La era de los superequipos llegó a la NBA. El inigualable y sensacional contrato televisivo que firmaron las franquicias con la TV de 9 años por 25.000 millones de dólares le abrió al puerta al armado de plantees con megaestrellas que promete volcadas, fantasías y mucho show, pero difícilmente puedan brindar mucho más que eso, porque por más movimiento de jugadores que hubo en este mercado, todos los analistas apuestan, y los indicios deportivos los confirman, que por cuarto año consecutivo Golden State Warriors y Cleveland Cavaliers, tienen todo listo para volver a encontrarse en la final.
El resto del los equipos que se armaron a lo grande como Boston, Houston principalmente tienen que demostrar ante todo que pueden jugar como buenos equipos antes de plantearse discutirle el título a los dos últimos finalistas.
Este panorama garantiza nuevamente, como fue la temporada pasada, una NBA con una importante dosis de aburrimiento observando las diferencias existente entre los equipos. Pasó en las semifinales de Conferencia pasada y también en la final. Golden State es muy superior para que su reinado corra peligro, y Cleveland, por más que haya realizado cambios, con Lebron James sigue siendo la mayor amenaza para el campeón.
En medio de esta disputa anunciada y con pocas chances para las sorpresas, Emanuel Ginóbili ha decidido con 40 años disfrutar su temporada número 16 en la NBA. No lo hace por dinero, tampoco porque San Antonio tenga demasiadas chances de pelear por el anillo.
Lo hace simplemente por placer y porque los Spurs lo quieren y lo necesitan. Saben de su valor humano antes de lo que le puede dar dentro de la cancha. Ginóbili se ha convertido en ese jugador necesario para cumplir un objetivo, que no necesariamente pasa por salir campeón, pero si para reconstruir una franquicia que quizás cuando el ya no esté vuelva a intentar pelear por lo más alto.
Si Manu decidió disfrutar durante 100 partidos más, lo mejor es tener desde afuera esa misma actitud, porque este año, y de una buena vez, los periodistas acierten con su retiro que no se concretó tras ser “anunciado“ en las últimas dos temporadas. Gozar del mejor jugador de la historia del básquetbol argentino es la meta para esta temporada.
No vale ojear sus números, sus minutos en cancha y si la va a volcar o no. La cuestión es mirarlo y volver a emocionarse. A Manu lo espera el salón de la fama de la NBA (lugar exclusivo para elegidos) y también ver como San Antonio eleva su camiseta número 20 a la historia.
Mientras llegan esos momentos, lo aconsejable es disfrutar de su juego, sus pases y su inteligencia, en un mundo donde el aburrimiento amenaza con llevarse las emociones.