La histórica reunión entre Kim Jong-Un y Moon Jae-In fue tomada con cautela y como un hecho más cargado de simbolismo que de certezas. Los antecedentes de 2000 y 2007 fracasaron

La reunión entre los líderes de Corea del Norte, Kim Jong-Un, y Corea del Sur, Moon Jae-In, fue celebrada en todo el mundo porque pone paños fríos a una región que se encontraba en ebullición en los últimos meses, especialmente por la escalada de violencia que significaban las declaraciones altisonantes del mandatario del país que está por encima del Paralelo 38 y Donald Trump, el presidente de Estados Unidos, al punto de amenazar con el desenlace de una guerra nuclear.

Sin embargo, y más allá del saldo positivo de la cumbre, existen precedentes de este tipo de asambleas de máxima relevancia que no concretaron el objetivo deseado de una paz duradera, por lo que este impulso, si bien es observado con satisfacción tanto en Occidente como en Oriente, lo concreto es que se toma con cautela, a la espera de los siguientes puntos en el proyecto.

Entre las pautas resaltadas se vislumbran la pretensión de detener las hostilidades por tierra, mar y aire que puedan causar tensiones y enfrentamientos militares, así como también lograr más conversaciones fluidas de la mano de una línea telefónica habilitada recientemente.

Corea del Norte y Corea del Sur Reunion

En tanto, tratando de debilitar un poco el choque ideológico entre ambas naciones, se estipuló la suspensión de la propaganda que se emite desde los dos lados con altavoces colocados en esa franja, la más militarizada del mundo, y el desmantelamiento de los equipos de sonido, en sintonía con otra herramienta que parece añeja pero no por eso menos efectiva: el lanzamiento de panfletos propagandísticos, que a partir de ahora se anulará.

Pero lo más importante corre por otros dos puntos, uno de vital trascendencia para el resto del planeta, y el otro que tiene como protagonistas a aquellos que sufrieron en carne propia el drama del conflicto a lo largo de más de seis décadas. Aquel radica en la premisa de deshacerse de las armas nucleares en la zona, algo que es señalado con cierto recelo por parte de los distintos líderes en Europa y EEUU, especialmente en lo concerniente a la actuación del jefe de Estado norcoreano. Y el ítem paralelo expone la idea de reanudar las reuniones temporales entre las familias separadas por la guerra estipulada entre 1950 y 1953, instancia que también cuenta con obstáculos palpables, más allá de las buenas intenciones.

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¿Por qué esa sensación que hace mella en el acuerdo reciente, pese a su notable importancia? Los antecedentes de 2000 y 2007, que no consiguieron la meta de la paz como se había señalado desde un primer momento, con varios avances y retrocesos en el interín.

El primer capítulo fue a mediados de año, apenas abría el Siglo XXI, sacando rédito del guiño del calendario para dejar en el olvido media centuria de tensión. La reunión, con sede en Pyongyang, fue entre Kim Dae-Jung, el presidente de Corea del Sur, y Kim Jong-Il, el padre del actual líder norcoreano. Y allí, en la denominada Declaración del 15 de junio, fecha en que concluyó la cumbre, se dispuso la promoción de la reunificación bajo la estructura de una confederación.

A su vez, tras una gran hambruna que azotó Corea del Norte a fines de la década del 90’, la asamblea sirvió para apaciguar los ánimos, buscando mejorar la situación económica con la ayuda del vecino del sur. Esa colaboración se enmarcó en la “Política del Amanecer” que le valió a Jung el premio Nobel de la Paz de ese año. En ese esquema también estaba rubricada la intención de volver a cruzar a familias distanciadas por el Paralelo 38.

Pero todo se trastocó cuando se dio a conocer que, para concretar la cumbre sin inconvenientes, se le concedía un pago de cientos de millones de dólares a Jong-Il. Para colmo, la preocupación por una guerra volvió a mostrar su fortaleza al poco tiempo, cuando Pyongyang realizó su ensayo nuclear en 2006.

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Dada esa situación de convulsión, y bajo la atenta mirada de Occidente, un año después se dio la segunda cita histórica. Pero también careció de argumentos sólidos como para concretar la calma deseada. ¿Por qué? De un lado estaba Roh Moo-hyun, y del otro, una vez más el Líder Supremo norcoreano. El puñado de ítems para avanzar en un acuerdo de paz que propiciara el desmantelamiento nuclear se desvaneció cuando cambió el gobierno en Seúl y tomó el poder el conservador Lee Myung-bak.

Desde ese momento no hubo manera de acercar posiciones, y mucho menos con Kim Jong-Un en escena, tomando la posta de su padre, pues le dio rienda suelta a la proyección atómica, aduciendo que es una fórmula de protección para evitar la intervención norteamericana.

Hoy el panorama es distinto, y, con el tiempo transcurrido, este tercer intento quizás sea la apertura de un ciclo que finalice con el armisticio de 1953 y se decrete, de una vez por todas, la paz. Quedan varios capítulos por delante para saber si el objetivo se sella, pero desde que inició 2018, con aquel discurso conciliador del jefe de Estado norcoreano, despejando el terreno tras una temporada de pura efervescencia, amenaza de cataclismo mundial mediante, este proceso de paz se vislumbra alentador para ambos lados del Paralelo 38.

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