Aparentemente, Cristina considera que en los Estados Unidos las decisiones de los tribunales son dictadas por la Casa Blanca. Naturalmente, es un grueso error
En esto, Cristina estuvo en lo cierto y dijo no sólo la verdad, sino que -además- distinguió lo que corresponde, de lo impertinente. En oportunidad de la reunión del Grupo de los 20 en la ciudad rusa de San Petersburgo, la presidenta argentina se encontró con el presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, pero admitió que en ese encuentro, fortuito y fugaz, no le mencionó el tema de los bonistas que litigan contra la Casa Rosada, a los que aquí se llama "buitres".
La Presidenta fue rotunda: "No, no correspondía (dirigirse a Obama), era impropio asaltar en el pasillo a un presidente para decirle tal o cual cosa". La Argentina lentamente va aprendiendo y los modales rústicos y provocadores van siendo lentamente dejados de lado. Es una reeducación, costosa, hay que admitirlo, entre otras razones porque este país suele ser reacio en muchos sentidos a entender cómo funciona el mundo.
La embajadora de Cristina Kirchner en Londres, Alicia Castro, hizo todo lo contrario a su jefa a comienzos de mayo de 2012, cuando "emboscó" al canciller británico William Hague, incomodándolo torpemente en público. Castro sorprendió al ministro británico durante una rutinaria conferencia de prensa de Hague con periodistas locales.
El jefe del Foreign Office fue tomado por sorpresa por la ex azafata en la mansión Lancaster House cuando presentaba un informe anual sobre derechos humanos en Gran Bretaña. En medio del auditorio de periodistas, Castro dejó atónito al alto funcionario británico cuando le demandó a viva voz si el gobierno de David Cameron "estaba listo para el diálogo" con la Argentina por las islas Malvinas.
"¿Está usted listo para el diálogo? ¿Daremos una oportunidad a la paz?", inquirió la fogosa ex dirigente sindical, anteriormente embajadora de Néstor Kirchner en Venezuela. Hague la interrumpió varias veces, presionándola para que haga una pregunta, antes de interrumpirla con un "Gracias. Es suficiente. Pare". Y enseguida le respondió: "La autodeterminación de los pueblos es un derecho básico de la población de las Falkland Islands (islas Malvinas)". Castro no se inmutó y cargó de nuevo: "No podés decir que sos bueno en derechos humanos y democracia si no estás abierto al diálogo. La autodeterminación no es aplicable a los isleños".
Cristina no siguió esa técnica en su periplo a la ciudad rusa. Despotricó durante dos días contra la Justicia y el gobierno de los EE.UU. ante los fondos buitre. Pero cuando periodistas argentinos le preguntaron su opinión sobre la marcha del engorroso litigio que sigue arrastrando la Argentina, la Presidenta les aconsejó que le preguntaran a Obama por las decisiones del tribunal de Nueva York ante el cual se maneja en este tema la Casa Rosada.
Aparentemente, Cristina considera que en los Estados Unidos las decisiones de los tribunales son dictadas por la Casa Blanca. Naturalmente, es un grueso error, pero en este caso no deriva de una presunta ignorancia de la presidente argentina, sino de su manifiesta intención de fastidiar a los EE. UU., aparentemente convencida de que -de esa manera- Washington abandonará su evidente frialdad con el gobierno kirchnerista.
Lo cierto es que, una vez más, Obama no recibió a Cristina. El presidente de los Estados Unidos, atribulado ante la inminente decisión de castigar con misiles las bases militares de la dictadura siria, sí tuvo tiempo y ganas -en cambio- de recibir a dos de los presidentes latinoamericanos que resultan estratégicos para su gobierno, la brasileña Dilma Roussef y el mexicano Enrique Peña Nieto.
Convencido de tener un peso específico internacional que en verdad no tiene, el gobierno argentino evidenció su abierto interés en no condenar al régimen sirio, un firme aliado de Irán, con el que Cristina preserva relaciones cordiales desde hace varios años. No suena mal que un país como la Argentina proponga enviar una misión humanitaria internacional a Siria. Pero es una ilusión óptica, una muestra de "buenismo" inconducente que hasta podría ser expresión de puro cinismo. "Yo creo que hay un consenso de que intervenga Naciones Unidas, incluso a través de gestiones por parte del Secretario General", dijo Cristina, negando abiertamente que la misión de las Naciones Unidas enviada para detectar el uso de armas químicas contra la población por parte del régimen de Damasco hubo de salir del país frustrada por no poder cumplir la tarea. ¿Qué le hace pensar a Cristina que, ahora sí, la misión sería factible?
Obama y el presidente socialista de Francia, François Hollande, sostienen que el régimen de Bashar Al Assad debe ser castigado por arrojar armas químicas contra su pueblo, las que han provocado al menos 1.400 muertos, según fuentes occidentales. Inesperadamente especializada en cuestiones de Medio Oriente y en los horrores de la guerra civil que ha provocado ya 120.000 muertos en Siria, Cristina dijo que sólo hubo de "50 o 60 muertos" con armas químicas.
Lo cierto es que cuando se encontró con Obama en la cena del jueves 5 de setiembre y el viernes 6 en el inicio del segundo día de plenario, ella se cuidó bien de no decirle lo que antes patrocinaba. Comprendió que era absurdo. Es una demostración de aprendizaje, en el marco de una gestión que viene exhibiendo su lenta adquisición de conocimientos. Ha tenido varias revelaciones de importancia.
La inflación existe y nada tiene que ver con la aviesa patraña que presenta el INDEC, mentira que indigna ahora a Martín Insaurralde. La criminalidad (a la que en la Argentina se nombra con el eufemismo de "falta de seguridad") ahora es un hecho aceptado y por eso un Daniel Scioli más cristinista que nunca convoca a un hombre de armas tomar, el perenne Alejandro Granados. El mínimo no imponible era un feroz asalto al bolsillo de los asalariados, por eso el pétreo Ricardo Echegaray piloteó la movida para subirlo a 15.000 pesos, un parche ideal para las elecciones del 27 de octubre. Este proceso se llama aprender la tarea ocupando el puesto. Es bueno que, por lo menos, la Presidenta haya comprendido que no podía "asaltarlo" a Obama por los pasillos. No hay que perder las esperanzas.