Hace 36 años, en una de sus habituales vísitas a la Argentina, uno de los jugadores más extraordinarios que dio el fútbol mundial nos dejó unas palabras sencillas y perdurables que vale la pena interpretarlas y resignificarlas en función de la Selección

Un mediodía de invierno de 1983. Alfredo Di Stéfano, por aquellos años entrenador del Real Madrid, había llegado a Buenos Aires para pasar unos días, alojándose en el hotel Bauen, ubicado en Callao casi esquina Corrientes.

La intención que teníamos era entrevistarlo para el diario La Razón. Llamamos desde el lobby del hotel al interno de su habitación. Atendió de inmediato y nos preguntó que es lo que queríamos con ese tono malhumorado y en apariencia autoritario que de arranque siempre impone una distancia. Le planteamos que nos gustaría charlar unos minutos de fútbol. Nos dijo que no estaba de visita en la Argentina para dar notas, sino para estar unos días “con mi viejita que hace un tiempo que no veo”.

Insistimos que solo necesitábamos algunas palabras suyas y que iba a demandarle poco tiempo. Nos paró en seco y preguntó dónde estábamos. “Acá abajo, en el lobby”, le dijimos. “Entonces me esperan unos minutos, me baño y estoy por ahí. Ocupen una mesa de la confitería y vayan pidiendo algunas cositas para ir picando que después llegó yo y pido un vermouth. ¿Usted toma vermouth, no?”. La respuesta fue más que obvia: “Sí, claro, entonces lo esperamos Alfredo”.

Llegó a los 20 minutos. Echó un vistazo de aproximación a las distintas mesas, le hicimos una seña con la mano levantada, se sentó con un aire de cierto fastidio que fue abandonando, pidió dos copas de vermotuh para acompañar la picada que ya estaba servida y disparó ahí nomás un puñadito de palabras a modo de preámbulo que sonaron duras y cálidas a la vez: “¿Usted es el periodista de La Razón que recién me llamó por teléfono? Más que un periodista parece un hippie. Yo tengo en el plantel del Real Madrid un jugador con el pelo largo como lo tiene usted. Es bueno, es útil, sabe defender y organizar”.

La entrevista buscada se fue construyendo en un clima distendido y alejado de cualquier solemnidad. Esa gloria del fútbol mundial que fue y es Alfredo Di Stéfano (nació el 4 de julio de 1926 y murió el 7 de julio de 2014), habló del Real Madrid que dirigía, del Flaco Menotti, de Maradona en el Barcelona, de Bilardo con su nueva Selección, hasta que le hizo una herida mortal a clasificaciones que él consideró propias de los ignorantes. O “de los burros”, como sentenció.

Y dijo sin meter pausas: “Vengo escuchando hace ya demasiado tiempo que hay un fútbol antiguo y un fútbol moderno. Lo repiten muchos periodistas y también técnicos. Que ese fútbol de antes no podría competir con el fútbol de ahora. Todas mentiras. El fútbol siempre se jugó y se jugará de dos maneras: bien o mal. A mí no me vengan con historias raras. Lo fundamental es que sigan saliendo jugadores con personalidad y temperamento. Jugadores que manden en la cancha. Porque nosotros con ese Real que ganó cinco copas de Europa consecutivas (la actual Champions League), superamos a los rivales porque mandábamos sobre la pelota. Por eso le digo que no hay futbol antiguo o moderno. Hay buen fútbol o mal fútbol. Todo lo demás son inventos de la prensa. Y de algunos alcahuetes que nunca faltan y que se suben a esos carros”.

El recuerdo de aquel Di Stéfano de 57 años que borró con su gran autoridad futbolística viejas divisiones y se enfocó en lo esencial (jugar bien o jugar mal), mantiene una vigencia demoledora que podría aplicarse a cualquier club o selección. Porque esta es la pregunta que todos nos hacemos cuando vemos a un jugador o a un equipo. ¿Cómo juega? ¿Bien o mal? No preguntamos si lo que hace es más antiguo o más moderno, más clásico o más sofisticado.

Con la Selección que conduce Lionel Scaloni que comenzará los entrenamientos de cara a la Copa América que se jugará en Brasil desde el 14 de junio hasta el 7 de julio, la inquietud y la demanda van en una misma dirección: jugar bien.

Necesita como el agua la Selección volver a jugar bien. No lo hace desde hace demasiado tiempo. En Rusia 2018, defraudó. En las agitadísimas Eliminatorias para Rusia 2018, también defraudó. Habrá que remontarse a algunos partidos en la Copa América de Chile de 2015 y en la Copa América Centenario 2016 en Estados Unidos cuando expresó buenos rendimientos bajo la conducción de Gerardo Martino, aunque en las dos finales frente a Chile las respuestas fueron discretas.

A tres años de esos últimos episodios aceptables que se manifestaron durante la Copa América en USA, la Selección tendría que reencontrarse con lo que Di Stéfano en aquel invierno de 1983 sintetizó en pocas palabras: “mandar sobre la pelota”.

Para que esto ocurra se precisan jugadores decididos y determinados. Y un equipo en funcionamiento que acompañe ese poder de decisión y determinación. ¿Quiénes son las individualidades que reúnen esos atributos? Aún con Messi en el plantel pretendiendo saldar su deuda interna con la camiseta nacional (“Tuve muchas decepciones con Argentina, pero quiero seguir intentándolo”, dijo hace unos días), parece que faltaran jugadores de fuerte personalidad y temperamento.

La realidad es que no los tiene el fútbol argentino. No encuentra pesos pesados en ese nivel. Y viene padeciendo esas debilidades que antes no existían a favor de las presencias insuperables que supieron tener Daniel Passarella y Diego Maradona, más allá de su extraordinaria capacidad técnica.

Estos espacios que no volvieron a ocuparse, tampoco se llenaron con juego. Y la Selección precisa mística y juego. La Copa América en Brasil revelará donde estamos parados. Y donde quedará parado Lionel Scaloni.

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