esto no es casual, sino que deviene del clima y la interacción que se va generando entre quienes ofrecen ese espacio y quienes acuden a buscar algo diferente a lo habitual.

Puede decirse que en la casa de los Simavorian siempre se respiró arte. Tanto Antonio (70), el padre, como sus hijos Leo (38) y Mariana sintieron ese llamado y lo canalizaron a través de distintas expresiones del arte. Y junto a ellos, siempre presente, la esposa de Antonio, Ana, acompañó y lo sigue haciendo cada uno de esos pasos.

Desde hace seis años impulsores de La Trama Espacio de Creatividad, un bar que trasciende largamente la misión de expendio de bebidas y comidas para transformarse en una ventana abierta al arte en sus distintas formas, y ubicado en la esquina de México y Luis Sáenz Peña, en pleno barrio de Monserrat, Leo y Antonio, padre e hijo, cuentan su historia y sus raíces, esas que los llevaron a este emprendimiento que tienen hoy y que tantas satisfacciones les da, según aseguran.

Nieto de una familia armenia que, como tantas otras, debió exiliarse para sobrevivir a la masacre turca, Antonio cuenta que su padre nació en Marsella y años más tarde se vino a la Argentina. Allí conoció a su esposa, en la provincia de San Juan, que también tenía la misma ascendencia y se vinieron a la Capital.

Nacido en el barrio de Pompeya, Antonio señala que “desde chico me atrajo la vida simple del barrio, y el tango, género que mis viejos adoraban, y recuerdo que en una bicicletería conocí fugazmente nada menos que al Polaco Goyeneche” y señala que “si bien me siento muy porteño, quizás heredé algo de esa melancolía y sensibilidad del armenio por su destierro, que también está en el tango”.

Antonio destaca que “desde chico me encantó leer, recuerdo que me hacían leer el libro Corazón, de De Amicis, y se lo leía a mis compañeros, tanto que años más tarde en el subte me encontré con uno de ellos, y lo primero que me dijo fue que se acordaba de mis lecturas en esos años”.

Destaca que “soy autor de varios libros de poemas y ensayos, el último es reciente y se llama La Arena y los Sueños, y durante años trabajé como jefe de promoción de editoriales educativas como Estrada y Kapelusz, y colaboré en distintos medios culturales con notas o poemas ”.

Antonio es licenciado en Letras, y una de sus alumnas más seguidoras, diez años menor que él, con el tiempo se convirtió justamente en su esposa Ana. Y aunque actualmente tanto padre como hijo viven cerca, en la zona de Parque Chacabuco, durante más de 15 años fueron propietarios de un maxikiosco en Valentín Alsina, cercano a la Casa de Cultura de esa ciudad y de la Biblioteca Popular Sarmiento.

En ese sentido, Leo cuenta que “yo también tuve desde chico inclinación por el arte, en mi casa se escuchaba desde Beethoven hasta Troilo, Silvio Rodriguez y Beatles, se leía poesía, veíamos cine y mi viejo participaba en encuentros de poetas” y relata que “después del secundario empecé a estudiar Analista de Sistemas en la UTN, tenía facilidad con las matemáticas y la computación, pero sentí luego que no era lo mío, porque me tiraba más lo social y lo cultural”.

Leo siguió durante un tiempo Ciencias de la Comunicación, pero paralelamente también estudió guitarra. “Siempre me gustó la música,y al final dejé comunicación, para iniciarme en la EMPA de Avellaneda, tarea que realicé mientras ayudaba en el maxikiosco de Valentín Alsina, que se llamaba El Toti, porque al viejo le decían así, y se convirtió en un lugar referencial de la zona”.

Recitales de todos los géneros

Según explica Leo, “nuestro bar está abierto de martes a sábado, y si bien abrimos a las 17, nunca sabemos cuando cerramos, porque pueden pasar muchas cosas, como que vengan de visita Juan Falú o Luis Salinas y se suban al escenario, también vienen algunos políticos a quienes les gusta la cultura y por aquí desfilan desde Rudi Flores hasta la querida Marita Monteleone, locutora y cantante, o una guitarrista alemana, Regina, que interpreta a Yupanqui”.

Antonio recuerda que “una vez vino una chica francesa a ver los shows (que además, son todos ‘al sobre’, una especie de ‘gorra’) y fue al baño, no la vimos más. A los 5 minutos aparece un mimo que pide ir al escenario y se puso a hacer un show, era ella, que se había caracterizado”.

“Todos los días - señala Leo - hay recitales de todos los géneros, jazz, rock, tango, folklore, algunos programados y otros improvisados, especialmente los martes, días de show libre, donde puede venir un músico, un poeta o alguien a contar algo”.

Amplía que “Antonio oficia muchas veces de animador, presenta a los artistas, lee poemas o escritos, y además, es el creador de los exquisitos fatay que ofrecemos a quienes vienen, y que incluye también platos con toques armenios o italianos”.

Un espacio mágico para el arte y la cultura

A partir de 2007, Leo Simavorian comenzó a tocar con un grupo de músicos, y siente que “fui creciendo como artista, yo canto, toco la guitarra, y hago tanto temas propios como de otros autores, del rock o latinoamericanos, en 2011 grabé un disco que se puede escuchar en las redes” y agrega que “también tuve una etapa de amor por el teatro, y estudié en El Tadrón, el San Martín y El Excéntrico”.

La historia de La Trama en realidad tuvo una etapa previa. Leo cuenta que “mi hermana Mariana es artista plástica, y hace varios años alquiló una casa en Independencia y Muñiz que se convirtió en un lugar de arte, bautizado La Vitrina, donde se dictaban talleres, ella hacía muestras propias y de otros, mi viejo armaba talleres de poesía y yo de música”.

Cuando merced a la burocracia oficial, que encontró un par de excusas, se clausuró el espacio, Leo, un tipo inquieto sin dudas, no quiso quedarse con la espina y comenzó a buscar lugares para armar algo parecido a lo de La Vitrina. Cuenta que “así llegué a esta casa vieja, de casi 100 años, que fue almacén de ramos generales y un negocio de ropa, me pareció que estaba muy bien ubicado, y decidimos alquilarlo”.

Al principio Leo se ocupó de todo lo organizativo, pero en unos meses, Antonio se jubiló, dejó el kiosco y se sumó a esta “patriada” que ya lleva casi seis años convertida en un espacio de participación e integración de distintas expresiones de arte, que se puede ver apenas se entra, con muestras rotativas de pinturas, afiches, cuadros, y retratos de referentes de la cultura argentina y universal, y por supuesto, un pequeño escenario que se convierte todas las noches en un lugar mágico.

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