A cuatro décadas de aquella consagración, cuando la Selección juvenil se coronó campeona del mundo con un Maradona brillante y un Pelado Díaz fantástico, el entrenador, que un año antes había ganado el Mundial 78, evoca la riqueza individual de ese equipo y la convicción colectiva para desarrollar un fútbol de altísima calidad

Aquel Huracán del 73. Aquella consagración en el Mundial 78. Y esa selección juvenil de 1979 que la rompió y coronó en Tokio con un registro de fútbol espectacular. El Flaco Menotti dirigió a los tres planteles. Versátil, refinado y muy creativo, el primero. Potente, sólido y convencido, el segundo. Y extraordinario y comprometido mil por mil con el juego y la contundencia, el tercero: jugó 6 partidos, convirtió 20 goles y le anotaron 2.

Este sábado 7 de diciembre se cumplen 40 años de aquella vuelta olímpica en Japón (también se cumplen cuatro décadas de la visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos para investigar los secuestros, torturas, asesinatos y desapariciones que programó la dictadura), con Diego Maradona revelándole al mundo la dimensión de su talento.

Si ese maestro entrañable que fue Ernesto Duchini resultó el primer armador de un plantel federal que comenzó a perfilarse poco después del Mundial 78, Menotti fue el último filtro en la conducción del equipo que en el Sudamericano de enero del 79 en Montevideo, se clasificó al Mundial. Sin ganar el Sudamericano que conquistó Uruguay, el equipo de Menotti instaló una certeza: en Japón iba a ser el gran candidato. Y lo fue.

Campeón Tokyo

-¿Viajaste a Japón con esa sensación?

Sí. Estaban las condiciones dadas para que esa selección tuviera un gran funcionamiento. Y lo demostró en la competencia. Fue un equipo que me marcó para toda la vida, porque expresó la perfección. Y la expresó en toda la cancha. Jugando todos los partidos con una convicción inalterable. No se permitía ese equipo ninguna traición. Se divertían jugando en serio. Y esto es una enorme virtud.

-Tu inspiración fue aquel Brasil de México 70. ¿Le encontraste al juvenil algunas semillas de ese equipazo?

Claro. Conservaba el espíritu del juego que tuvo Brasil en México 70. Huracán del 73 también.

-¿Cuándo vislumbraste que podía elaborarse lo que finalmente se terminó concretando?

Mucho antes del Mundial. En el Sudamericano de Uruguay ya veía el alcance futbolístico que podía tener el equipo. El compromiso con que afrontaba los partidos. Porque no era que buscaba neutralizar a los rivales y a partir de ahí se fortalecía. No. Imponía condiciones por prepotencia de juego. Por calidad. Por asociación. Y así fue creciendo. Sin dejar de lado nunca la tremenda vocación para manejar bien la pelota. En este sentido fue maravilloso lo que logró. Porque el concepto colectivo que tuvo no lo resignó ni aún en los momentos más complicados.

-¿Y de las individualidades que es lo que más rescatas?

La solidaridad y generosidad para interpretar las necesidades del equipo. Esto es lo que se fue gestando en los ensayos, en las concentraciones, en la vida cotidiana donde se comparte todo. Por ejemplo, los dos centrales, Simón y Rossi compartían la habitación. Maradona y el Pelado Diaz lo mismo. Ese entendimiento que reflejaban en la cancha con naturalidad fue un entendimiento que también se desarrolló con los vínculos que se fueron tejiendo fuera del campo.

-Más allá de las pequeñas sociedades que siempre reivindicaste, ¿qué relación de fidelidad estableció el equipo con la pelota?

Enorme. Sobre todo con la distribución de la pelota. No era menor lo que hacían (Osvaldo) Rinaldi y Barbas en este punto. Rinaldi fue un gran recuperador. Ganaba la pelota, la entregaba siempre a un compañero, sabía elegir la mejor opción y representaba el equilibrio. Y Barbas, al que hace un tiempito me encontré por la calle, tenía una salida y un ritmo fenomenal para ir y volver. Sin esas presencias en el medio todo se hubiera hecho muchísimo más difícil. En alguna medida lo de Rinaldi me hace acordar a lo que hacía Fatiga Russo en aquel Huracán del 73.

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-¿En qué sentido te hace acordar?

Por la función, por el criterio, por la manera de pensar con inteligencia el partido. Russo era vital en ese Huracán. Podíamos reemplazar a Brindisi, a pesar de todo lo que influía y jugaba Miguel, pero a Russo era complicadísimo encontrarle alguien que pudiera disimular su ausencia. Estaba siempre en el lugar de la cancha en que tenía que estar ayudando al equipo. Pero no era una ayuda secundaria. Era una ayuda fundamental. Como la que también nos ofrecía Cascini cuando lo tuve en Independiente. Bueno, lo mismo pasó con Rinaldi. Su aporte fue muy pero muy valioso. Todo lo que disfruté con esa selección lo transforma en un recuerdo inolvidable.

-¿Superior a otros?

Es complicado medirlo. Lo que me queda muy presente es el juego colectivo que denunció. Porque no eran solo algunas individualidades que se destacaron claramente. Eran todos. Desde el arquero (Sergio) García hasta (Gabriel) Calderón. Pasando por los que fueron ingresando durante los partidos como Meza, Torres y Sperandio, entre otros.

-Contra Uruguay que ganaron 2-0 fue una semifinal que pareció una final.

Es que Uruguay tenía un equipo muy duro, disciplinado y con esa característica de personalidad que siempre conservan ellos. Nos habían complicado en el Sudamericano en Montevideo y nos volvieron a complicar en la semifinal en Japón. Pero nosotros sabíamos que teníamos algo más. Ya lo habíamos comprobado unos meses antes. Y eso se manifestó en el 2-0 en Tokio que nos llevó a la final.

-Una final con la Unión Soviética en que la pasaron mal hasta que (Hugo) Alves clavó el empate de penal y después llegaron los golazos del Pelado y de Diego.

Los rusos se pusieron 1-0 arriba pero nosotros hicimos lo que teníamos que hacer. Nadie se volvió loco. Por eso se dio vuelta el partido que Diego aseguró con el tercer gol con aquel tiro libre al palo del arquero. Lo habíamos hablado. Y recuerdo que lo grité. Como el del Pelado. Fueron algunos de los pocos goles que como entrenador grité. Y al final sentí orgullo. El equipo me despertó ese orgullo.

-¿No la consagración?

La consagración fue una consecuencia. Pero lo mejor fue el camino hacia la consagración. Ese camino es el que ahora se celebra.

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