Hoy que el VAR está de moda, la incógnita es por qué lo que debiera traer esclarecimiento, trae más confusiones que antes. Cuando el mecanismo es operado por personas sin voluntad de justicia, nunca la habrá. Y en el boxeo –está probado-, cosas como el localismo serían incombatibles con cualquier instrumento. Lo acaba de padecer Evelyn Bermúdez en tierra azteca, con un empate dibujado ante la local Silvia Torres. ¿Hasta cuándo?

Nuestro disparador es el resultado de la pelea del último sábado entre "la Princesita" Bermúdez y la mexicana Silvia Torres, por el título mundial mosca jr FIB de la santafesina.

Los fallos -en realidad- no importan tanto. Son circunstanciales, subjetivos, y opinables. Y por supuesto, respetables, esto alguna vez lo entenderemos.

Claro que, siempre y cuando estén avalados por la coherencia, la honestidad y la independencia, pero también por la neutralidad, no necesariamente de países, sino de banderas, que no es lo mismo.

Sin embargo, ¿puede haber voluntad de justicia cuando hay resistencia a la autocrítica?

El ojo de halcón en tenis, el video ref en rugby (TMO), el foto finish en atletismo, y ahora el VAR en el fútbol –por nombrar algunos- son inclusiones tecnológicas que más allá de su eficiencia o no, demuestran intención de mejora y preocupación por perfeccionarlos, al punto que muchas veces los revierten, lo cual habla a las claras de que los yerros se producen por error humano involuntario, no adrede. Es decir, desnudan incapacidad, no dolo.

Cuanto menos interviene la interpretación humana, más eficaces son las herramientas de apoyo tecnológicas, por eso el VAR está tan cuestionado.

En boxeo, lamentablemente nada de esto es posible, aunque el reglamento argentino lo tenga contemplado en sus artículos, tan pocas veces usado, casi siempre mal.

Subjetivo por excelencia, el boxeo será el último deporte en implementar un sistema cibernético que perfeccione los fallos, por no decir que no ocurrirá jamás.

La prueba fehaciente es cómo desde el amateurismo -el campo más básico-, la AIBA, entre su aguda crisis existencial, todavía está pagando caro precio a sus polémicos veredictos, y eso que todos los años cambia el sistema de evaluación a fin de encontrar el más “puro”, que elimine el margen de error, sin éxito.

¿Pero cómo conseguirlo si en el fondo siempre el que opera es un ser humano, con su criterio personal? ¿Y cómo erradicar estas subjetividades o preferencias -del tipo que sean- sin independizar justicia de conveniencia?

La clave está ante todo en las buenas intenciones, o mejor dicho, en no poseer animosidad, parcialidad, ni favoritismos. No actuar ni en contra, ni a favor de, premeditadamente. Equivocarse sí, pero sin malicia.

Mas lo que no funciona es nuestro propio VAR interior, tendencioso, agravado por ser más sensible para con nuestros perjuicios que para con nuestras ventajas. Hasta en eso no somos equitativos.

El último sábado, en Coyoacán, México, se repitió otro acto que resume el comportamiento humano, en la pelea donde a "la Princesita” Bermúdez le birlaron el triunfo con un empate localista ante la mexicana Silvia Torres, aunque al menos eso le permitió a la primera conservar su título mundial.

No sólo fue el fallo en sí, donde un juez la vio perder y otro empatar (NdeR: el restante ganar), a quien además de ser la campeona, derribó dos veces a su rival y le dominó casi todas las vueltas, sino la actitud persecutoria del árbitro Alfredo Uruzquieta, quien canallescamente le marcó la cancha a la argentina, inventando infracciones que no ocurrían, como supuestos golpes en la nuca, por los cuales le llamó la atención dos veces y en la tercera le descontó un punto, en un falso alarde reglamentarista irreal, abusando del poder que le otorgaron por media hora.

Sin embargo, jamás vio fue la cantidad de golpes bajos que pegó la azteca, con su desmañado estilo. Los escasos recursos que de por sí tiene la Princesita –solamente los rectos a la cabeza- se vieron jaqueados por la indecencia de un árbitro, que le generó dudas y desconcierto al momento de ejecutarlos por temor a ser penalizada, lo que le quitó seguridad y contundencia.

Era algo que se veía venir, porque -nobleza obliga-, la Princesita ganó el título acá en Galvez, Santa Fe, en otro fallo localista frente a otra azteca como Guadalupe Bautista, quien a su vez lo había obtenido en Chaco frente a La Cobrita Sánchez por KOT 8, en una pelea donde pese a estarle propinando una paliza, iba abajo en las tarjetas y hubiese perdido si no noqueaba. Era de cajón que allá en México pasarían factura.

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La sociedad entre Zanfer Promociones (mexicana) y OR Promotions (argentina) es así. Una y una. Raro que hayan tenido la dignidad de al menos dar un empate y permitir que Bermúdez se traiga la corona. Hace poco hicieron exactamente lo mismo con la Tigresa Acuña vs Jackie Nava.

¿Y nosotros pretendemos un inmaculado VAR?

En las dos peleas de acá, cuando casi roban a Lupe Bautista frente a la Cobrita, y cuando la robaron descaradamente ante Bermúdez, tanto el árbitro como la terna del jurado eran argentinos.

Desde aquí, parte de la prensa especializada lo remarcó y fustigó antes, durante y después, con justa razón, porque la neutralidad es algo que debiera cuidarse, aunque a veces por razones económicas no se cumple. Con el agravante de que luego no reivindicaron su labor con neutralismo.

La imparcialidad de la labor puede pesar más que las banderas si se actúa con decencia, cosa que sucede pocas veces. Cuando no, el periodismo podría regular eso ante la opinión pública, aunque su veredicto no sea el que vale, Pero –crean-pese a ello alcanza, aunque más no sea como voz de la conciencia.

El VAR artificial, si es justo, objetivo y veraz, a veces es más poderoso que el oficial. No debiera importar si es a favor o en contra. Tampoco nacionalidades ni favoritismos.

En México esta vez -como muchas otras-, árbitro y jurado fueron mexicanos todos. Y ni antes, ni durante, ni después, se dijo nada. Al menos, no con la misma insistencia y rigurosidad que se aplicó cuando sucedió acá, siendo que el principio de neutralidad es para todos. Medir con la misma vara mismos actos, es la base del equilibrio. Ejerzámoslo.

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