Frente a la ira, podemos tener tres tipos de actitudes: la expresamos, la reprimimos o la controlamos y transformamos. Expresarla significa exteriorizarla con alguna acción, desde gritos hasta golpes. Lamentablemente cuando decidimos exteriorizarla, la fortalecemos y esto no es bueno ni para nosotros ni para quienes nos rodean. Si la reprimimos, no la eliminamos, con lo cual corremos el riesgo de acumular enojos y que las consecuencias sean peores. Esto puede tener consecuencias físicas para nosotros, podemos enfermarnos y también puede resultar en un estallido muy violento y lastimar también a los demás.
Manejar la ira significa reducir el sentimiento incontrolable. Muchas veces nos es imposible terminar con los motivos que provocan nuestra ira personas o situaciones inevitables, pero podemos controlar nuestras reacciones. Todas las personas deberíamos aprender a controlar la ira, para vivir en armonía y tranquilidad junto con las personas que nos rodean.
El estrés ataca Si cuando suceden situaciones estresantes en el trabajo solemos trasladar el enojo a otros ámbitos de la vida como la familia o amigos, no estamos teniendo un control de la ira.
Un carácter descontrolado nos traerá más problemas, hacer un esfuerzo y dejar de lado las excusas "soy así".
Ver si hay un patrón para que aparezca la ira.
Buscar una alternativa a la interpretación que hicimos de los hechos. A veces vemos peores a las situaciones de lo que en realidad son.
Detenerse un momento. Respirar profundo. Prestar atención a la respiración, no hacerlo de manera automática.
Contar hasta 10 antes de dar cauce a un estallido de ira.
Pensar cuando estemos más calmos para luego actuar.
Expresar las enojos de un modo asertivo, no agresivo sino de manera respetuosa, es la manera más sana.
Expresar el enojo tan pronto cuando se sienta el malestar. Así se evitará la acumulación y suma de enojos.