En determinados momentos de nuestra historia los recursos internos no alcanzan, la carga impositiva llega a su punto de máxima presión, y aún así se lo sigue alimentando con préstamos impagables con organismos internacionales

Durante los últimos tiempos nos hemos acostumbrado a ver representada la realidad argentina en numerosas analogías. Una práctica que se ha impulsado desde el gobierno para explicar medidas, desde los especialistas para aterrizar conceptos macroeconómicos, y también en la vida cotidiana, para volver a analizar lo que ya es costumbre para quienes vivimos en nuestro país: una nueva crisis recurrente.

Para sumar a este ejercicio, podríamos imaginarnos a la Argentina como un gigantesco agujero negro, cuyo campo gravitatorio está generado por un Estado elefantiásico que todo lo absorbe y del cual ninguna actividad productiva puede escapar, resultando severamente dañada o absorbida para satisfacer las necesidades de ‘materia’ (dinero y divisas, vía impuestos y retenciones) de una estructura cada vez más densa y compleja.

La voracidad de este agujero negro es tal, que en determinados momentos de nuestra historia los recursos internos no alcanzan, la carga impositiva llega a su punto de máxima presión, y aún así se lo sigue alimentando con préstamos impagables con organismos internacionales (FMI), emitiendo moneda, o tomando dinero prestado de otros sistemas u organismos estatales (ANSES). En la tierra de la abundancia nada es suficiente y nos acercamos al epicentro del agujero negro cada día más.

Señalo que nos acercarnos al centro, porque pese a que la crisis pareciera estar en su punto más alto, la realidad es que todavía no tocamos fondo. Duele reconocerlo, pero lo peor aún no pasó.

Por ello, urge tomar nota del contexto que estamos atravesando y señalar cuáles son las alternativas posibles que nos permitirán atravesar el centro gravitacional del agujero negro en el que estamos inmersos, con la esperanza de iniciar una nueva época que se caracterice por el progreso, aunque hoy sea difícil imaginarlo.

Todos sabemos que estamos inmersos en una nueva crisis económica, política y social, como ocurre con puntualidad, cada 10 años:

  • La crisis social duele en la pobreza que crece en avalancha, en la pérdida de ascenso social, en la ausencia de oportunidades, en la recientemente declarada crisis alimentaria, en la falta de esperanza.
  • La crisis económica se ve reflejada en la inflación, en el desempleo, en la pérdida de competitividad empresarial, en el cierre de fábricas y empresas, y en la toma de medidas desesperadas para intentar poner parches a una situación que requiere –desde hace décadas- una reforma estructural.
  • La crisis política queda manifiesta -en pleno limbo electoral- a través de la continuidad de la ‘grieta’, en la disputa entre dos modelos sin alternativa, en la falta de diálogo y consensos, y en las crisis recurrentes de nuestro sistema político, cuyo ciclos están compuestos históricamente por tres etapas:

1) Se elige a un candidato para evitar que gane otro.

2) Una vez consolidado el poder de quién es electo –en la siguiente elección de medio término o presidencial- surge una etapa de autoritarismo (generalmente con fanatismo incluido, bajo la premisa que solo ese gobierno sabe cómo resolver los problemas del país)-

3) Sobreviene la anarquía derivada de errores de gestión, que nos vuelve a colocar en el punto 1) utilizando como instrumento el voto castigo.

Este ciclo de tres etapas mayormente dura 8 años, pero el gobierno actual lo comprimió en cuatro.

Como decíamos, todavía no tocamos fondo. La inflación incontrolable, la devaluación trasladable a precios que hace cada vez más difícil el acceso a alimentos, el crecimiento del desempleo y la pobreza, y la consolidación de un mercado interno inexistente y recesivo, son algunas de las características de un espiral furioso, que nos arrastra con fuerza al centro gravitacional del agujero negro.

El problema y origen de todas las crisis que atravesamos en las últimas décadas tiene una explicación racional:

  • I) Como señalé en un artículo anterior publicado en Diario Popular, Argentina es un país matemáticamente inviable, este no es un problema que haya surgido en los últimos años, es una constante macroeconómica histórica que se viene repitiendo desde hace décadas, alternando años de amenazas, confusiones, crisis y oportunidades. Cíclicamente, cada diez años, volvemos al punto de partida, luego de atravesar una nueva crisis. Parte de esta inviabilidad radica en que el sector público argentino está sobredimensionado, sobrepoblado y sobre-exigido, y es demasiado pesado como para generar riqueza y las condiciones necesarias para que el sector privado pueda realizar negocios y crear empleo. Y para completar un panorama desolador, la presión impositiva es tan descomunal, que asfixia al sector productivo: de 100 pesos que factura una compañía, 70 pesos en promedio corresponden a impuestos nacionales, provinciales y municipales (incluido ganancias). Cuando el promedio de impuestos a las actividades productivas es en los países desarrollados llega aproximadamente al 50% promedio, haciéndolos más competitivos. No es novedad, pero reducir el Estado y el déficit fiscal es imperioso para lograr viabilidad.
  • II) Por otra parte, nuestras conductas históricas frente a las reiteradas crisis son las que hacen del país una víctima. En vez de prepararnos para afrontar el próximo hecho económico amenazante (la próxima crisis), deberíamos encontrar el foco del problema y solucionarlo, con el objetivo de empezar a trabajar para crecer y progresar, en lugar de hacerlo para poder atravesar una nueva crisis. El primer cambió que debe producirse en la Argentina, para que la nación y sus habitantes progresen, prosperen y mejoren su calidad de vida, radica en las conductas. Tenemos que ser capaces de comprender que es falsa la máxima que habla de “redistribución de la riqueza”, a la que podríamos traducir en subsidios para compensar la no creación de la riqueza; y que por el contrario, en el mundo entero se habla de crear y distribuir la riqueza a través del trabajo y las actividades productivas, plasmadas en negocios. La modificación de las conductas a lo largo de la historia es la base de la evolución de los países y si queremos evolucionar para vivir mejor, vamos a tener que cambiar, entendiendo que el cambio no reside en los partidos políticos ni en los gobernantes, sino en los ciudadanos. Si ciudadanos, políticos y empresarios, no cambiamos conductas, nos frustraremos más temprano que tarde.

Como decía Einstein, un problema generado en una categoría de pensamiento, se resuelve en otro. Trasladado este pensamiento a la Argentina de los últimos 70 años, un problema económico, social y/o político, se resuelve con actividad productiva, facilitación de un ambiente de negocios y movilidad social a través de oportunidades laborales. Es decir, cambiando la mirada de la problemática, podremos cambiar de conducta, y si modificamos nuestras conductas podremos aspirar a ponerle fin al ciclo de crisis repetitivas.

Un futuro incierto

Considerando las características de nuestro contexto de crisis y la permanencia en el tiempo de las causas que lo originan, es importante tener en cuenta que nos puede deparar el futuro inmediato. Sin dejar de señalar que cuando se habla de lo crítico que resulta el periodo preelectoral hasta las elecciones de octubre, en realidad tendríamos que prolongar el alerta hasta el 10 de marzo de 2020.

Sin importar quien gane en las elecciones, ese día se cumplirán los primeros 100 días de gobierno del nuevo período presidencial y terminará el plazo de gracia que habitualmente se le da a cada inicio de gestión. Aunque en esta oportunidad se podría dar el caso de que este tiempo de gracia se reduzca sensiblemente o que virtualmente no exista, debido a las urgencias del momento. Por ello tendremos que estar atentos a cómo reaccionen las nuevas autoridades –primero-, y la sociedad y los mercados –luego-, cuando comience el tiempo de descuento, en un contexto sin margen de error.

En el futuro inmediato, lo inevitable es que quien gane las próximas elecciones:

No podrá resolver en su período de gobierno la macro economía.

Seguramente deberá corregir otra vez el tipo de cambio.

Tendrá que renegociar la deuda con el FMI y hacer frente a su cancelación progresiva.

Probablemente pagará con bonos las Leliq, produciendo licuación de pasivos.

Deberá controlar a niveles mínimos la emisión de papel moneda para no disparar la hiperinflación.

Tendrá que centrarse en el desarrollo incremental de la economía del conocimiento y lograr que la educación se alinee con la matriz productiva.

Deberá mejorar las condiciones para que se desarrollen las actividades productivas.

Tendrá que pensar en una reforma fiscal productiva que permita aliviar la carga impositiva que ahoga a las empresas.

Una situación que podría equipararse a la de aquellos escapistas que ingresan encadenados a una caja sumergida, con final incierto.

Lo importante es tener en cuenta que no existen soluciones mágicas sino lógicas, y que Argentina no saldrá adelante con un plan económico sino con un ‘plan de negocios país’, aprovechando los recursos de las economías regionales y comprendiendo cuáles son sus actividades competitivas en relación al mundo.

Pero un ‘plan de negocios país’ debe incluir necesariamente el fondeo para lograrlo. Es decir, que la economía y la política estén al servicio de ese plan, de esa estrategia, y no al revés, como pasa en Argentina. Ya que solo si el plan da resultado, se podrá progresar y alcanzar la prosperidad social.

En el mientras tanto, vivimos tiempos de angustia e incertidumbre económica, política y social, en todos los niveles. Frente a este escenario, vale recordar que toda derrota aparente lleva la semilla de un beneficio equivalente. El desafío es encontrar esa semilla, que en este caso es la de la abundancia.

El problema es que si bien somos un país abundante, nos manejamos desde la escasez. Y como resultado logramos precisamente eso: la escasez. Modificar esta perspectiva es el desafío que se viene.

Por Walter Brizuela, consultor de negocios

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