Continúa haciendo goles de todos los colores. Goles decisivos, como el que le marcó a la Juventus sobre el cierre del partido de la Champions después de ejecutar un penal que no existió. Pero a pesar de ser un especialista brillante, no es un creador. No inventa. Es un jugador de diseño. Un auténtico crack del sistema que necesita exhibirse para vender su producto consagrado al universo de la imagen.          

Cristiano Ronaldo es un jugador impactante. Porque son de alto impacto los goles que en cantidades industriales convierte. O los golazos que convierte. Pero esto no significa que sea un creador. No lo es. Un creador es el que improvisa e inventa partido tras partido. Ronaldo no improvisa ni inventa, aunque sea un auténtico crack del sistema.

Por eso de ninguna manera alcanza o se acerca a la estatura de los verdaderos genios del fútbol de todos los tiempos, como Pelé y Maradona, por citar dos casos notables. O Messi inclusive. En ese universo de la imaginación creativa lo superó el otro Ronaldo. El brasileño. El Gordo que en su etapa de plenitud futbolística era flaco. Y que otro Flaco como Menotti siempre le criticó cierto perfil individualista.

A sus 33 años el portugués Cristiano Ronaldo, en cambio, más allá de su eficacia demoledora que sigue intacta (en Sporting de Lisboa, Manchester United y Real Madrid conquistó 570 goles en 755 partidos), el mundo del fútbol naturalizó su mirada egoísta.

Se podrá sostener desde la obviedad que Ronaldo juega para el equipo porque los goles que hace los computa a favor la camiseta que defiende. Pero cualquier conocedor más o menos filoso del juego sabe que Ronaldo juega solo para él. Para la búsqueda exclusiva de su lucimiento. Para su vanidad nunca colmada. Para sus goles. Para sus promedios. Y para satisfacer la necesidad existencial de verse en cualquier registro mediático.

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Ese nivel altísimo de exhibicionismo que revela Ronaldo, como por ejemplo lo plasmaron las postales del gol decisivo del penal (que no fue penal) que le convirtió el pasado miércoles a la Juventus por los cuartos de final de la Champions, quizás también es el mismo exhibicionismo sin freno que delata la sociedad.

Allí, en ese territorio vinculado y consagrado a la imagen, Ronaldo expresa una de las pulsiones de la sociedad moderna. El es un intérprete y un emergente perfecto de este tiempo. Porque no grita los goles como un suceso siempre irrepetible. Los grita, los edita y los festeja elaborando el show sin camiseta para vender, sin sutilezas, el producto Ronaldo. Para vender su imagen. Para vender sus abdominales. Para que los flashes digitales que se multiplican por millones y millones eternicen su figura de jugador de diseño. Jugador del sistema, en definitiva.

Ronaldo encarna como nadie ese biotipo de jugador construido en un laboratorio. Esa estructura de poder futbolístico. Ese inconsciente colectivo de querer ser por un día como él. Y ganar el dinero que gana él haciendo lo que más le gusta hacer. Como una celebridad del pop blandito que nunca deja ningún mensaje valioso.

Claro que hay que ser tan letal y quirúrgico frente al arco rival como lo es Ronaldo. No es el único que ha vivido y vive para el gol. Pero quizás es el único que espera el gol para revelar la verdadera dimensión de su personalidad. Su instinto. Su prioridad. Y la desesperación indisimulable de mostrarle al otro que está en todas partes, que es superior. Y que es el mejor, aunque el mejor de estos años sea Messi.

La puesta en escena cinematográfica del gol agónico a la Juventus deja ver para quien juega Ronaldo. Todo lo demás le sirve para alcanzar ese momento.

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