Como la vara de exigencia era baja y la incertidumbre alta, los primeros pasos son vistos con mayor piedad. A todo esto el nuevo presidente tiene que atravesar dos grandes tensiones: la tensión económica y la política

Teniendo en cuenta que Alberto llegó al poder por Cristina, que él nunca fue líder de un espacio político y la gravedad de la crisis económica que debía enfrentar, era un misterio ver cómo se iba a desenvolver. Porque una cosa es ser el gran consejero, y otra muy distinta ponerle el cuerpo a las esperanzas y fastidios de la sociedad.

A una gestión no se la puede juzgar solamente por el grado de simpatía o antipatía que despiertan sus primeras medidas. Ni tampoco es tan lineal que la gente se sienta alegre con la demagogia y la mentira, y molesta con el esfuerzo y la verdad. Las sociedades contemporáneas son mucho más complejas que eso, para bien y para mal. Si fuese todo automático y fácilmente deducible, los consultores no tendríamos oportunidades laborales.

Por eso lo primero es desentrañar con qué ánimo mayoritario la ciudadanía recibía a Alberto. ¿Con grandes expectativas de soluciones rápidas y fáciles? ¿O comprendiendo que la herencia recibida era muy compleja y además no tendría viento de cola internacional? Pues el denominador común antes de asumir iba por este segundo camino. Eso hace que la vara de exigencia a Alberto sea baja, lo cual lo favorece claramente: cualquier pequeño logro llevará a pensar que va por el camino correcto.

Si la vara es baja y la incertidumbre alta, los primeros pasos son vistos con mayor piedad. Eso es lo que está sucediendo. A nadie le agrada tomar un remedio amargo. Pero ahí incide la percepción sobre la variable tiempo: ¿se puede solucionar rápido lo que lleva desarreglado tantos años? No. La gente no es tonta. Pasa en todos los gobiernos desde el 83 a la fecha. Por eso la luna de miel no dura solo 100 días. Depende mucho de cómo el protagonista configure los parámetros por los cuales se lo debe evaluar. A Macri todavía se achaca el error de no querer hablar de "la herencia recibida". Alberto no iba a cometer el mismo fallo.

A todo esto el nuevo presidente tiene que atravesar dos grandes tensiones: la tensión económica, obviamente, y la tensión política de un frente que se conformó para ganar la elección y dónde él es la cara visible, pero no el accionista mayoritario.

En ese marco, Alberto arrancó razonablemente bien. Marcó agenda de entrada, es sin dudas el gran protagonista del momento político, no está opacado por la luz de Cristina, tomó decisiones difíciles, no tuvo gestos de indisciplina internos, no tuvo afrentas de los principales actores (sindicatos, empresarios, movimientos sociales), ni siquiera del campo pese a las retenciones, está logrando un beneplácito de los mercados y el FMI, no tuvo grandes desprolijidades en política exterior y trata de calmar las aguas mediante dosis de diálogo en situación de conflicto. Sobre esa base sacó adelante en tiempo record las leyes de emergencia que representan un gran ‘sapo’ a tragar, sin gran alboroto de la oposición, y con algún guiño de los gobernadores radicales. Para ser el primer mes no está nada mal.

Por el lado negativo se nota que llegó con bastante improvisación en la conformación de equipos, pese a que podía estimar que iba a ser el próximo presidente 4 meses antes de asumir. Finalmente balcanizó el área económica por necesidad más que por convicción: el gran ministro nunca apareció. Este último aspecto tarde o temprano va a traer problemas de coordinación que conspiren contra el éxito del plan de emergencia (como sucedió con el precio de los combustibles). En varias áreas se tomó 3 semanas para definir segundas y terceras líneas importantes. Por eso, más allá de lo que pasa en la superficie, el mundo de la política y la empresa siente que todavía la gestión no arrancó, aunque más no sea porque les cuesta saber con quién empezar a hablar. O porque iniciaron un intercambio con personajes que finalmente fueron vetados.

Poner una nota siempre es odioso. Nadie se sacaría un 10 frente a este escenario. Como se ocurre en la educación contemporánea, hay que evaluar el proceso y no solo el rendimiento en un examen puntual.

(*) Carlos Fara - Consultor político

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