Caracterizado ahora como un verdadero sujeto político, el ídolo más influyente de Boca tiene que definir su postura de apoyar al oficialismo en las próximas elecciones del club, considerando que jugaría para Angelici y Macri, o correrse de un escenario que lo empuja a confrontar de manera radical con sus ideas del pasado

Siempre demostró tener convicciones Juan Román Riquelme. Convicciones a la hora de jugar y al momento de expresar en palabras su pensamiento. Esto, precisamente, es lo que entre cosas, lo ha caracterizado a lo largo de su prolongada trayectoria profesional, más allá de algunas idas y vueltas poco comprendidas en su vínculo errático con la Selección nacional.

Pero parece que algo sustantivo se modificaría en la conducta pública de Riquelme. Sería el apoyo a la lista del oficialismo boquense que postula a Christian Gribaudo como candidato a presidente en las elecciones del próximo 8 de diciembre. Apoyo que tendría que ser muy explícito, considerando que Riquelme iría como vicepresidente 2º de un espacio político que lideró en los dos últimos periodos Daniel Angelici y antes Mauricio Macri.

Riquelme nunca dejó de revelar un perfil claramente opositor a Angelici y a Macri. Con más o menos sutilezas y elegancias, se plantó una y otra vez en la vereda de enfrente de ambos presidentes. Incluso no está de más recordar lo que decía Angelici de Riquelme el 23 de junio de 2011 en una entrevista concedida a Perfil.com, cuando era tesorero de Boca y se aprestaba a postularse y consagrarse como titular del club en diciembre del mismo año: “Uno puede discutir si es un gran jugador o no. Yo creo que lo es. Y creo además que es un líder negativo dentro de un club. Hay líderes positivos y líderes negativos. El divide en todos lados. Divide en el vestuario, la opinión de los directivos… Lo que veo es que es una persona conflictiva. Yo hablo con los jugadores y hay dos bandos. Es muy difícil así, el fútbol es un juego en equipo”.

Riquelme obtuvo 11 títulos con Boca.
Riquelme obtuvo 11 títulos con Boca.
Riquelme obtuvo 11 títulos con Boca.

También Angelici hacía referencia a Macri en su relación con Riquelme. Y sostenía sin tibiezas: “A él le hizo el Topo Gigio. Mauricio es un tipo de memoria. Mucho no le gusta eso. A mí no me hizo nada. Pero le dije en la cara que por cuatro años no le firmaba. Estaba operado, no sabíamos cómo venía. Los médicos tenían reservas. Pero privilegiaron el populismo, la demagogia, el ídolo. Y el presidente (Amor) Ameal se jugó todo por Román”.

Es cierto, el tiempo pasa. Las palabras se las lleva el viento. Pero aquellos durísimos encontronazos nunca parecieron ser producto de episodios aislados e irrepetibles. Fueron consecuencia de un quiebre jalonado por una larga cadena de desencuentros que a mediados de 2011 explotaron.

Después, Riquelme y Angelici tuvieron que funcionar como un matrimonio por conveniencia. Y Riquelme y Macri, igual. Hipocresía naturalizada por todos los actores directos e indirectos del ambiente del fútbol. Por otra parte, habría que reconfirmar que Riquelme en charlas más privadas que públicas siempre tuvo en su foco como enemigos declarados a dos sectores muy definidos: periodistas, a los que en general desprecia y dirigentes, a los que prefiere invisibilizar por el rechazo total que le provocan desde que por obligaciones profesionales comenzó a frecuentarlos.

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Y a propósito de los dirigentes, vale refrescar lo que opinaba Riquelme en la revista Al Arco en agosto de 2001: “Ellos nunca van a sentir lo que siente un futbolista, así como nosotros nunca vamos a sentir lo que sienten los dirigentes. Ojalá yo nunca sienta como sienten ellos. Opinan de fútbol. La verdad es que molesta, porque se sientan en una silla y hablan mal de nosotros y nunca vivieron lo que se vive en un vestuario, lo que se vive en una cancha o en un entrenamiento. Tenemos que aguantar cosas y cansa. A ellos les encantaría ser futbolistas. La mayoría de los dirigentes son jugadores frustrados. Pero a mí ni en pedo me gustaría ser dirigente”.

Pasaron los años y en virtud de los lugares comunes podría afirmarse que los hombres cambian. No todos. Algunos. O muchos. Para bien y para mal. La realidad es que este Riquelme está muy lejos de aquel Riquelme. Por lo menos en el marco de las declaraciones. Aprendió entre las palabras y los silencios a ser políticamente más correcto. A mentir, en definitiva para acomodar el equipaje en función de las necesidades. A decir lo que conviene decir en determinados ámbitos. Y a callar en otros.

Quizás por todo eso, se resignificaría como un potencial dirigente en una lista en la que no estaría la gente que invitaría a comer un asado a su casa. Y si la invitaría es solo para aceitar relaciones diplomáticas y políticas. Y no para compartir otras vivencias.

Si Riquelme va a ir a contramano o no de lo que piensa, es una cuestión que solo él lo sabe. Es el eterno desafío existencial entre ser y parecer. La decisión que tome finalmente Riquelme lo va a ubicar en un lugar. Y acá talla la convicción y la palabra. O la ausencia de convicción y de palabra.

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