Confeccionar una serie de reglas para evitar contagios en las diferentes actividades deportivas puede ser sencillo. Lo difícil es llevarlas a cabo, ya que mucho depende de la responsabilidad y conciencia de cada cual. ¿Cómo medir eso si no es con los tests? ¿Y cómo hacer para que mientras tanto el boxeador pueda sobrevivir a semejantes protocolos sin antes haber obtenido un peso durante todo el año?

Esta semana irrumpieron varios protocolos en el boxeo, tanto nacional como internacional. El de la FAB y la AMB fueron algunos de ellos.

El CMB ya había anunciado el suyo hace un par de semanas –apuntando a reiniciar la actividad en junio-, donde lo más novedoso es que los jueces fallen los combates desde sus casas con una aplicación especial, con sonido ambiente, pero sin el relato y comentario de periodistas. Y que un supervisor recoja su puntuación y la vuelque en una planilla tras cada asalto.

Pero eso protege a los jueces. Y a los demás de ellos. No a los boxeadores.

El de la FAB tiende más a apuntar a la vuelta a los gimnasios y entrenamientos. Algo similar ocurre con el de la AMB, con adaptabilidad a cada realidad territorial y respetivas restricciones sanitarias de los mismos.

Tanto uno como otro se divide en 5 fases. Pero nos enfocaremos en el nuestro, que por ahora es el que interesa:

1. Entrenamiento en el aislamiento.

2. Regreso a la formación en instalaciones públicas/gimnasios: a) Nivel I - sin contacto. B) Nivel II - con el entrenador. C) Nivel III - Contacto limitado dirigido.

3. Volver al entrenamiento en instalaciones públicas/ gimnasios.

4. Eventos cerrados / Competencias.

5. Eventos/competencia con público en vivo.

Sería ocioso publicar todo el protocolo aquí, ya que además, gran parte de él es repetitivo y similar a lo conocido contra el COVID-19. Ya se sabe: la higiene, el distanciamiento, la ropa, los traslados y transporte público, los síntomas (fiebre, tos, dolores corporales) y los cuestionarios.

Muchas reglas, meticulosas, que a veces se respetan y otras no, porque uno se olvida, o la situación apremia, o porque no están al alcance en ese momento. La exageración atenta contra la practicidad y a veces las vuelve infructuosas.

¿Se imaginan si a esto se le agrega una actividad deportiva, y una tan particular como el boxeo, que es de contacto físico por excelencia?

Desinfectar cada elemento a cada rato -ya sea por round de pelea o entrenamiento-, calzado, guantes, guantines, manoplas, vendas, cabezal, cuerdas, bolsas, puchingballs, ring, sogas, pesas, bucales, coquillas. La entrada y salida de púgiles y entrenadores, de público de boxeo recreativo, de algún que otro mánager o dirigente. El personal de control. Todos potenciales portadores. Hoy se invirtieron las leyes de presunción de inocencia: “todos somos sospechosos hasta que se demuestre lo contrario”.

Por eso se pide en el protocolo un sólo entrenador por turno, pero a la vez se le exige a él toda la tarea de desinfección, cosa que debiera hacer un batallón de personas debidamente equipadas, si es que realmente se lo quiere hacer bien. Un DT no está apto, ni preparado en su formación para eso. No es y nunca fue su tarea. Más bien al contrario.

En nuestro país al menos, el boxeo y su entrenamiento se quedó en la década del ’40, en el mejor de los casos la del ’60, a lo Rocky Balboa. A lo salvaje. Cuanto más, mejor.

Siempre se asoció al boxeo y su entrenamiento con lo precario, lo pobre, lo sucio. Más se sobrepone el hombre a las inclemencias del lugar, la escasez y falta de recursos, mejor preparado para la “guerra”, el combate, el sufrimiento.

Se lo suele ver en los festivales vernáculos (vestuarios, gimnasios, clubes de barrio), y contrasta con lo que se observa en países del “primer mundo”, tanto europeos como yanquis, donde todo semeja más a hotel 5 estrellas y modernismo, es decir, más al entrenamiento de “Iván Drago” que al de “Rocky”.

De pronto, de la noche a la mañana, además de todos los protocolos urbanos que bastante nos cuesta respetar (distancia social y el molesto barbijo), se agregan los de cada actividad en particular de pulcritud e higiene, con algunos agregados como por ejemplo: prohibido matear, tomar agua de cualquier botella (cada cual con sus elementos personales), y lo que es peor: salivar y expulsar secreciones de nariz o boca, salvo que sea en un recipiente aparte o en bolsa de nylon, que el DT deberá administrar, para luego descartar junto a otros desechos. La nariz sonársela en pañuelos descartables de papel, deteniendo el entrenamiento. ¿Con los guantes puestos?

Nadie discute el protocolo, que parece lógico. Pero pensar que un boxeador, por su tipo de práctica, por su cultura y costumbres tradicionales forjadas en toda una vida, se adaptará inmediatamente a eso, es una utopía. O es desconocer la naturaleza del boxeador y la necesidad natural de estas acciones, que surgen espontáneamente.

A esto se le suman los tests previos, que en definitiva son los que determinarán el sí o el no. El protocolo es para evitar contagios, que pueden suceder en cualquier otro lugar. ¿No debiera ser eso responsabilidad de cada cual?

No se puede controlar a una persona 24 horas. Pensar que todos respetarán al pie de la letra, es una inocentada. Pero la hora de la verdad llegará solamente cuando se aplique el test. ¿En ese caso, no se resumiría todo a eso?

El tema es que esto tendrá vigencia nada más que por 20 días. ¿Tanta historia por 20 días?

Pero lo curioso es que todos los protocolos son con relación al proceso previo a una pelea, a los actores de reparto, personal, médicos, autoridades, público, cámaras, etc. ¡Pero en ninguno se habla de la pelea en sí, donde verdaderamente está el máximo riesgo al intercambiar sudor, saliva, sangre, mucosa y respiración!

Se supone que si hay pelea –TyC Sports dijo puertas adentro que podría pensarse recién para octubre, no antes- es porque todo lo demás estuvo ok y no hay contagios. ¿No bastaría con pasar el chequeo antes de subirse al ring? Porque lo demás son recomendaciones para la salud.

Es que por más que se vuelva a los entrenamientos y se cumplan las fases, ¿de qué vive el boxeador mientras tanto? Ni al DT, ni al púgil, ni al resto de los intervinientes les pagan para entrenar. Y más que entrenar, primero necesitan comer. Luego, plata para viajar todos los días. ¿Por qué no habilitar peleas locales aunque sea, sin dar tantas vueltas previas, autorizando la práctica “clínicamente”? Nadie se va a contagiar en la pelea si todos suben sanos. Y si el virus está en todas partes –como creen algunos-, no habrá protocolo que valga.

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