El primer concepto sobre El Sacrificio, el flamante y especial nuevo trabajo de Fito Páez, lo aporta el propio artista al definirlo como "un disco de canciones malditas, es casi como mi álbum negro...; es un disco poco amable que reúne canciones sórdidas que compuse entre 1989 y 2013".
El segundo lo entrega el cronista y se apoya en algunos interrogantes casi obvios: ¿qué lo llevó a excluir cada una de estas nueve obras (el CD reúne diez temas, nueve escritos por el rosarino y uno, La Puta Diabla, por Feliz Ure) de los discos que registró en su momento? y si fue por una cuestión de gusto, ¿por qué reunirlas ahora en un álbum que tiene de especial el hecho de que puede bajarse digitalmente de iTunes y que, además, el artista regaló a quienes fueron a verlo al Luna Park para los shows de festejos por los veinte años de El Amor Después del Amor, su obra magna?
Sea cual fuere la respuesta, lo bueno es que El Sacrificio es otra muestra de la amplia paleta de historias que surgen de la pluma del rosarino quien, a sus flamantes 50 años, sigue sorprendiendo y seduciendo con sus canciones y sus ideas originales (por recordar una: Canciones para Aliens, su anterior álbum de estudio editado en 2011, fue puesto en el espacio exterior gracias al Museo del Espacio de la UNAM).
Aun yendo a contramano de las leyes no escritas que exigen una idea madre para grabar un disco, El Sacrificio ofrece momentos valederos y es una obra que lleva ciento por ciento la marca de fábrica Páez, pese a necesitar 14 años para ser grabado y que por dichos registros haya pasado un variado seleccionado de músicos desde Pomo, hasta Gonzalo Aloras, pasando por Diego Olivero, el Bolsa González, Ana Alvarez de Toledo y Guillermo Vadalá, entre otros.
Desde el arranque con la canción que da nombre a la placa, un tema que bien podría haber integrado Tercer Mundo (1990), hasta El Dolor (donde Fito recuerda a Roberto Vicario y recita unos versos sobre una dulce melodía), pasando por los aires funkies de No la Chingues Buey" (relato descarnado sobre ciertas traiciones, escrito en sus tiempos de apego a la cocaína) e Inglaterra.
Destaca además los toques folklóricos de El Mal Vino y la Luz; esa especie de rap sobre una base electrónica llamado Guerra de Luz; la hermosa balada de amor Esto Podría Haber Sido una Canción; y Mouchette, una bossa nova que no hubiera sonado extraña de haberla incluido en La La La (1986), aquel trabajo compartido con Luis Alberto Spinetta. Canciones malditas, negras y sórdidas, pero fundamentalmente buenas canciones, editadas recién ahora porque su creador así lo decidió.