Vivió sólo veintiún años, pero es una de las santidades más fuertes e imponentes del cristianismo. Defendiendo su fe sufrió los peores tormentos, hasta la muerte; sin embargo, pocos minutos antes de morir -un 13 de diciembre- hizo su último milagro
Santa Lucía nació en Siracusa, Italia, aproximadamente en el año 283. Sus padres, que eran nobles y ricos, la educaron en la fe cristiana. Ella era muy pequeña cuando falleció su padre, y poco tiempo después se consagró a Dios, aunque mantuvo en secreto su voto de virginidad.
La leyenda cuenta que su primer acercamiento religioso de impacto sucedió un día en el que le recomendó a su madre Eutiquia, que sufría de unas dolorosas hemorragias, que fuera a Catania a orar ante la tumba de Santa Agata, la cual protegía a quienes sufrían esos males. Milagrosamente, dicen, su madre sanó.
Pero los votos de castidad de Lucía se verían amenazados cuando su progenitora la exhortó a contraer matrimonio con un joven romano, de origen pagano, y fue allí cuando la joven le confesó sus deseos de acercarse a Dios a su mamá que, luego del milagro que curó su salud, no tuvo otra opción que aceptar la decisión de su hija.
Sin embargo, como explica la organización corazones.org, el pretendiente de Lucía se indignó profundamente y delató a la joven como cristiana ante el pro-cónsul Pascasio, en plena época de furor a los cristianos por parte del emperador Diocleciano
El comienzo del martirio
Tras la denuncia del despechado y cobarde pretendiente, la verdadera tragedia comenzó a gestarse: Lucía fue detenida y llevada ante el juez que la intentó convencer de mil maneras para que renunciara a la fe cristiana. Todo fue en vano, Lucía respondió firmemente: “Es inútil que insista. Jamás podrá apartarme del amor a mi Señor Jesucristo”.
Esta declaración sorprendió al juez que, luego de mantener un breve silencio ante un clima muy tenso donde el aire podía cortarse con cuchillo, le preguntó: “Y si la sometemos a torturas, ¿será capaz de resistir?”.
La jovencita, sin dudar, le contestó que sí, y agregó sin vueltas que “los que creemos en Cristo y tratamos de llevar una vida pura tenemos al Espíritu Santo que vive en nosotros y nos da fuerza, inteligencia y valor”.
El juez llegó a lo más bajo y llegó a amenazar a Lucía con llevarla a una casa de prostitución para someterla a la fuerza a la ignominia, pero ella le apuntó que “el cuerpo queda contaminado solamente si el alma consiente”.
Esta respuesta de Lucía llegó a ser tan importante luego de siglos para la Iglesia católica que hasta el teólogo más importante del cristianismo, Santo Tomás de Aquino, la analizó a fondo y llegó a admirarla enormemente. Es que lo que dijo la joven, según Santo Tomás, corresponde a un profundo principio de moral: no hay pecado si no se consiente al mal.
El mito se presenta
El juez ordenó que se trasladara a Lucía a un lupanar para que sea vejada su virginidad, pero la sentencia no se pudo llevar a cabo. Según cuenta la historia, una fuerza sobrenatural, atribuida a Dios, impidió que los guardias pudiesen mover a la joven del sitio en que se hallaba.
Entonces, los verdugos procedieron a un plan B: intentaron quemarla en la hoguera, pero también fracasaron. Finalmente, la decapitaron. En ese momento perdió la vista, pero antes de morir la volvió a recuperar, he aquí la razón por la cual la llaman la patrona de los ojos.
Aun con la garganta cortada, la joven pronunció unas “profecías” contra sus verdugos y siguió exhortando a los fieles para que antepusieran los deberes con Dios a los de las criaturas. Los compañeros de fe, que estaban a su alrededor mientras era martirizada de tal modo, sellaron su conmovedor testimonio con la palabra “amén”.
Su muerte, luego de la sanguinaria tortura, ocurrió minutos después, el 13 de diciembre del año 304. Aunque no se puede verificar la historicidad de las diversas versiones griegas y latinas de las actas de Santa Lucía, está fuera de duda que, desde antiguo, se tributaba culto a la santa de Siracusa. En el siglo VI se le veneraba ya también en Roma entre las vírgenes y mártires más ilustres.
Cuando ya muchos decían que Santa Lucia era pura leyenda, se probó su veracidad con el descubrimiento, en 1894, de la inscripción sepulcral con su nombre en las catacumbas de Siracusa. Su fama puede haber sido motivo para embelesar su historia, pero no cabe duda de que la santa vivió en el siglo IV.
El nombre de Lucía significa “luz”. Dante Alighieri, en la Divina Comedia, atribuye a Santa Lucía el papel de gracia iluminadora.
El culto al cadáver
Según la Enciclopedia Católica, Sigebert, un monje de Gembloux, cuenta en su “sermo de Sancta Lucia”, que el cadáver estuvo 400 años en Sicilia antes que Faroald, Duque de Espoleto, capturara la isla y se llevara el cuerpo a Corfinium, en Italia. En el año 972, Otto I se lo llevó a Metz y lo depositó en la iglesia de San Vicente. Fue allí donde le arrancaron un brazo para ser llevado como fetiche al monasterio de Luitburg, en la diócesis de Spires.
En 1040 el resto del cadáver fue llevado a Constantinopla, donde estuvo hasta el año 1204 cuando los franceses, en la Cuarta Cruzada, lo encontraron en esa ciudad. El Doge de Venecia se lo llevó al monasterio de San Jorge, en Venecia.
En el año 1513 los venecianos le quitaron la cabeza al cadáver y se la dieron al rey Luis XII de Francia, quien la depositó en la iglesia catedral de Burgos. Otra historia cuenta que la cabeza fue despedazada cuando el cadáver se encontraba en Corfinium.
Hoy, la parte más grande del cadáver está expuesta al público en un sarcófago de vidrio atrás del altar de la iglesia de las Santas Geremia y Lucia, en Venecia. Allí le prenden velas y le piden favores.
En el año 1955, el cardenal Roncalli, más conocido como el papa Juan XXIII, le hizo confeccionar una máscara de plata. La mano y los pies del cadáver son visibles.
El 7 de noviembre de 1981 dos pistoleros sicilianos robaron el cuerpo de Santa Lucía. Más tarde, el cadáver fue devuelto a tiempo para su fiesta del día 13 de diciembre.